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Los nortes que hay en el norte: problematización identitaria en algunos poetas nortinos por Fernando Navarro Geisse



Los nortes que hay en el norte: problematización identitaria en algunos poetas nortinos
Por Fernando Navarro Geisse




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No son pocos quienes han sugerido que frente al sur de Chile, el norte no ha alcanzado nunca a constituir lo que podríamos llamar una identidad poética realmente definida, todo a causa de la falta de voces capaces de dar fuerza lírico-mimética a los procesos de configuración identitaria que algunos creen es función del trabajo escritural propio de cierta poesía.  Pareciera haber en ello cierta maledicencia, o bien ignorancia frente a los denodados esfuerzos de poetas, escritores e intelectuales provincianos de este lado del mundo. Porque los hay: existe una serie de textos literarios, recopilatorios, taxonómicos e interpretativos que han realizado valiosos logros en esa dirección. Aunque hay que aceptar también, que frente a la torrencialidad del habitar poético del Sur, el Norte –a primera vista- parece el hermano pobre. Es necesario señalar, en todo caso, que todos estos tipos de comentarios obedecen en un primer lugar a la incesante necesidad de llenar determinados vacíos que los proyectos de configuración de una identidad nacional han llamado a subsanar desde la fundación de la república poética de nuestro país. Modos de mirarse el ombligo, o bien de reconocerse, de mostrarse, de decir: henos aquí, estos somos, esto es lo que tenemos que decir de nosotros mismos. A la poesía del norte, entonces, se le estaría atribuyendo una deuda en este sentido.
II
¿Qué hace que Chile sea Chile? Nuestro amor por el feísmo al decir de algunos siúticos recalcitrantes, nuestro acercamiento a lo telúrico al decir de los mesiánicos, procesos de mestizaje mal asumidos, de acuerdo a ciertas corrientes etnográficas. Para otros la hegemonía de las clases dominantes jamás ha sido capaz de moldear la fuerza de las clases populares que serían –dentro de su silvestría y resistencia- las verdaderas portadoras de nuestra idiosincrasia. Para otros, las canalladas de un reducido grupo de perversos, siempre han logrado socavar la fuerza natural y multitudinaria del pueblo, conduciéndolos como borregos a mutaciones que de una u otra forma, impenitentemente han terminado doblegándose a los cambios propuestos por los poderes económicos. De todo eso hay en los poetas que comentaré en estas líneas, aunque debo aclarar que  no tengo una respuesta para la pregunta que encabeza este apartado. Tampoco para otra, pertinente, me parece en esta ocasión: ¿cuántos Chiles hay en Chile?
III
El esfuerzo antropológico de deslinde de nuestra geografía y nuestros rasgos culturales en zonas específicas parece estar lejos de una versión definitiva. Y la existencia de algunos modelos propuestos, forma parte más bien estratagemas propias de sistemas que buscan ser operativos ante la verdad más evidente para aquel que quiere ver: no hay verdades inamovibles. Yo soy de aquellos que le creen a Nietzsche cuando dice que el único mundo real es el mundo de las apariencias. No puede ser de otra forma, ya que  en este universo expansivo, ondulante, de movimiento perpetuo, toda forma de fijación se acerca al anquilosamiento, a la eterna lucha por atrapar la luz. Es totalmente necesario, sin embargo, hacer la fotografía del momento, sabiendo que los sujetos retratados quedarán intactos en registros –a estas alturas- analógicos o digitales, pero que fuera de ellos su evolución, su metamorfosis, el deterioro y el final encuentro con la muerte, es inevitable. Todo intento en la dirección contraria es cosa sisífica, con todo el absurdo heroísmo que esto conlleva. Todo pasa, entonces, por nuestros sentidos, nuestros puntos de vistas personales, la precariedad de nuestra especie que mira su entorno y se observa a sí misma desde sus paupérrimas posibilidades. Es lo que hay, para decirlo con todas sus letras. Pero con lo que hay es que hay que trabajar.  A mí –en todo caso- las propuestas que más me agradan, son aquellas que, conscientes de estas limitaciones, ya han dejado de pontificar respecto a lo que podríamos llamar nuestra identidad, asumiendo el problema como tal, sin dar respuestas definitivas.
