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Cabeza.




Al amigo piedra.


Gran mitómano, padre, abuelo, ídolo de roca. En tu inmensa barriga de atlas, en tu continua barba de tierra y fuerzas ominosas, acoges la pálida y rencor bohemio de superhombre, protobestia y madre infinita. El ramaje de tu pecho, la curvatura de tu amplio mundo pensado, requerido, soñado en tus pesadillas de paraíso perpetuo, rompe como látigo en la rugosa y paciente espalda del imprevisto. La ambigüedad del fusil y carga lluviosa, todas armas perdidas, todas memorias castigadas, en nuestro maltrecho y débil corazón. A tu lado, tú, Cronos de árboles inmensos, heredamos en luz muerta, el pulso pantanoso de tu caminar dantesco. Caminata de toro ardiendo, a zancadas, abrasado a bramidos gruesos, resquemores gimen y en tallos que la retina no alcanza, no dibuja, ambiente por atmósfera de crecidas Leviatán, caen como pélidas señales de tu prosa, caen los genios de tu boca sobre cada ruta y pasaje venturoso, aquellos relámpagos calientes, fijos obsesos, neuróticos placeres que liberan del camino injusto, denuedo parido en la mafia del perdón. Consumidos, calcinados, por tu baba de Satán, pasión de fuego obsidiano, pasión de demiurgo ambiguo y portentoso escritor, creando al cielo con una metáfora de hielo y salto de agonías, jamás cegado ante los mares, nunca indiferente ante las criaturas y fantástica paridera, aún no escrita en tu evangelio de terror… Como Zeus encorvado, Como Gilgamesh satisfecho, los truenos de tu cabellera placida y los parásitos de tantos rincones olvidados, recogen en pedazos, a cada huérfano marchito, nosotros, poetas desperdigados en la clepsidra sin cuerda, locura bendita… Reclamamos el sello de tu sangre imperial, maestro dionisiaco, carnavalesco y epónimo conquistador del llano. Agusanados, pariendo en cada patética sinapsis conquistada por el miedo local, la mediata razón y esclavitud de lágrimas… el ruidoso huerto es nuestra mansión… Y castigados, en la metamundana oquedad del diario trajín, somos tejedores de tu cobija, reposo para las uñas astilladas y tu gula, hambre de montaña alegre, ingesta de tempestades, la piedra digital de este Sísifo devorado por sus desviaciones, bastarda prolongación y amplitud de tu futuro Partenón.


Tú, Prometeo anclado en las voces coléricas y fértiles pies de este cuerpo celeste. Luchamos juntos en la comunión del solipsismo pleno, luchamos contra nuestra propia ración de brebajes carcelarios y sueños de fracaso y tú, magnánimo falseador del universo, maestro jugador, anarquista repartiendo la baraja caótica, con tus índices tutelares, tentáculos de infraverso depravado, enciendes la magia del simple cotidiano, pecador de ideas inconclusas, las llagas del tiempo, la cicatriz marina del liquido horario, inunda las gargantas pasadas, pesadas, tanta cuna y fermentado para tanto críptico verbo desaforado… Inicia el festín de antiguo prostíbulo, camas en hinojos y hebras piojentas que hieden a guerra perdida, a fruto rodando de mano en mano, en los féretros y caldos rompientes. Defenestrado el muladar y la continental servida en bandeja para comensales ciegos, la comida clama un anciano curandero y su sabia rotosa, su oclusa semilla, parpado muerto en el común ingrato ojo, recibe a patadas en las costillas a cuanto lascivo poeta falso, afrancesado mendigo de aplausos y cobarde fundador de mares, pequeño dios y vate burlador de mujeres, apéndice de la academia, anti-negador, anti-hombre imaginario de su cinismo inocuo, se pretende imponer, reinar en un lar de tuertos y tullidos hombres, la furia de tu rojo canto, de tu hades golpe a la quijada, libera de emoción la soledad, el bramido, ese infernal rugir que no acaba, hasta que acaba al principio total.



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