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El Loco.


Yo soy la Ira de Dios, el Príncipe de la Libertad

y del reino de Tierra Firme y provincias de Chile...


Hablan de mi personalidad con arrogancia. En esa lejana ínsula de señores finos y debilitados por el ocio de sus carnes, azotan mi nombre mientras engordan las caderas y arcas, a costa de nuestra cólera. Enriquecidos pese a evitar el cauce amazónico, la vertical pendiente, la abismal niebla y el reticente carácter del indio rebelde, estos salvajes no son lo que hemos querido creer, no son irracionales vástagos, abandonados en la estulticia. Sólo esperan su momento, llevan nuestras provisiones a fuerza de látigo... desde luego, han cargado en sus desnudos hombros a nuestras mujeres, a mi hija, el más preciado tesoro, sin embargo, al menor descuido flagelarán nuestros cuellos. Somos demonios en su mirar, los asesinos de su tierra, de su imperio piramidal. Mala sombra han traído a nuestros pasos los precursores, Cortés y Pizarro. Pobre cura castellano, amargamente ha bebido de la realidad. Pueden besar la cruz y arrodillarse con las manos juntas mirando al amplio azul, sin embargo odian el evangelio y nuestras palabras y aún así, yo me pregunto, reconocen ustedes príncipes, la carga que nos impone ser sus vasallos, oh caros reyes, aún al tanto de nuestros itinerarios, del oneroso tráfico de almas desde su imperio hasta esta arcadia que sólo nos embarga con promesas y emboscadas desde la lejana y exuberante selva. Por qué, con qué derecho abusan de la condescendía que albergamos hacia el brillo gastado de sus áureas imágenes, reyes de España, podrido linaje. Cómo osan describirme cual mosquito, segundón, hijodalgo sin mayor provecho que el sable… el valor dicen es una cualidad que no debe sobrestimarse, pues no hay caballero de la corona que carezca de esta. –Lope de Aguirre debes obedecer, someter tu ímpetu a la nobleza que te comanda, pues en ella reside la grandeza del reino de este mundo. Yo les insto a mirar su nobleza bajo el metal de mis pisadas, menos que barro, oh padres del cielo europeo, contemplen la gloria de mi rabia. Tengo la cabeza de su amado Ursúa en un cesto y he colocado en su lugar, regalado su precioso cetro a mi emperador al uso, Guzmán, mi títere providencial, su blasón es el cerdo y el afeminado pavo real.

Oh ingenuos monarcas de esa oscura ciudadela, el comando de este barco ya no responde a sus timbres de cera y terrenos imaginarios para la loa de sus zapatos inmundos. La prueba viva de mis designios, se ceba con nuestras últimas provisiones, el magnánimo don Fernando de Guzmán ríe ignorante como ustedes. Se retuerce en el trono que he mandado fabricar a la medida de su gigante trasero, se sienta en un poder que no es más que una frágil apariencia, yo sostengo los hilos, la verdad última, el hierro candente que esgrimen nuestras trabajadoras manos. Esta empresa es producto de la lógica de aventureros, dementes, desesperados sin nada que perder. El Dorado no es suelo para castas antiguas, el Dorado es el destino de quienes tienen el valor de tomarlo al pulso de su sangre y fuego.


Carta a Fernando II
Dios Salve al Emperador de la Nueva Hispania Don Fernando de Guzmán



Esta gran vena sobre la cual flotamos parece una cárcel para nuestros sentidos, nos arrastra, nos empuja, reconocidos como intrusos por ella, por las sombras de los caníbales sus veloces pies y sus traidoras flechas que pasan inesperadas por nuestras cabezas sumergiendo a negros y blancos en el fondo del furioso cauce. Dos palabras se repiten constantemente como una maldición en la boca de nuestros esclavos, jíbaros, marañón, jíbaros marañón, jíbaros marañón, jibañon, mararos, mabajos, mararos, mabajos miraron, mabajos no se detienen, no tienen piedad de nuestros oídos, el sonido se entrevera, se vuelve ridículo inexpugnable, un galimatías que arremete perentorio contra nuestra débil cordura y cada vez más fuerte, implacable a medida que golpetean las silabas, rápido, temeroso, destructivo, rápido, jabaros, miraron, mabajos, mararos, mabajos, la tonada sin sentido, persecutoria se suma al trino de las aves y el silbado de los vientos que azota contra las nubes de cada árbol mas gigante que el otro y no podemos cerrar los ojos sin miedo a perder la noción del tiempo, no podemos ignorar nuestro destino, sólo mirar al frente, esperando que a la vuelta de esa curva verde que parece repetirse una y otra vez como la voz cáustica de los indios, este el reino bañado en oro. Pero no tenemos esa suerte, el paisaje continua como al principio. El cura dice que Dios esta castigando mi idolatra, mi ego asesino, el haber enviado esa carta a la corona, el escupir al rey. Patrañas, hemos perdido a la mitad de la expedición y el emperador, miserable Guzmán es una bestia insaciable, devora todo, ya llegara su momento, pero esto no es más que un giro de tuerca, ahora, sólo podemos seguir… en este desierto de musgo, en este infierno palúdico… escuchando la armonía de la demencia…

…Prolongándose desde la garganta, el canto de los siervos agazapados, su trino aun resuella estremeciendo mi columna, no puedo dejar amputadas en el pasado las amargas caras de los confiados a mi brazo, ni yo mismo puedo aceptar el clímax de la empresa, la amplitud, la anchura de la noche, del descanso atento a las emboscadas y el aire libre. Son un recuerdo pesado, el río de mi frustración, la infructuosa orilla que nunca llega, el caudal infinito de muertos que mi deceso no podrá apagar, por que ahora, hombre y naturaleza somos uno… -Aguirre ha llegado tu momento, levántate. –La luz lastima mis ojos, no reconozco las miradas, pero las voces, el acento, son los guardias de mi caída anunciando la venganza real. –Apura el paso, tu público espera. –Me conducen por el laberinto de cemento, afuera una turba grita, quieren sangre, una conclusión. En la palestra, el hombre del rey se pronuncia airado, grita a viva voz, enardece a los antropófagos de seda y modales cortesanos. Me condenan. -Lope de Aguirre se le acusa del severo crimen de lesa majestad, el precio a su comportamiento, será morir descuartizado y sus restos serán esparcidos en los territorios violados por su cruel tiranía, su cabeza será entregada a los perros del rey. ¿Tiene algo que declarar? –En un último estertor, con una furia animal, antes de que el mundo se cierre, la lección final, indómita, insalvable como el río que arrastra todo sin piedad reclama al universo -Yo soy Aguirre, yo soy la Ira de Dios, el Príncipe de la Libertad y del reino de Tierra Firme y provincias de Chile...


Daniel Rojas P.

"El Loco" Arica 1 de Octubre del 2007

Primer Lugar del Tercer concurso de Narrativa organizado

por el Departamento de Español de la Universidad de Tarapacá


2 comentarios:

Lina Masaki dijo...

Guau... pocas veces me he quedado TAN sin palabras.
Muchas felicidades.
Más que merecido.

Daniel Rojas dijo...

Gracias por tus palabras, saludos
nos estamos leyendo.

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