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SOBRE CUATRO POETAS SUICIDAS CHINOS Y LAS MÚLTIPLES DIMENSIONES DEL ACTO DE AUTOELIMINARSE [por Daniel Rojas Pachas]



Georges Bataille nos habla sobre la degradación de los ritos y la mutación que sufre el sentido de algunos actos que la humanidad emprende, en este caso la guerra y la banalización de la cortesía, arte y estrategia que dicha acción pudo contener en cierto momento, para terminar convertido en un simple despliegue de barbarie y linchamiento fratricida.
“Cabe pensar que la guerra, que no por ello fue menos cruel, obedeció al comienzo a unas preocupaciones semejantes a las que salen a la luz en la ejecución de los ritos. La evolución de las guerras en tiempos de la China feudal, anterior a nuestra era, es representada de esta manera: «La guerra de baronía comienza por un desafío. Unos valientes, enviados por su señor, van a suicidarse heroicamente ante el señor rival; o bien un carro de guerra corre a toda marcha a insultar las puertas de la ciudad enemiga. Luego viene la contienda entre carros, en la que los señores, antes de matarse entre sí, rivalizan en cortesía (…)».3 Los aspectos arcaicos de las guerras homéricas tienen un carácter universal. Se trataba de un verdadero juego, pero cuyos resultados eran tan graves que muy pronto el cálculo superó la observaciónde las reglas del juego. La historia de China lo precisa así: «(…) a medida queavanzamos, se pierden esas costumbres caballerescas. La que fuera antiguaguerra de caballería degenera en una lucha sin piedad, en un choque de masas en el que toda la población de una provincia es lanzada contra las poblaciones vecinas».
Qué pretendo al citar esta anécdota que Bataille nos relata en su texto“El Erotismo”,bueno, además de romper el hielo, persigo dar cuenta de cómo nuestro proceder, incluso el más eversivo, suicidarse por ejemplo, tiene implicancias culturales y una evolución en su significancia que escapa a los límites del reduccionismo que occidentalmente le podemos atribuir, destinando el afán de autoeliminación sólo a mentes enajenadas y desesperadas.
Wilfredo Carrizales en su prólogo al libro, Cuatro Poetas Suicidas Chinos (Cinosargo 2013) nos explica:
“La tradición del suicidio en China es única, pues el sistema de valores que orienta la vida del sujeto prioriza una clara definición de misión a la que cada persona está obligada a cumplir como adulto responsable. Esta virtud cardinal incluía la lealtad a la corte o a los superiores (zhong), piedad filial hacia los padres (xiao), rectitud (yi) y benevolencia (ren) hacia el pueblo en general. Cuando la vida está concebida como una serie de obligaciones para ser respetadas y cuando uno toma sobre sí mismo el rol del ejecutor de estas obligaciones, uno no puede pensar de sí mismo como poco menos que un misionero. El autosacrificio, por lo tanto, denota un positivo gesto que afirma la santidad de la existencia humana. Que estas virtudes son concretas, misiones obligatorias para ser cumplidas está implícito en el lenguaje que describe estos suicidios valorados. Las misiones obligatorias no sólo son para los hombres, sino que también involucran a las mujeres. Ellas morían por lealtad a sus esposos, por castidad y, en algunos casos, por defender la propiedad”.
Los cuatro poetas antologados, Gu Cheng, Hai Zi, Ge Mai y Lou Yi-He, enfrentan su compromiso vital y tensión ante las fuerzas que los rodean, relaciones políticas, familiares, religiosas y desde luego los quiebres con la tradición, propios de un medio conservador –proyectemos además nuestra mirada más allá de la atmósfera inmediata que nos rodea– hablamos de una china superpoblada en que los individuos se atomizan y diluyen sin tregua, por ende la agonía – entendida como lucha diaria- a la luz de sensibilidades profundas y genios tempranos, delicados seres, buscará indefectiblemente su cauce y reaccionará con violencia brutal ante la brutalidad de la realidad.
Algunos ejemplos:
Gu Cheng a la edad de tres años inventó su propio lenguaje, pero nadie le entendía. Él mismo expresó: “La oscura noche me dio estos ojos oscuros, pero yo los usaré para buscar la luz”.
Carrizales en sus notas nos indica: “Gu Cheng se transformó en uno de los más celebrados poetas contemporáneos de China. Algunos críticos ven en su suicidio un desesperado acto de un romántico e ‘ingenuo’ genio, quien había sido maltratado y abandonado por las mujeres que lo amaron; otros críticos consideran su desenlace fatal como un suceso de un inmaduro, auto obsesionado impostor que se había aprovechado de aquellos que lo rodearon. Gu Cheng siempre fue una figura excéntrica en la escena de la literatura contemporánea de China. Con su muerte parecía haber tomado ambos aspectos cuestionados: un niño inteligente y con idiosincrasia o un monstruo”.
Sobre el suicidio de Gu Cheng pesan dos miradas, que Carrizales denota dentro de su prólogo, la de la deshonra (el monstruo), y la de la víctima con la cual se tiene empatía, el infante terrible que no encaja en este mundo.
En cuanto a Hai Zi, tanto sus poemas como su temprana muerte, al haberse colocado sobre los rieles de un tren, guardan relación con la situación espiritual de los intelectuales y la sociedad china en la década del ochenta del siglo XX. En esa década nos relata Carrizales, toda la sociedad china se revitalizó y ciertas corrientes de pensamiento (idealismo, romanticismo, existencialismo) predominaron en el ámbito cultural. Dentro de la juventud, particularmente en el ámbito de los estudiantes universitarios, entre los lectores o hacedores de literatura, el pensamiento individualista permeó el ambiente e influyó por largo tiempo a aquella generación.