IV
Es necesario entonces volver a señalar que los poetas nortinos sí han hecho y continúan haciendo proposiciones en las que se ha buscado una configuración de la identidad poética de la zona. Referencia obligada son Mario Bahamondes y Andrés Sabella, dos escritores que durante el siglo pasado emprendieron la búsqueda. Ambos, mediante antologías, textos críticos, y sus propias obras literarias, llegaron a perfilar un carácter de la poesía del Norte Chileno[1]. Últimamente, Juvenal Araya[2] y Ana Patricia Moya [3], han intentado dar luces al respecto, con sendas antologías que revelan voces poéticas recientes de esta zona, aunque no necesariamente seleccionadas con el criterio que encausa estas líneas. Y por supuesto, Arturo Volantines, quien ha realizado al menos ya dos antologías que –de acuerdo a sus propias propuestas metodológicas- se acercan más a un arqueo que a una verdadera definición de los rasgos constitutivos propias de la idiosincrasia poética del Norte Verde [4].  Aún así, muchos de los poetas antologados en los libros de estos autores, revelan rasgos propios de lo que podríamos llamar una identidad nortina propiamente tal. Como sea, insistamos en que la contundencia de la producción de los poetas del norte, todavía parece algo escuálida frente a la cornucopia poética austral. ¿Razones? Podrían haberlas políticas: gran parte de esta zona del país fue anexada con posterioridad a la república. También geográficas: la densidad poblacional del norte es mucho menor a la del sur. Paisajísticas: frente a la  espesura de la vegetación sureña, a su arrebatador desasosiego climático, a su bullente germinación de especies; el desierto llama más bien a la quietud, a la desolación, a la distancia, al silencio.
V
¿Cuántos nortes hay en el norte?  Tomando en consideración todo lo propuesto, incluyendo aquello de la operatividad de este tipo de proposiciones, más que un acercamiento a esa terrible ficción que es la realidad objetiva, yo me atrevo con la siguiente foto: Hay al menos cuatro nortes.
Uno: el llamado Norte Verde, que reuniría los valles transversales y –por supuesto- su salida al mar. A saber; Choapa, Limarí, Elqui y el Huasco. 
Dos: Copiapó, o mejor Atacama, como un lugar cuyos intentos separatistas, de independencia respecto del resto del país siguen vigentes y lo convierten en un  cronotopos con características propias y distintivas.
Tres: El llamado Norte Grande, que llegaría hasta Arica.
Cuatro: La zona limítrofe. Esto es, Arica y sus alrededores, cuya posición fronteriza, de pronto hiperboliza esta necesidad de encontrar una identidad propia, contrastiva o aglutinante, la que –a causa de esta misma ubicación geográfica cultural- se conflictúa.
VI
No me alcanza la erudición para dar cuenta cabal de los escritores que han hecho de la poesía la voz del norte. Muchos de ellos nunca han sido del todo visibles. Aunque sí los hay. Dentro de la primera zona mencionada, la figura matriarcal de Gabriela Mistral sienta un precedente importante y –seguramente- por mucho tiempo dará forma mimético-lírica al Valle de Elqui, con poemas que seguirán siendo los guardianes de la memoria y representantes de la configuración geográfica, paisajística y cultural de esa parte de Chile. Lo mismo podría decirse de Mario Bahamondes y de Andrés Sabella, quienes hicieron lo suyo en relación con lo que llamamos el Norte Grande, sobre todo el norte salitrero, el norte del desierto y de sus extensas pampas lunares. Creo que Arturo Volantines se encuentra cumpliendo esa labor respecto de Atacama. Respecto a la zona fronteriza, la zona del encuentro/desencuentro con el Perú, destaco tres nombres importantes: Daniel Rojas Pachas, Markos Quisbert y Rolando Martínez, cuyos nombres ya empiezan a hacer ruido.
Pero sea, la tarea que me propongo toma la ruta opuesta, esto es, la de visibilizar lo invisible. Debo decir, sin embargo, que no soy un experto, tampoco he investigado el tema exhaustivamente, pero sí he visto una serie de casos que –me parece- pueden ser aportes significativos al momento de hacer la radiografía del momento, sobre todo rescatando aquellos gestos que problematizan el tema de la identidad desde una perspectiva escéptica, cuestionadora, aunque crudamente honesta al momento de dar cuenta de su confusión.
VII
Pedro Álvarez, quien renegando furiosamente de su condición de poeta, fue integrado por el profesor Leonidas Lamm a su elusiva “Antología poética de jóvenes del Valle de Elqui[5], es para mi gusto, uno de los representantes más fidedignos de esta promoción de escritores que evidencian una crisis identitaria. Ya en “Requiem para un pueblo sin nombre” (2004) [6], había problematizado el tema, abordando el etnocidio de la llamada cultura diaguita, visibilizando la precariedad de la idiosincrasia mestiza/indígena de estos valles transversales, denunciando las tremendas carencias que a su juicio deja entrever el vacío dejado por los pueblos aborígenes. Más allá de eso, su poética plasma la vergüenza de ficcionalizar a partir de esos “forados culturales”: “Hoy se les dice a los turistas / que los diaguitas habitaban el lugar haciendo magníficos cacharros y telares / y eso mismo es lo que enseñan en las escuelas / y lo que preguntan en las pruebas para entrar a la Universidad.  / Pero están muy equivocados, porque ese pueblo ya no tiene nombre / quizás nunca la tuvo / No nos hagamos, entonces: / De ese pueblo ya no queda nada / quizás fósiles amarillos / costras / convertidas en polvo” “El lugar está lleno de ánimas en pena/ susurrando en un idioma muerto sus canciones muertas / y yo no puedo hablar por su boca /  tal vez nadie pueda hablar por sus bocas muertas.”

