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Jorge Eduardo Eielson

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primera muerte de maría

jorge eduardo eielson

A pesar de sus cabellos opacos, de su misteriosa delgadez,

de su tristeza áurea y definitiva como la mía,

yo adoraba a mi esposa,

alta y silenciosa como una columna de humo.

Cuando la conocí, María vivía en un barrio pobre, cubierto de deslumbrantes y altísimos planetas, atravesado de silbidos, de extrañas pestilencias y de perros hambrientos.

Humedecido por las lágrimas de María, todo el barrio se hundía irremediablemente en un rocío incontenible.

María besaba los muros de las callejuelas y toda la ciudad

temblaba de un violento amor a Dios.

María era fea; su saliva, sagrada.

Las gentes, sin confesarlo, esperaban ansiosas el día en que María, provista de dos alas blancas o montada en un animal divino, abandonara la tierra sonriendo por primera vez a los transeúntes

Pero los zapatos rotos de María, como dos clavos milenarios, continuaban fijos a la tierra.

Durante la espera, la muchedumbre impaciente escupía la casa, la pobreza y la melancolía de María.

Una noche María fue embestida por un ciego, como por un árbol lleno de flores. María tomó una flor y de su perfume vivió varios años.

Con tal perfume, una botella de leche y un perro macilento* —Isaías— María alimentaba su corazón y su cuerpo y vivía apartada en una cabaña de madera.

Hasta que aparecí yo como un caballo sediento y me apoderé de sus senos. La virgen espantada derramó su leche y un río de perlas sucedió a su tristeza.

Perseguida por mil velos pálidos, como un nupcial cometa, su rostro inocente aparecía y desaparecía entre un bosquecillo de naranjos en flor.

Sin que ella lo supiera, durante un minuto fulgurante, la virgen acababa de estrenar su incorruptible, mortal belleza; María se convirtió en mi esposa.

Pero su felicidad duró tan poco como su belleza.

Todas las noches yo rompía una botella de leche en mi habitación mientras María lloraba su inocencia perdida.

Poco a poco conseguí alejar de su memoria el inefable perfume del ciego y asesiné a Isaías de un golpe en el estómago.

Unos días más tarde María caía a tierra envuelta en una llamarada:

Esposo mío —me dijo— un hijo de tu cuerpo devora mi cuerpo. Te ruego, señor mío: devuélveme mi perfume, mi botella de leche, mi perro miserable.

¡Pobre esposa mía, su cuerpo sediento se debatía entre las llamas, asfixiado por el peso viviente de mi amor!

El instante de belleza perduraba en ella convertido en sangre, en tejidos, en una carne viva y dolorosa como la mía y como la suya.

Yo le acerqué su botella de leche y le hice beber unos cuantos sorbos redentores. Abrí las ventanas y le devolví su perfume adorado. Casi simultáneamente Isaías saltó a sus brazos, hambriento como siempre, moviéndole la cola, oliendo como la infancia, como la soledad, como la virgen que sólo él había venerado.

Luego una criatura de mirada purísima abrió sus ojos ante mí, mientras María cerraba los suyos, cegados por un planeta de oro: la felicidad.

Yo abracé a mi hijo llorando y caí de rodillas ante el cuerpo santo de mi esposa: devorado por un fuego imposible, apenas quedaba de él un hato de cabellos negros, una mirada, una mano fría sobre la cabeza caliente de mi hijo.

¡María, María —grité— nada de esto es verdad, regresa a tu barrio pobre, a tu melancolía, vuelve a tu cabaña, amor mío, a tus callejuelas oscuras, a tu incomprensible llanto de todos los días!

Pero María no respondía.

Isaías temblaba solitario en una esquina, como en el extremo de un cono de luz divina.

Toda la ciudad, en el otro extremo, me reclamaba a mi hijo, repentinamente henchida de amor a María.

Yo confié mi hijo al abrigo y la protección de algunos bueyes, cuyo aliento cálido me recordaba el cuerpo tibio y la impenetrable pureza de María.

Literatura, 2 (1958).



* «mocilento», en el original (N. de los E.)




