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PRÓLOGO A 60 MUERTOS EN LA ESCALERA DE CARLOS DROGUETT [POR JUAN DE LUIGI]


  
Carlos Droguett comenzó a publicar sus cuentos en el desaparecido diario "La Hora" a raíz de una polémica con Miguel Serrano; versaba sobre el cuento y tuvo como campo de lucha la revista "Hoy". Francis de Miomandre los tiene en su poder, los ha traducido y ha publicado algunos en revistas de París, los ha calificado de "admira­bles". Droguett introducía, fuera de su estilo, una nove­dad al cuento nacional. Su forma estilística parecía a ra­tos transformarse en un líquido; quería abarcar todos los matices internos y exteriores en una sola masa fluyente sin desuniones, sin fisuras y, sin embargo, en movimiento; y su contenido estaba formado por grandes bloques emocio­nales en los que la subjetividad del autor estaba presente, sin estarlo él, pero siempre presente. Una excepción pare­ce ser el que dedicó al padre Gómez, de San Felipe; fue un primer ensayo que no ha continuado.

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Después de publicar su cuento "Los Muertos del Seguro Obrero" y de su destacada labor periodística en el diario "Extra", Droguett se sumergió en el silencio. Su producción aflora hoy día con esta novela que la Editorial Nascimento premió en su concurso. No es su única obra; tiene seis libros, algunos de los cuales han merecido de Miomandre juicios parecidos al citado más arriba; pero los editores hasta hoy no se han preocupado por ellos y só­lo ahora que su nombre salta a la publicidad por el Pre­mio Nascimento, las editoriales piden su concurso. Es la costumbre, la publicidad antes que el mérito intrínseco. Es el ribete de sombra que siempre acompaña a los triunfos; y es lo que hace que los que triunfan miren con cierto des­dén a los demás y a su propio triunfo.

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He citado su libro y su trabajo en "Extra" porque son dos de los orígenes de su obra actual. "Sesenta Muer­tos en la escalera" es en su núcleo los muertos del Seguro Obrero; pero también se le amalgama algo de lo que pu­blicó como folletín sobre el antiguo crimen de calle Lord Cochrane; y además otros elementos.
Tiene interés secundario juzgar el aspecto formal en que dos hechos, tan distantes en el tiempo y tan diferentes en su esencia como el asesinato de calle Lord Cochrane y la matanza del Seguro Obrero, han sido fundidos en una sola pieza; eso forma parte de la característica fluyente, líquida, como dije más arriba, del estilo de Droguett. Pe­ro ambos inciden por igual en un tema: la muerte; la muerte que es el punto distintivo, el signo fatal de un de­terminado régimen en el que toda acción humana parece empujada hacia ella; y la muerte que parece haber sido una obsesión de Droguett; es el reflejo más fuerte que el ré­gimen ha impreso en su espíritu de disconforme y que ha impregnado toda su psiquis de hombre que no se adapta al medio y reacciona por todos los poros contra él.

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A primera vista este libro aparecerá como una gran vid de cementerio plantada en tumbas y que produce ra­cimos de muerte. Toda la muerte, sobre todo la violenta en sus distintas formas, florecen en él; la de los asesinos a arma blanca a la luz de los faroles en las tétricas esqui­nas del arrabal; la de los suicidas en los fríos canales de agua parda; las del asesinato en las inexpresivas y, sin em­bargo, características piezas de la mediocridad burguesa; la de la guerra, la de los fusilamientos y sobre todo, las de la masacre efectuada en pleno centro de Santiago; y junto a ella, todas las pérfidas malezas de la penumbra humana, los frutos de un sistema de penumbras; la lubri­cidad fría, el instinto primitivo, la crueldad, la brutalidad, el impulso sin sujeción y la crueldad metódica manejada con mano helada que se transforma en un pesado mecanis­mo de acero que pasa sobre cuerpos humanos, triturándolos, deshaciéndolos, haciendo saltar sangre y pedazos de entrañas como una máquina de moler carne movida por una cocinera que piensa en el guiso, pero no en que la car­ne que muele fue antes animal vivo.

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La muerte, la obsesión de la muerte y de los muertos, es patente aun en la obra periodística de Droguett. No es el problema metafísico ni el personal de la muerte propia sino casi se diría, la voluptuosidad dolorosa de ella; hay en su espíritu un desajuste, la existencia de dos términos que no puede conciliar entre la necesidad de vivir, la utili­dad y la belleza de vivir y la existencia de muertes acaeci­das sin razón, por voluntad exterior, sin que hubiera una causa o una obligación trascendente para que ellas acae­cieran. Esto refluye en las circunstancias que detalla en cada una; vuelve a reflejarse en los elementos circunstan­ciales, a los que da concisa y fuerte vida artística. Las co­sas toman entonces una vida propia; son elementos que tienen un destino y que lo cumplen los muebles, los faro­les, las luces, las calles; y también los elementos naturales; todo lo creado por el hombre y la naturaleza en que fue creado sigue cumpliendo su sino y su tarea; a veces los hombres lo desligan de ello y le dan usos que no le son propios; pero, luego, continúa su ruta; sólo los hombres, los creadores, los que lo han fabricado, son apartados de su ruta propia, desarticulados, despedazados y muertos. Aparecen como lo único transitorio y lo único que no cum­ple su papel.

