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Un baldazo de Mierda (Realismo Sucio.)

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Absténganse del siguiente articulo: Puritanos, pacatos recalcitrantes, hombres de fe, inquisitivos maestros de las buenas costumbres, dandys finolis, funcionarios de comités de censura, grupos de padres y defensores del orgullo gay con ganas de manifestar y culpar a algún chivo expiatorio en pro de sus causas, feministas devoradoras de almas y gente que se asquea con cualquier tipo de secreción verbal, vaginal, anal...

La imagen “http://media.ohlog.com/carrollera_dibujo1.jpg” no puede mostrarse, porque contiene errores. Nombres como Raymond Carver, Charles Bukowski, Pedro Juan Gutiérrez, Michel Houellebecq y Richard Ford son sin ánimo de ofensa, sinónimos de pestilente suciedad, decadencia anecdótica en vidas rutinarias y afectadas por el vacío, morbosidad sexual, altas cuotas de provocación contracultural, soliloquios profundos pero políticamente incorrectos y desde luego, vicios perpetuos y lindes con la ilegalidad, todo como ya pueden imaginar retozando a mil, entre francas maldiciones a lo establecido, a la estupida cortesía y diplomacia.

Para muchos defensores de la edad de oro y críticos literarios de la vieja escuela, ver la obra de estos autores como espolón de la actual literatura y toda una corriente de imitadores resulta para ir acorde con la nota y su escatología, no sólo ofensivo sino también, vomitivo y degradante. Pese a ello, destacan por lo personal y arriesgado. Apuestas con altas cuotas de absurdo irracional, hedonismo y profundidad dionisíaca. Hay que ser un verdadero tipo duro, un demente o suicida para vivir como ellos. No es tarea fácil como dice Jaspers "vivir de acuerdo a lo que se profesa" Y lo que más podemos destacar en estos autores es su consecuencia y honestidad, a la hora de novelar o poetizar desenfadadamente sobre el yo y sus avateres con alter egos (Chinaskys o Pedros Juanes) que no pretenden en lo más mínimo separar la ficción de la cotidianidad.


No es de extrañar entonces, que para el hombre contemporáneo resulte en extremo atractivo entrar en contacto con altas dosis de urbanidad, desasosiego y la suma de interrelaciones que marcan un camino de amplios terrenos donde la vida se libra entre caos, muerte y locura.

Y como todo nicho capaz de acaparar atención, este tampoco se libra de aquellas pretenciosas y depravadas sanguijuelas que buscan lucrar y hacer de la espontánea y cínica humildad una producción en serie.

Además, vale la aclaración, de que por mucho que se pretenda ante la ingenuidad lectora de algunos y la inmadurez de tantos centros culturales, imponer como la última buena nueva, hay que aclarar que algunos textos, se remontan a más de 20 o 30 años atrás como parte de un género que ya enterró la corona under, llegando a alcanzar el status de culto y una recua de fieles adeptos, congregaciones tan devotas e inmensas como las de starwars y algunas iglesias.

En cualquier caso, no me referiré en lo profundo a este fenómeno, por mucho que este vinculado al tema y a ese centenar de aficionados que han brotado alrededor del globo como hongos en el rincón del baño, con la única intención realizar pobres ejercicios de ego y ensalzamiento de su mísera retórica, apelando desde luego a lo más básico y superficial que pueden captar de estas formas artísticas. Lo sexual, la violencia, la imprecación gratuita. Se desprende de esto ultimo, la sobrada preocupación de ciertos escritores y ávidos lectores que ven como amenazador el que estos modelos se vuelvan padres o abuelos de una moda idiota que no haga más que empobrecer las fuentes de referencia y al género. Sólo me queda recalcar sin dar nombres, pues todos sabemos quienes son los malamente llamados enfants terribles, que siempre ha habido parásitos literarios y donde surjan maestros con propuestas innovadoras e interesantes, siempre habrá aficionados de poca monta que pretenden destronar a sus sucesores sin acercarse o remotamente hacerles sombra. Y para refrescar un poco la memoria de los tradicionalistas que no hallan mejor cosa que descargar su ira en contra de los iniciadores, me atrevo a recordarles las hordas legionarias de Marquesitos y Borgeanitos que pululan por la atmósfera.





En fin volviendo al tema. La prosa sucinta que estructura estos dramas, sigue los preceptos del viejo Hemingway que enfático invitaba a desconfiar de los adjetivos, por tanto resulta a ratos minimalista y cruda con una clara herencia beatnik, elementos que no le restan contundencia en lo absoluto sino que por el contrario la hacen capaz de revelar grandes cuotas de hipocresía que nuestras sociedades procuran enmascarar.