ájax en el infierno

jorge eduardo eielson

Ájax avanzó por entre los cedros con una linterna en la mano; el cuchillo al cinto brillábale con el movimiento sombrío de su cuerpo bajo el overall. Olía ya al enemigo, sólo le faltaba saltar una tranquera. Los faros de su automóvil de prueba, apostado cerda de allí, se hundían profundamente en la noche, partiéndola en dos: de un lado la flora verde, hechizada; del otro el tablero tibio del establo, dulces animales acostados, luna y estiércol. Llegó por fin a la tranquera, la salvó, un violento perfume como un rayo de heno, lo sacudió de la cabeza a los pies; creyóse ciego entonces, hundió el pie en una cuba de leche y cayó en tierra, sin poder abrir la boca.

Allí lo lamieron las vacas, los borregos apoyaron sus dulces pechos algodonados en su cuchillo y diéronse muerte uno a uno, las cabras, como grandes estrellas de cuerno, con el pellejo seco, caldearon su corazón, durmiendo sobre él, meándose y defecando sobre su blanco cuerpo.

Ájax movía su cuchillo dormido en medio del establo, postrado en el haz de luz del automóvil. La sangre de los carneros degollados, de las vacas, de los cerdos, brotaba y corría por los muros en caños calientes y sordos. Él veía tras de ella a alguien que la movía con una gran mano poderosa y nocturna. Él, hijo de Telamón, cuyas armas hendían la vid ceremoniosa y arrancaban sus racimos de lo alto del cielo; él, derribado y levantado en Troya, sobre grupas de caballos, petrificado por Némesis en el pórtico del Levante, envuelto en siete pieles de bueyes por Hércules, caía ahora como una mosca en un pozo de leche de automóvil.

La sangre a su alrededor seguía manando. La sangre llegaría al cielo. Cuando pudo levantarse, al día celeste, Palas lo recibió con una estrella de mármol en el establo. Él bramó de dolor, los músculos del estómago abriéronsele en gajos de naranja. La escupió salvajemente y le arrojó la lechuza hierática a la cara:

—¡Detened esta sangre de borregos —gritó—, detened esta sangre cobarde!

Ella no le respondió. Escuchaba el rumor agorero, la sangre no se agotaría nunca, por toda la eternidad seguiría manando del cuerpo de las bestias, subiría más allá del cielo, de la noche, de los astros, hasta mojar los pies tempestuosos de Zeus en el Olimpo. En las tinieblas sangrientas él babeaba de dolor, su gran cuerpo de estatua sacudíase en el plato de luz que ponía el automóvil en medio del establo.

Las bestias bramaban sombríamente, lamíanlo con amor, sus cabezas calientes se aplastaban a su torso frío, besábanle los muslos como racimos de uva animal. El menor rasguño lo salvaría, pero todo era allí suave aliento y ubre llena y grandes ojos babosos, como avellanas en su regazo. La fuerza de los bueyes husmeaba sus talones, ya casi lo empujaba, pero su cornamenta emplumada pronto caía ante él como un abanico, sin tocarlo.

Palas, junto al relieve marmóreo del establo permanecía muda.

Las cabezas de los borregos rodaban por arroyos a las praderas, a los valles, a los bordes mansos de los arrecifes sombreados de yedra azul. Ájax estaba pronto a implorar. ¿Qué había sucedido, oh tinieblas? ¿Por qué esta sangre en libertad, pobres bestias degolladas sin saber por quién? Como un triste porquero, aquel gigante griego deslumbrado por una extraña y mortal civilización, se aferraba a una rueda de hierro, los ojos curtidos por la electricidad, el rostro cubierto de aluminio; como un dios futuro, entre los cerdos, moviendo las poleas del naranjo bajo tierra o acarreando fuego al fondo de los mares.

¿Quién era él, vestido de goma, muñeco subterráneo y maldito, quién era él ahora? Tecmesa ya no estaría a su lado, ya no dormiría con su mano de media luna sobre su corazón, ni amamantaría a sus hijos ni le daría su cuerpo de grandes senos altos como cometas. Tecmesa sería acaso un bello animal, estéril y transparente, con el útero de vidrio.

Él seguía tumbado en el establo. De pronto dio un salto y se abalanzó contra Palas, esgrimiendo una llave inglesa. Ella se dejó atacar sin protesta, su cabeza de mármol rodó en el pajar, su busto partióse en bloques de nieve como una paloma en el aire. Ájax lanzó un grito de triunfo, pero cuando se inclinó para ocultar la cabeza de la diosa en un balde, en lugar de su nuca, en lugar de sus ojos perlados y su perfil diamantino, no encontró sino una escoba sucia y desmochada y un palo grasiento que la sostenía. Palas estaría mirándolo impasible desde alguna otra esquina. Él se tendió entonces en las charcas llorando sin consuelo.

