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Presentación de Tremor (Liga de la Justicia Ediciones 2013) en la FILSA


El tremor de la novela


El Tremor, ese movimiento espasmódico que es comunicado a través del cuerpo sin un remitente ni un destinatario, digamos, ese impulso que va en contra de la comunicación, que corta su transitividad, es tomado por Daniel Rojas Pachas para volver a experimentar el fracaso de los géneros convencionales de construcción literaria, en este caso de la novela. Como ya lo había hecho con Gramma y Soma, Rojas Pachas sostiene la corrosiva premisa de que el evento literario es la exposición frustrada de una expresión. Esto, ya que en Tremor, aunque la silueta textual simule el discurso novelesco, se presentan una serie de textos aparentemente inconexos y disímiles que debiesen corresponder, en una pericia criminalística, a las huellas de un asesinato, específicamente, un crimen pasional. Comparecer, quizás, a las pericias lectoras que logren conducir las tensiones sexuales, sociales y escriturales de un grupo de personajes arrojados a esa barbarie que se supone en los márgenes geográficos de un país. Y si ya Rojas Pachas ha desarrollado una persistente labor relativa a la difusión literaria en el extremo norte de Chile, la escrituración de tal decurso acaba traduciendo el eco que el desértico paisaje devuelve en silencio: todo asomo de grandilocuencia y majestuosidad que pareciera caberle aún a la literatura.

Como otros relatos o ejercicios en los que el montaje es central, Tremor anula las posibilidades de decir que pareciese tener la novela, al recolectar, como el río, una serie de imágenes, retazos, signos y anécdotas sucias. Significativo, en este punto, el hecho de que personajes femeninos y masculinos, es decir, voces sin cuerpo, acaben corporalizando el discurso sin distinción más que el deseo de arruinarse. La completitud de las acciones, entonces, se transforma en un polo evitado decididamente en el texto, desplazando la contención, la pulcritud y el recato al exceso total de cada acontecimiento, al girar todas las partículas como moscas que orbitan la podredumbre física.

Walter Benjamin hace ya un tiempo observaba la importancia que tiene el texto al pie del arte, en este caso, de las fotografías, como podría entenderse también la escritura de Salvador Elizondo en Farabeuf :

En este momento tiene que intervenir el pie que acompaña a la imagen, leyenda que incorpora la fotografía a la literaturización de todas las condiciones vitales y sin la que cualquier construcción fotográfica  se quedaría necesariamente en una mera aproximación (…) pero ¿no es cada rincón de nuestras ciudades un lugar del crimen, no es un criminal cada uno de sus transeúntes? ¿No es la obligación del fotógrafo, descendiente del augur y del arúspice, descubrir en sus imágenes la culpa y señalar al culpable. «No el que ignore la escritura, sino el que ignore la fotografía», se ha dicho, «será el analfabeto del futuro».

El crimen, la literatura y la fotografía cristalizadas en un modo de representación, entonces, ¿no estarían buscando también representar la realidad? Y si así fuese, ¿de qué realidad podemos hablar en este texto mudo que nos presenta Tremor? En términos históricos, quizás, sería una acumulación de monumentos literarios y artísticos que impide una salida al reflejo de la compleja estructura de diálogos que configurarían lo real. Me explico. Rimando con la experiencia que atisbara Georg Lukács durante el siglo pasado, el fenómeno literario da cuenta, específicamente en Tremor, de la terrible carencia de vínculos entre estratos y niveles, sean estos tanto sociales como expresivos. Además de la suma de legajos que imposibilitan la síntesis del sentido, la trama y el despliegue de los personajes y las acciones acaban exponiendo las múltiples fracturas entre los sujetos, los mundos y los signos que debiesen gobernar en un orden conceptual. Como ocurría con los enrevesados criptogramas, la experiencia del mundo y la realidad son acumulados sin ton ni son en la memoria de los sujetos, incapaces de alcanzar un detalle que siquiera simbolice, alegorice o refiera a un más allá. Incluso la posposición crítica de una literatura arrojada al desplazamiento representa su abismo, su límite: aquel en que ni siquiera la ambigüedad es posible. De un modo similar a las osamentas irreconocibles que se mezclan con las arenas del tiempo en el desierto, los textos de Tremor indican irónicamente a la ciencia y a la policía, aquellas disciplinas que se simulan análogas para permitir una primera instancia lectora, esta es, cuestionar el estatuto de lo literario en el texto. Y es que otear los extramuros de la palabra, de la opinión común y el sentido convencional de las producciones artísticas ofrecen nos devuelve a una realidad en la que todo excurso es criminal o criminalizado, siendo ese afuera de la crítica la forma en que la policía –oxímoron de la poesía- intenta corregir, regir, comandar la nave del mercado en su suave mecerse sobre las aguas del lenguaje. Digamos entonces que la realidad de Tremor no dista mucho de un estado policíaco, en el que la lengua, los signos y la literatura son prófugos, aún sin un precio sobre su cabeza. 

Juan Manuel Silva Barandica











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