Asistimos en novelas como Factotum, la senda del perdedor, animal tropical y relatos de Rock springs a un desfile orgiástico de borrachos, prostitutas, micro traficantes, vagabundos, desempleados y frustrados hombres con talento, por lo general artistas o intelectuales que siempre parecen estar pasando por su peor momento, faltos de dinero, amor, techo y comida, padeciendo alguna esquiva y costosa enfermedad que los empuja desesperados a limites insospechados, la periferia humana o degradantes trabajos para cualquier ser que precie tener algo de orgullo o amor propio, faceta que contraviene aquel viejo proverbio que nos habla de la dignificación del género al someterse a un salario insultante, tareas que empeoran su salud y por sobre todo enloquecen al ponerte de rodillas ante pequeños retorcidos renacuajos descerebrados que abusan de su cargo o minúsculo poder. De cualquier forma mujeres no le faltan, el trago o su vicio se lo apañan con un camarada fiel y la más atroz de las ordalías existenciales que puedas concebir, la sortean para culminar la odisea en algún húmedo y oscuro departamento o pátetico tugurio en las mismas condiciones en que todo empezó o quizá peor.

En el caso de Chinasky presenciamos el triunfo del underdog al alero de la muerte del sueño del Tío Sam, y si nos remitimos al trabajo del Cubano Gutiérrez, olfateamos la perpetua defenestración de la tierra virgen, esa utópica Arcadia que tan sólo un ojo critico y solipsista puede desnudar entre orgias, jineteras, planes mal paridos y hambruna, sin los prejuiciosos y demagogia partidista de regimenes que adulan y envilecen descaradamente a sus siervos retraídos. Houellebeccq y Delillo por otra parte muestran a clases sociales abúlicas dormitando en una implosiva violencia y en una comoda hogera de degeneración mientras Carver talla el estigma de la soledad del fracaso profundo como cuna y destino en un gelido laconismo.


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Una muestra

Charles Bukowski

Como ser un gran escritor



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tenés que cojerte a muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes

y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos.

sólo tomá más cerveza más
y más cerveza.

Andá al hipódromo por lo menos una vez
a la semana

y ganá
si es posible.

aprender a ganar es difícil,
cualquier boludo puede ser un buen perdedor.

y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.

no te exijas.
dormí hasta el mediodía.

evitá las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.

acordáte de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977)

y si tenés capacidad de amar
amáte a vos mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.

un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.

quedáte afuera de las iglesias y los bares y los
museos
y como las araña sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más
el exilio
la derrota
la traición

toda esa basura.

quedáte con la cerveza

la cerveza es continua sangre.

una amante continua.
agarrá una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana

dale duro a esa cosa
dale duro.

hacé de eso una pelea de peso pesado.

hacé como el toro en la primer embestida.

y recordá a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.

si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a vos ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...

entonces no estás listo

tomá más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay
está bien
igual

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Estrellas y pendejos
Pedro Juan Gutiérrez

Me gusta masturbarme oliéndome las axilas. El olor a sudor me excita. Sexo seguro y oloroso. Sobre todo cuando estoy caliente por las noches y Luisa anda por ahí buscando los pesos. Aunque ya no es igual. Con cuarenta y cinco años se me reduce la libido. Tengo menos semen. Apenas un chorrito una vez al día. Comienzo el climaterio: menos deseo, menos semen, glándulas más lentas. De todos modos, las mujeres siguen revoloteando a mi alrededor. Ahora creo que tengo más espíritu. Jajá, yo con más espíritu. No voy a decir que estoy más cerca de Dios. Ésa es una hermosa frase, bien pedante: «Oh, estoy más cerca de Dios.» No. Para nada. Dios me da señales a veces. Y yo sigo intentando. Eso es todo.

Bueno, me voy. Masturbarse uno mismo es igual que bailar solo: primero estás alegre y funciona, pero después te das cuenta de que eres un imbécil. ¿Qué hago aquí desnudo frente al espejo pajeándome? Me visto y me voy. Me pongo ropa sucia, sudada. Hoy estoy asqueroso, definitivamente. Bajo las escaleras y me encuentro con los bobos llorando, en el quinto piso. Son jóvenes, pero bobos, mongólicos, o locos, zanacos, no sé, algo así, subnormales, fronterizos. Llevan años juntos. Apestan a suciedad. Se cagan a escondidas en la escalera. Mean en todos los rincones. A veces andan en cueros en la casa y se asoman a la puerta. Escandalizan, se babean. Ahora ella está sentada en un escalón, llorando a grito pelado. Se le va el mundo en las lágrimas y le dice al tipo: «Yo te quiero mucho, pero así no puedo. Yo te quiero mucho, pero así no puedo. Yo te quiero mucho. ¡Ayyy, tito! ¡Ayyy! Yo te quiero mucho, pero así no puedo.» Él encendió un cigarro, se hizo a un lado para dejarme pasar, y le dijo: «Yo sé que tú me quieres, chinita, yo sé que tú me quieres, chinita.» Y el tipo comienza a sollozar también.