Espectros decapitados de cerdos, de terneras y borregos rodeábanlo dulcemente, volvían a él sus cuellos sanguinolentos como un bosque talado. La niebla tibia, redonda, rebotaba casi sobre los cuerpos jadeantes, evadíase de ellos en un vaho entre dorado y grasiento, caía* en gotas de amor sobre sus lomos desnudos. Del establo había sido retirada toda arma, todo filo, toda herramienta pesada y punzante, y sólo quedaba en él un contorno romo de césped y de heno, de lana avellonada y leche caliente.

Ájax se aventaba de un muro a otro como una dura mariposa, tratando de lastimarse, pero entonces, o bien se daba contra un hato de paja o una mota de leche derramada, o contra una pared de heno. La luz se había retirado, el automóvil jadeaba en la fronda como un animal herido; alguien lo había puesto en marcha, alguien le robaba aquella única luz de su siglo.

El día celeste cantaba ya entre los cedros umbrosos, penetraba hasta las primeras tapias del establo, pero se detenía allí donde él, caído en una roja, tibia alfombra, lanzaba juramentos y lloraba

Para vergüenza de Aquiles y Príamo, él, cuyo nombre habían coreado las multitudes en Troya y Salamina, bajo los arcos del sol y de la luna, habría de quedarse allí abandonado por todos; con esa sangre infame manándole casi en el mismo oído. En la oscuridad, tendido en una gran meada dorada, evocó la ciudad, las calles puras de Atenas, los frontispicios augustos, ornados de una fría sombra en relieve, cargada de pámpanos y antílopes, a la altura del cielo.

Todo era sabio y nítido allí, bañado por una luz de nieve, con arcos y columnas labradas y templos aéreos, como sostenidos por marmóreas alas encima del bosque. Aquello era la civilización. ¿Qué había ocurrido ahora, a qué se debía esta caída, este abismo inexplicable? Palas había estado constantemente al pie suyo, con su perfil helado en la portezuela de su automóvil, persiguiéndolo con insistencia a través de los campos, velando en las grandes velocidades. El tiempo no había pasado para ella. Él la sentía acusándolo por su cambio de vida, por sus nuevos dioses, por su bigote pequeño y sus pantalones grasientos. Aquella noche, por fin, decidió acabar con ella. ¡Oh tinieblas! ¿Qué había ocurrido entonces?

Ájax dio un grito en la oscuridad. La sangre de las bestias lo ahogaba, la sangre llegaría al cielo. Arrastrándose entre las pezuñas húmedas halló un boquete de luz, a su espalda el rumor caliente de las bestias lo empujaba hacia fuera. Desde allí, entonces, misteriosamente, pudo ver su dormitorio, los muebles conocidos y los retratos que amaba en la pared ¡él mismo tendido en su lecho de paja con los ojos cerrados!

Hubo de reconocer así, con horror, desde la ribera de las sombras, que había sido burlado una vez más: un vaso de agua, volcado sobre la mesa de noche, mojábale la almohada y la pijama caliente. Eso había sido todo.

La Prensa, 2 de diciembre de 1945.



* «casi», en el original (N. de los E.).



la tumba de la reina*

jorge eduardo eielson

Violo tus exequias, amada, difunta mía,

violo tu ceniza, amada, ceniza de tu vientre

donde el reptil amargo y verde sueña, oh Reina,

párpados de lys, corona de doradas cucarachas.

Consuélame en mi trono de sangre, amada,

donde a solas, rodeado de antorchas, me he dormido

y no he escuchado a mis heraldos

con fuego en las gorgueras, cantar tu muerte, ¡oh augusta!

Consuélame Reina, consuélame tremenda,

yo soy el Rey en su torre y tú eres media luna alada,

ceniza que gobierno, ataúd abierto y profanado,

con dos cubiertos de oro al fondo de tu pelo.

Oh señora mía, luto de mi amor,

¿qué dicha es esa que por tu enjoyado esqueleto,

bajo la imperial ceniza, alumbra?