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Esto, con ser mucho, sería poca cosa. Esta muerte omnipresente, esta contradicción entre la vida que podría ser realizada en todos sus aspectos y la muerte que le cie­rra los caminos, entre unos hombres empujados por sen­das torcidas que lo llevan al no ser luego de no haber vivido, y la oposición entre las cosas que lo cumplen y que por consiguiente viven y los hombres que no la cumplen y mueren sin haber vivido, tiene una raíz más honda. No hay que creer que Droguett es un amante de la muerte; siente su presencia y su imposición inoportunas. Antiguos artistas la sintieron y la expresaron sólo para determina­dos seres. La manifestaron concisamente. Hay grandes ejemplos; citaré algunos imperceptibles. El de Petrarca, por ejemplo, en su famoso "Soneto":

“Io son colei che ti di' tanta guerra
E compiei mia giornata innanzi sera”.

O el de Ronsard:

“Avant soir ce clorrá ta tournée”.

Y en François Villon.


Musicalmente la encontramos en Wagner en la músi­ca funeral de Sigfrid o en Beethoven en la marcha fune­ral para un joven héroe. Pero Droguett la siente en todos; ve su amenaza y su presencia en toda la vida humana y no sólo en un grupo de personas; de ahí que haya ampliado su antiguo libro y haya escrito el actual en el que ella, la muerte, se presenta en todos los ambientes. Más que eso; no viene, la traen, la fuerzan a actuar, la obligan a efec­tuar antes de tiempo su tarea.

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El trauma que algunos filósofos modernos creen no­tar en la base psíquica del individuo cuando éste toma contacto con el mundo exterior y con el prójimo, parece­ría estar amplificado en toda la personalidad de Droguett. No creo en la existencia de él. El hombre es por especie un ser colectivo; el trauma se produce no en la psiquis del in­dividuo en el ambiente normal sino cuando ese ambiente no permite la libre manifestación de los elementos poten­ciales; cuando el ambiente por uno u otro camino, cierra las posibilidades, tuerce las rutas, impone formas agobiadoras e injustas; para explicar este hecho, antaño se ha­bló de la herencia; hoy parece estar de nuevo de moda echar la culpa a la naturaleza y al paisaje circundante; se ha citado con exceso para darle vida, la famosa frase de Portales "el peso de la noche" y se habla de la influencia de la cordillera, del mar, de los valles transversales y cosas semejantes. El ambiente lo crean la colectividad y su ré­gimen. Y el régimen es hoy un fenómeno internacional; por más que se diga no es un régimen que conceda a to­dos las mismas posibilidades; y los obstáculos infranquea­bles que oponen, no son aquellos que sirven de estímulo y formación de la voluntad sino que la debilitan y la aplas­tan; no se llega mediante la voluntad como no sea la apli­cada a cosas mínimas y míseras; se llega negándose a sí mismo, traicionándose, entregándose o vendiéndose. Pero no todos lo saben o lo quieren hacer. Para eso hay dos caminos; uno adquirir la conciencia precisa de la situación y ubicarse donde le corresponde para luchar desde allí; otros, sin haberla adquirido jamás o sin haberla formado aún, sienten a cada instante y en todo su ser los golpes, las heridas, las injusticias, las humillaciones.

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El artista tiene, por serlo, una sensibilidad más rica y organizada; a veces, una hiperestesia; lo que en los de­más es sólo un pathos localizado, en él se amplia, abarca otras regiones, llega a interesar todo el espíritu, a veces el cuerpo, y sigue ampliándose más allá, reúne toda la espe­cie; con él fabrica todo un sistema y lo proyecta hacia la vida total; puede ser que yerre en los detalles; se equivo­ca al reducir la vida humana a ese sistema; pero no puede negarse que su enfoque es también verdadero; enfoca y crea a través de él una realidad artística que no tiene más defectos que el haber transformado un aspecto parcial en una universalidad. Lo hace por la restricción y la falta de precisión de su conciencia. Le faltan las verdaderas orien­taciones. Pero su obra refleja una realidad; es un corte doloroso en una realidad dolorosa e injusta.