Al menos hoy no se han cagado en la escalera. Lo que necesitan es una rasqueta, un jabón y una ducha fría. Salgo a la luz de las cuatro de la tarde y ahí me detengo: ¿qué hago? ¿Voy al gimnasio a boxear un poco, o a Paseo y 23? La última vez gané veinte dólares en la ruleta rusa. Es buena hora. Seguro que hay alguien por allí. Me voy a la ruleta rusa.

Me gusta caminar despacio, pero no puedo. Siempre camino aprisa. Y es absurdo. Si tengo el rumbo perdido, ¿para qué me apuro? Bueno, seguramente por eso mismo: estoy tan aterrado que corro sin cesar. Me da miedo detenerme un instante y descubrir que no sé dónde coño estoy.

Entré por Las Vegas. Es eterno Las Vegas. Siempre va a estar ahí, es el lugar donde ella cantaba boleros, con el piano en la oscuridad y las botellas de ron y el hielo. Todo. Como siempre. Es bueno saber que algunas cosas no cambian. Me soné dos cuerazos de ron. Había mucho silencio y mucho frío y mucha oscuridad. Tanto calor y humedad y tanta luz ahí fuera. Y tanto ruido. Y de pronto todo cambia cuando entras a este cabaret. En realidad es una sepultura con el tiempo detenido para siempre. Me senté un instante y ya el cerebro se dispara a pensar.

Espíritu y materia. Eso es todo. Me tomo un vaso de ron y ya están enfrentados dolorosamente. El espíritu hacia un lado y la materia hacia otro. Y yo en el medio, fragmentado. Cortado en pedazos. Intentaba entender algo. Pero era difícil. Casi imposible entender algo. Y el miedo. Desde niño siempre el miedo. Ahora me imponía vencerlo. Iba a un gimnasio de boxeo, y me endurecía. Boxeaba con cualquiera y siempre temblando por dentro. Intentaba golpear duro. Intentaba ser arrojado, pero no. El miedo estaba ahí, haciendo lo suyo. Y yo me decía: ah, no te preocupes, todos tenemos miedo. El miedo aflora antes que cualquier otra cosa. Sólo tienes que olvidarlo. Olvida el miedo. Haz como si no existiera, y vive.

Me soné otros dos cuerazos de ron. Estaba sabroso. Yo me puse sabroso, quiero decir. El ron no tanto. Sabía a diesel. Y fui para la ruleta rusa. Me quedaban siete dólares y veintidós pesos. No está mal. He estado mucho peor y siempre salgo a flote.

Había gente en Paseo y 23. Y el Fórmula Uno allí, con su bicicleta. Era buena hora. Casi las cinco de la tarde. Hay mucho tráfico en ese cruce. En todas las direcciones. Nos pusimos de acuerdo. Jugué los siete dólares uno a cinco. Si ganaba eran treinta y cinco para mi. Yo siempre apuesto a que el muchacho pasa. Allí va un negro con mucha plata y cadenas de oro hasta en los tobillos. El muy cretino, siempre apuesta a que el tipo no pasa: «Yo le apuesto a la sangre, acere. Siempre a la sangre, no me tienes que preguntar más na.» Cada vez que coincidimos allí me acepta la apuesta uno a cinco. Así y todo nunca he hecho buena plata.

Hace un mes tuve un récord: gané treinta y cinco dólares de un golpe. Tuve suerte. Delfina estaba conmigo. Cobré, le enseñé los dólares y se volvió loca. Le digo Delfi porque tiene el nombre más jodio de La Habana. Nos fuimos para la playa. Alquilamos un cuarto y tuvimos dos días de fiesta, con comida, ron y mariguana. Delfi es una negra hermosa y provocativa, pero parece que ya no sirvo para esas orgías. Delfi sólo quería pinga, ron y mariguana. En ese orden. Pero yo no podía estar jodiendo siempre. Cuando no se me paraba, Delfi, insaciable, intentaba meterme el dedo por el culo para lograr algo más. Yo le daba unos bofetones y le decía: «Sácame el dedo del culo, negra de mierda.» Y de todos modos seguíamos más y más. Por inercia tal vez. Cuando se acabó el ron y la mariguana y los dólares, recuperé mi cerebro. Todo me ardía: la cabeza, el culo, la garganta, la pinga, los bolsillos, el hígado, el estómago. A Delfí no. Ella tiene veintiocho años y es un tronco de negra, musculosa y dura. Estaba lista para seguir dos o tres días más, sin parar. Incansable esa negra. Maravillosa. Es un prodigio de la Naturaleza.

