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Aproximaciones a Random, novela de Daniel Rojas Pachas [Dr. Jorge Lagos Caamaño]


Random nos presenta un desafío artístico estructural para su lectura y que yo quiero asumir en el mediano plazo, para una próxima presentación y análisis en el Congreso de la Sociedad Chilena de Estudios Literarios (SOCHEL) en el presente año.
Estructuralmente, y sólo enuncio los rasgos que he observado en una primera lectura, el texto de Daniel Rojas se nos presenta fragmentario, intertextualmente dialógico, irónico y alegórico.
A través de estos elementos estructurantes nos presenta una serie de historias inconclusas, registradas en una dispersa memoria que reconstruye la infancia y el desarrollo del personaje con inserciones de otras vidas inmersas en ámbitos sórdidos y siniestros de violencia y crímenes gavillados por la política, el erotismo y la pornografía.
El diálogo con el género noir, el cine gore (sangre, violencia, asesinatos), con video-juegos, el caber-punk y el cine actual permiten la extensión de la heterogeneidad narrativa posmoderna, rompiendo con el canon del género “novela” y exige a la “enciclopedia” del lector tradicional un “diccionario básico” en sus realizaciones de reglas de correferencia, selecciones contextuales y circunstanciales y la ubicuidad en la hipercodificación retórica y estilística, además de confrontar su propio mundo de referencia con una nueva matriz de mundo la cual pide, esta vez, familiaridad con géneros musicales, jerga tecnológica de otras lenguas o mezcla de ellas, abreviaturas y la conformación de otra estructura de mundos que contiene otras macroposiciones de fábula.
El ejercicio de la memoria del personaje efectivamente se desarrolla comoRandom, cuya función como equipo de sonido es “buscar dentro de”, como buscar dentro de un kardex, lo cual produce una sensación laberíntica mediante un “track list”, un listado de música, canciones, etcétera; en nuestra novela, historias inspiradas en el mecanismo de un CD digitalizado recorrido por un haz de láser.
De esta manera, se manifiesta la concepción posmoderna de la realidad: fragmentaria, azarosa, desafiante, incierta.
Una de sus síntesis vitales al respecto se puede observar en las páginas 131-132 de la novela:
“No somos mejores que ellos, somos la misma mierda, todos maraquean y dan el jugo”, alcanza a añadir en su último balbuceo, mientras México anota un gol para su molestia. Luego empieza a conjugar el verbo maraquear en todos sus tiempos. En algo cambia mi percepción acerca de su persona: no es que lo respete, de hecho me resulta grotesco, pero al menos reconozco que está consciente de su rol dentro de este absurdo que es el mundillo de los escritores. Me jode la superioridad moral de otros y la nobleza monacal que le imprimen al acto, cuando la literatura es un balde de mierda. La escritura es otro cuento, pero el mundo de los literatos es un pozo séptico y todos nos limpiamos el culo y nos masturbamos en esa fosa común, peleando por un centímetro más, por la holgura. ¿Qué diferencia hace escribir unos versos o prosas y citar a Blanchot, a Lezama, a Derrida a Guamán Poma, a De Rokha, a Martín Adán o a Perec? Eso no nos hace ángeles sin genitales o muñecas Mattel. ¿Qué más da ser entrevistado por Guattari, tachar el nombre y escribir poemitas en latín en el aire o salir en una foto junto a Octavio Paz? A todos nos atrapa el cáncer o la falta de tiempo para un poema o relato más y a todos nos gusta el baile y la joda, lo único que cambiamos son los escenarios, las tonadas y la compañía. La realidad no es un juego de ajedrez, como decía Borges, a lo sumo un cochino tablero de ludo comprado en el almacén de la esquina. Creo que eso ya lo dijeron, qué más da, bullshit…
Y el final, sutilmente abrupto, nos recuerda que toda novela “opera tal como funciona la memoria” del protagonista, que nos habla a través de los recuerdos de una niñez desarraigada, signada por la falta de un padre y la presencia de una madre sobreprotectora, además de una enfermedad respiratoria (asma) que lo aísla de otros niños.
Leo la página final, que después de leída, creí que había más, y aparecieron a continuación dos páginas en blanco, numeradas, que quiero seguir leyendo… pero ya no hay más escritura
Cuántas veces puedes escribir la misma historia y recorrer un mismo camino memorizando el orden de esas luces que anticipan ciudades naciendo detrás de una montaña, inundan la oscuridad como un gran paño artificial hecho de destellos y, en esos puntos diminutos, cuántas vidas se están repitiendo y cuántas se deciden… El mismo texto para distintos lectores… A veces trato de imaginarlos pero me supera y pongo atención en uno solo, lo imagino, me proyecto y creo que alguien en ese cuarto me está pensando, un niño con asma, quizá él pone pausa a su partida de Final Fantasy para mirar desde la ventana y decir “tranquilo, todo estará bien”. Trato de creerle pero estoy muy lejos, probablemente demasiado, al punto de ser desconocidos, irreconciliables, como en ese sueño en que peleaba con la versión adolescente de mi padre. De seguro lo decepcionaría, pues él a mí me parece un cobarde por autocompadecerse. Quizá algún día, luego de todos estos viajes, hagamos la paces y él escriba esta historia con otros colores y yo no tenga reparos en interpretarla y continuar escribiendo y…
Leyendo esta rítmica novela que conquistó mi propia pulsación a pesar de su estructura no lineal, aparecieron en mi memoria en muchos momentos la historia de Giambiattista Yambo Bodoni, de La misteriosa llama de la Reina Loana, de Umberto Eco, y a Flannery y el Lector de Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, historias en las que sus títulos también poseen un sentido susceptible de interpretaciones.
Si a mí me preguntan si Random es una novela digna de ser leída, diría inequívocamente: sí.
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