Cae el terciopelo en tus fulgurantes clavículas,

oh Reina mía, desde la muerte a mis pies,

junto a mi yelmo, mi candil, mi cráneo

caído a tus gradas, sobre las escamas negras del Infierno.

Palabra. En defensa de la cultura, 7 (1944)



* Se incorporó a Reinos como «Reina de cenizas» (N. de los E.).




arte poética iii*

jorge eduardo eielson

Inmediatamente después

De haber leído estas palabras

Cerrar puertas y ventanas

No parpadear demasiado

No asustar la temblorosa

Mariposa amarilla

Posada en una silla

Tirar la cadena del water

Y dejar correr la vida

Como si nada hubiera pasado

Responder al teléfono enseguida

Hablar de cosas tontas y sabidas

Del costo de la fruta por ejemplo

Y de la misma muerte si fuera necesario

Colgar el teléfono otra vez

Con gran cuidado

Pero considerando ahora

Que el mundo entero es solamente

Esta misteriosa

Mariposa amarilla

Posada en una silla

en: Vuelta, 194 (1993)



* Se incorporó a Sin título como «Inmediatamente después de haber leído...» (N. de los E.)




verbos*

jorge eduardo eielson

a catherine, fritz y mirko, dispersos

en el mundo, juntos en la poesía

pensar en una silla

pensar en dos sillas

pensar en tres sillas

pensar en cuatro sillas

vivir todos los días

vivir todas las noches

vivir día y noche

vivir noche y día

decir mañana

decir limón

decir amarillo

decir perdón

esperar un tranvía

esperar un amigo

esperar un milagro

esperar todavía

saber cortar una rosa

saber abrir una puerta

saber curar una herida

saber cerrar una puerta

comprar una manzana

comprar un automóvil

comprar el mundo entero

comprar un cementerio

mirar el cielo oscuro

mirar el sol de lejos

mirar el mar oscuro

mirarse en un espejo

nombrar una persona

nombrar diez personas

nombrar cien personas

seguir nombrando personas

hacer una casa de piedra

hacer una silla de cuero

hacer una cama de hierro

hacer un cajón de madera

tener hambre y tener sed

tener calor y tener frío

tener vergüenza y no tener dinero

tener dinero y no tener vergüenza

ganar una batalla

ganar una medalla

ganar una mejilla

ganar una botella

perder una chaqueta

perder un match de box

perder una muchacha

perder una cuchara

caminar entre sonrisas

caminar entre silbidos

caminar entre quejidos

caminar entre cipreses

amar una mujer

amar un hombre

amar todas las mujeres

amar todos los hombres

hablar de dinero con la gente

hablar de la guerra inminente

hablar de la vida inútilmente

hablar de la luna simplemente

estar sentado en un cine

estar de pie en un tranvía

estar dormido en la yerba

estar desnudo en el agua

encender una cerilla

encender un cigarrillo

encender una silla

encender una estrella

soñar un caballo

soñar diez caballos

soñar millares de caballos

soñar sólo caballos

escribir un poema

no escribir un poema

escribir otro poema

no escribir nada

ser amarillo

ser inteligente

ser misterioso

ser solamente

La Imagen, suplemento de La Prensa, 8 (1975)



* Incluye una nota que dice: «El orden de los cuartetos no fue decidido nunca, y no creo que éste sea el mejor. Puede dejarse así o cambiarse» (N. de los E.).



a sebastián salazar bondy




hay cosas que no comprendo

sino llorando

ríos de sangre por cierto

pero en sus manos un vaso de agua

y entre sus ojos un ruido atroz

de vidrios rotos

además caminaba ¿recuerdas?

caminaba todavía

cuando murió

es decir que se iba

naturalmente

que aborrecía

la oscuridad

que no volvía

más nunca

que su vestido

estaba vacío

que no veía

que no escuchaba

sino tambores

que adivinaba

que dibujaba

que contemplaba

el desastre*




Alpha, 11 (1967)

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* Este poema se incluyó en Habitación en Roma con el título «Llanto obligado (ante una fuente de Roma)». El título de esta versión pasó a ser parte del epígrafe. Junto con este poema apareció «Campidoglio» (sin título), además de «Albergo del Sole II» que llevaba la indicación «De ‘llanto obligado’» (N. de los E.).









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