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Carlos Droguett, lo sabemos bien los que lo conoce­mos, ha sentido toda la hostilidad del ambiente y ha reac­cionado siempre contra ella. Esta obra lo demuestra, por­que en ella no está sólo la muerte; están la pobreza y sus consecuencias, están las deformaciones a que es someti­da la personalidad, están las desviaciones a que son em­pujados los seres. Es un gran cuadro emocional al que fal­ta para ser completo el soporte de la ideología, de la ex­plicación, de la salida. Droguett está aún encerrado en su individualidad; ella es amplia y rica y alcanza a abar­car el sentimiento, la emoción, el drama y la tragedia de las demás vidas; pero es aún su individualidad; nadie le pide que abdique de ella ya que ello sería pedirle que ab­dicara a ser artista y a dejar de ser a secas; pero ella po­drá ampliarse aún más, fortificarse, al revés de lo que creen o dicen los que han planteado mal el problema del individuo y de la colectividad, si se resuelve a relacionarla con su verdadero medio creador, a darle una razón de ser, una razón de actuar, una razón de crear que vaya más allá de la sola voluntad o necesidad de crear; eso es cues­tión de convencimiento intelectual, pero a ello se puede llegar y aún se debe llegar por el camino de lo emocional y del arte.

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En su libro Droguett ha reflejado todo un aspecto morboso del régimen; es una obligación imperiosa de él la que lleva al mismo destino a Corina, a Diego, a la fuerza armada a tanta distancia de tiempo y en circunstancias su­perficiales tan diversas; todos viven una vida que no es la suya, sienten con violencia el desacuerdo entre lo que qui­sieran ser y lo que son obligados a ser; unos tratan de li­berarse de esa pasión por el camino de la satisfacción del instinto; otros se justifican con una orden; todos protestan, pero su protesta es mínima y limitada. También es patente en la obra la insuficiencia de esa protesta y la monstruosidad de seguir bajando la cabeza para seguir siendo lo que son. Pero, en esa protesta personal y débil, subjetiva y emocional, se cierra el libro. Se cierra con el triunfo de la muerte. Allí radica la limitación del estado actual de Carlos Droguett.

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Carlos Droguett ha singularizado aún más su estilo; en el libro podemos notar diferentes muestras de él que indican, seguramente, los momentos diversos en que escri­bió; pero todos llevan el sello de su personalidad. Su frase es larga y en ella acumula los matices; a ratos, muchísimas veces, su reacción artística exasperada, de inconforme, rompe el fluir natural; las cosas y aún las partes del cuerpo humano adquieren vida y destino propios; Dro­guett los proyecta en papeles propios como si pudie­ran seguir existiendo, tales como son, fuera del sis­tema de relaciones para el que han sido creados y dentro del cual actúan; digamos un corazón que pudiera seguir siendo corazón y actuando como tal sin el resto del organismo o una cabeza que continuara siendo cabeza y actua­ra como tal, separada del cuerpo. No creo que haya en es­to ninguna intención ni influencia de esencias o de feno­menología; Droguett hace eso incluso con las personas; imagina lo que serían fuera del medio, pero como si si­guieran actuando tal como el medio las formó, pero sin que éste exista. Es más bien una manifestación de fantasía emocional; también Manuel Rojas, en "Hijo de Ladrón" ha creado páginas semejantes; pero Manuel Rojas lo hace en grandes planos organizados como el de las casas y las calles de Valparaíso, o las páginas que se refieren a la lesión pulmonar. Droguett se limita a los solos objetos, su fantasía es más inmediata y más directa.

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Carlos Droguett está en el principio de su carrera ar­tística. Ahora que muchos obstáculos que lo ahogaban han caído, por mucho dolor y trabajo que le haya costado derribarlos, su visión se ampliará indudablemente. Ha su­perado una valla y es lógico que desde lo alto de ella se contemple el panorama más amplio que cuando se estaba a su pie. Lo importante es superar vallas, pero no olvidar­las; lo importante es hacer de la experiencia personal una parte de la experiencia colectiva. La muerte es uno de tos signos del sistema actual, pero puede ser, no esquivada, pe­ro sí empujada a su campo natural; la miseria colectiva, la alienación de los hombres, la entrega al instinto, la male­volencia, todo el cuadro puede ser vencido. Una flora de la penumbra es vencida por la luz del sol; Carlos Droguett es uno de los más poderosos prosistas jóvenes de Chile; tiene todo lo necesario para ser uno de los primeros si no el primero entre nuestros novelistas de mañana. Está bien pertrechado y no sería leal ni con su vida, ni con su expe­riencia dolorosa, ni con los suyos, ni con sus personajes trágicos, si no utilizara todo lo que tiene para que mañana no haya Corinas, no haya órdenes de muerte, para que Diego no sucumba en una fría mañana de arrabal a mano ai­rada, para que Corina no deba casarse con David, para que no haya carabinas que maten a los estudiantes y para que no haya sesenta muertos en la escalera.


JUAN DE LUIGI

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