El muchacho que iba a jugar la ruleta rusa cogió su bicicleta. Tenía un pañuelo rojo amarrado en la cabeza. Era un mulatico muy joven, de quince o dieciséis años. Vivía pegado a su bicicleta. No la soltaba ni para cagar. Era una bici pequeña, robusta, de
gomas gruesas, bien niquelada. Vivía de eso. Ganaba veinte dólares limpios cada vez que pasaba. Era bueno. Otras veces hacía acrobacias y también cobraba: ponía diez niños acostados uno junto al otro, en medio de la calle. Se alejaba unos metros, se persignaba, salía disparado y volaba sobre los muchachos. Eso lo hacia en cualquier calle. Donde lo llamaran. La gente apostaba, pero él no. Él cobraba sus veinte dólares y ser perdía. Era vanidoso y le decía a la gente: «Yo soy Fórmula Uno.»

Ahora el Fórmula Uno salió por Paseo, hacia arriba. Hizo unas cabriolas sobre su bicicleta, entre los autos. Daba vueltas, se elevaba en el aire, giraba dos veces y caía en una sola rueda. Era un maestro. La gente lo miraba pero no sabía qué se traía entre manos aquel negrito. Nosotros éramos siete y nos hacíamos los desentendidos en la esquina del convento de monjas, bajo los árboles. No había ni un policía por allí. El Fórmula tenía que esperar la orden de uno de nosotros. En el momento en que pusieron la luz verde para 23, un tipo a mi lado bajó el brazo y el Fórmula se largó como un rayo Paseo abajo. Por 23, hacia La Rampa, había unos treinta autos, muy stressados a esa hora, que se lanzaron a ganar la verde. Y calle arriba, hacia el Almendares, rugiendo y desesperados, otros treinta o cuarenta más. Sumando: el Fórmula tenía setenta papeletas para morir-se aplastado. Y una sola para vivir. Ahí estaban flotando mis siete dólares. Si mataban al tipo, me quedaba en cero. Yo necesitaba que el Fórmula cruzara y ganara sus veinte dólares. ¡Y lo logró! El tipo era una centella. No sé cómo cojones lo hizo. Igual que una mosca. De pronto ya brillaba haciendo acrobacias y riéndose, al otro lado de Paseo.

Vino hasta nosotros riéndose a carcajadas: «¡Yo soy Fórmula Uno!» Cobré mis treinta y cinco dólares. Le di cinco al Fórmula, y lo llamé aparte. Le estreché las manos. Las tenía secas y firmes. Lo miré a los ojos y le pregunté: «¿No te da miedo?» Sacudió los hombros: «Ah, blanquito, no jodas. ¡Yo soy Fórmula Uno, acere! ¡Fórmula Uno!»

Antes de él, allí mismo se mataron cuatro muchachos. No quiero acordarme. Otros dos no tuvieron cojones para lanzarse. Así es. Sólo unos pocos sobreviven: los muy estrellas y los muy pendejos.

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Michael Houellebecq
Ampliación del campo de batalla (fragmento)


Desde el punto de vista amoroso Veronique pertenecía, como todos nosotros, a una generación sacrificada. Había sido, desde luego, capaz de amar; le habría gustado seguir siéndolo, se lo concedo; pero ya no era posible. Fenómeno raro, artificial y tardío, el amor solo puede nacer en condiciones mentales especiales, que pocas veces se reúnen, y que son de todo punto opuestas a la libertad de costumbres que caracteriza la época moderna. Veronique había conocido demasiadas discotecas y
demasiados amantes; semejante modo de vida empobrece al ser humano, infligiéndole daños a veces graves y siempre irreversibles. El amor como inocencia y capacidad de ilusión, como aptitud para resumir el conjunto del otro sexo en un solo ser amado, rara vez resiste un año de vagabundeo sexual, y nunca dos. En realidad, las sucesivas experiencias sexuales acumuladas en el curso de la adolescencia minan y destruyen con toda rapidez cualquier posibilidad de proyección de orden sentimental y novelesca; poco a poco, y de hecho bastante
deprisa, se vuelve uno tan capaz de amar como una fregona vieja. Y desde ese momento uno lleva, claro, una vida de fregona; al envejecer se vuelve menos seductor, y por lo tanto amargado. Uno envidia a los jóvenes, y por lo tanto los odia. Este odio, condenado a ser inconfesable, se envenena y se vuelve cada vez mas ardiente; luego se mitiga y se extingue, como se extingue todo. Y solo quedan la amargura y el asco, la enfermedad y esperar la muerte.




1 comentario:

ADMD dijo...

Un baldazo de mierda y de conciencia.

Excelente articulo. La selección inmejorable.

Un abrazo.

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