“Hai Zi, también conocido como el “EL VIGILANTE DEL TRIGAL”, “había nacido en una zona rural y estaba afectado por un sentimiento de apego a su cielo, su tierra y a su mundo natural. Un día debe trasladarse a la capital del país y el escenario cambió dramáticamente. Tal vez el joven poeta no encontró en la gran ciudad la condición adecuada para llevar a la práctica su espíritu. En sus poemas aparecen, con recurrencia, muchas palabras que nos indican un deseo de retornar a su terruño: cielo, tierra, aldea, trigo, campesina, hijo, viento, noche, luna, lago… Quizá su frustración primordial fue no poder ver el regreso de la cultura rural desplazada por la cultura urbana”.Su poesía dialoga muy bien con toda la corriente lárica chilena -o poesía del retorno- en la cual destacan Rolando Cárdenas y Jorge Teillier.
El tercero de los autores, Ge Mai fue un hombre culto y su cultura era un puñal que hería. Él afirmó: “La vida de una persona sólo se puede cortar tres veces. A la cuarta todo finaliza”. Encaja bien si se le califica de pesimista optimista. Al ver el aspecto más doloroso de las personas era como si tocara su propio cadáver. En una ocasión enfatizó: “Cuando me encuentro que no puedo continuar, que no puedo soportar más, cierro los ojos y eso equivale a vivir de nuevo”.
Por último, LuoYi-He ensayó con el lenguaje y lo renovó para convertirlo en vehículo de incitación y riesgo. Con el uso de expresiones fuertes y torcidas quiso acentuar un tipo de mezcla de tristeza y soledad, aflicción y rompimiento: una amalgama de significados y, al mismo tiempo, conservar la fuerza y la tensión del lenguaje poético.
Hay que destacar, que las cuatro voces compendiadas, ligados al círculo de “poetas oscuros” (Menglong shi) de finales de la década de 1970, son observados por su gesto de autoeliminación -por sus pares contemporáneos-como mitoso de plano demonizados, pues lo que distingue a un suicidio es su esperanza de construir algo más allá de la muerte. Crear un tipo de memoria, imagen o mantener un ideal. Carrizales al respecto agrega:
“Por esta razón, el suicidio conducido por un valor con frecuencia requiere una audiencia póstuma, personas que recordarán el ideal construido a través de la muerte. ¿Es factible que un suicidio repose un intento de exorcismo? El poeta, novelista y dramaturgo Han Dong (nacido en Nanjing en 1961) afirma, con un toque de cinismo, que el suicidio del poeta Hai Zi en 1989 se debió a que no pudo distinguir la poesía de la vida ordinaria y que los que actúan de esa manera buscan siempre acciones extraordinarias. Ellos beben, luchan, bromean acerca de las mujeres, se dejan llevar, cultivan excentricidades…para probar que son poetas. Al final trascienden lo mundano y solamente muertos piensan probarlo”.
Todas estas ideas fuera de la consciencia del suicida, conducen al destinatario póstumo a fabricar sendos simulacros, castillos de naipes yun bestiario repleto de malditos ilustres. Casos de hipersensibilidades quehan legado a la historia del arte, el rock, la poesía y la pintura bellos cadáveres suman legiones en las marquesinas del morbo. La última palabra sobre la prevalencia del arte por encima de la biografía queda del lado de la cancha del lector, sólo quiero cerrar esta reseña con un fragmento de otro suicida ilustre que me parece pertinente, pues Literatura+Enfermedad=Enfermedad.
“Cuando me tomaba un descanso buscaba la compañía de otros policías. Conocí a uno, muy viejo y enflaquecido por la edad y por el trabajo, que a su vez había conocido a mi tía y que le gustaba hablar de ella. Nadie entendía a Josefina, decía, pero todos la querían o fingían quererla y ella era feliz así o fingía serlo. Esas palabras, como muchas otras que pronunciaba el viejo policía, me sonaban a chino. Nunca he entendido la música, un arte que nosotros no practicamos o que practicamos muy de vez en cuando. En realidad, no practicamos y por lo tanto no entendemos casi ningún arte. A veces surge una rata que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y le da por recitarlos. Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al contrario, los compadecemos, pues sabemos que sus vidas están abocadas a la soledad. ¿Por qué a la soledad? Pues porque en nuestro pueblo el arte y la contemplación de la obra de arte es un ejercicio que no podemos practicar, por lo que las excepciones, los diferentes, escasean, y si, por ejemplo, surge un poeta o un vulgar declamador, lo más probable es que el próximo poeta o declamador no nazca hasta la generación siguiente, por lo que el poeta se ve privado acaso del único que podría apreciar su esfuerzo. Esto no quiere decir que nuestra gente no se detenga en su ajetreo cotidiano y lo escuche e incluso lo aplauda o eleve una moción para que al declamador se le permita vivir sin trabajar. Al contrario, hacemos todo lo que está en nuestras manos, que no es mucho, para procurarle al diferente un simulacro de comprensión y de afecto, pues sabemos que es, básicamente, un ser necesitado de afecto. Aunque a la larga, como un castillo de naipes, todos los simulacros se derrumban. Vivimos en colectividad y la colectividad sólo necesita el trabajo diario, la ocupación constante de cada uno de sus miembros en un fin que escapa a los afanes individuales y que, sin embargo, es lo único que garantiza nuestro existir en tanto que individuos. De todos los artistas que hemos tenido o al menos de aquellos que aún permanecen como esqueléticos signos de interrogación en nuestra memoria, la más grande, sin duda, fue mi tía Josefina. Grande en la medida en que lo que nos exigía era mucho, grande, inconmensurable en la medida en que la gente de mi pueblo accedió o fingió que accedía a sus caprichos”.



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