La reciente “resurrección poética” de Álvarez, creo, nos lleva a lo mejor de su producción. “19.253” (2009) [7] reúne parte de sus trabajos poéticos audiovisuales, bajo un título que, aludiendo a la Ley de Protección, Fomento y Desarrollo Indígena que el año 2004 incluyó al llamado Pueblo Diaguitas, muestra una secuencia de fotogramas intervenidos con distintas técnicas, para entregarnos escenas que revelan el lado oscuro de la idiosincracia de los valles del Norte Verde. Travestis, borrachos, planos detalles a las uñas y arrugas de arrieros, campesinos enfermos, niños orinando sobre petroglifos, acercamientos al tejido adiposo de turistas extranjeros y otras secuencias similares revelan con escozor y cruento realismo la parte menos visible de esta zona. Extractos de la citada ley, el balido de caprinos agonizantes, conversaciones entre prostitutas de bares campesinos, los balbuceos de un muchacho oligofrénico habitante de una recóndita majada cordillerana, son parte de la banda sonora de este fotomontaje poético. Su propuesta, dirigida principalmente a conflictuar nuestra búsqueda identitaria, ha agregado recientemente “Cementerio indígena” (2010)[8], un documento audiovisual sobre la ilícita eliminación de restos arqueológicos por parte de empresas constructoras, que tiene de fondo conversaciones de obreros y patrones, quienes demuestran su total ignorancia respecto a los pueblos aborígenes de la zona y que entre bromas y risas, revelan su total desidia al respecto, mientras exhuman sus cadáveres fosilizados. En el centro de la poética de Álvarez, se encuentra la búsqueda de nuevos formatos de dicción, que se mantienen fieles a su propuesta inicial de expandir los límites del poema, aunque sin mitigar en nada su concepción sobre “lo mal que huele el cadáver de la poesía”.
VIII
Lorenzo Alcayaga (1986) es un poeta copiapino, que actualmente estudia sociología en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Dos de sus libros han problematizado el tema de la identidad de la zona de Atacama. El primero “La diversa luz de los paisajes” (2006)[9], se focaliza en el sitio de Copiapó durante la Revolución Constituyente de 1859, en la cual caudillos nortinos se levantaron contra el gobierno centralista de Manuel Montt y encabezaron una revuelta que pretendía la independencia y separación política de esa parte de Chile. Mediante una polifonía que asume las voces de obreros, artesanos, mineros, militares, mujeres, ypersonajes históricos como Pedro León Gallo, Pedro Pablo Muñoz, Antonio Varas y Francisco de Bilbao, Alcayaga revisa los hechos históricos de esa gesta, mediante monólogos de cierta parsimonia anticuada que vuelven algo ampuloso el texto. Este libro, sin mayores méritos literarios, es la base de un segundo conjunto mucho más interesante: “El hule y los zombis” (2009) [10]. En él se  retoma el tema, esta vez desde la perspectiva de un “director editor productor guionista” que planea mentalmente una película sobre los hechos de Revolución Constituyente mientras se despierta de la siesta. Este hecho da pie para la sardónica y desencantada visión del poeta, quien hace guiños a la actualidad, revelando la vigencia de estos afanes separatistas, aunque desde una perspectiva irónica y descreída. Con influencias del cine y la cultura popular, el texto toma la forma de un guión que muestra a Pedro León Gallo convertido en un “zombi carcomido / por gusanos de hambre incesante”, quien enfundado en la “bandera azul / con la estrella amarilla / manchada de cadaverina”, (esto es, la bandera de los zuavos de chañarcillo, emblema de la revuelta) avanza por la plaza de Copiapó “sobre un caballo derrengado y tuerto / gritando a toda voz un levantamiento / que apenas sí hace ondas tibias / en el detritus y el bostezo / de los jubilados que alimentan palomas / las gordas que hablan de farándula / y los temporeros que toman cerveza / con la piel bañada en pesticidas”. Esta “chacralización / de La Diversa Luz de los Paisajes / que se pierde en pupilas hueras / de los atacameños más muertos que los mismos / podridos hijos cojos / de George Andrew Romero” termina en la “triste batalla que nunca dimos / porque las cosas están como están / y no nos importa que las chozas y mediaguas / se lluevan de plomo y se manchen de mierda / porque queremos recibir el sueldo / y ver la tele o fumar pasta”.
IX
Antofagasta e Iquique parecen ser los centros urbanos a partir de los cuales se han articulado la mayor parte de proyecciones sobre la identidad poética del llamado Norte Grande. Los artículos académicos y periodísticos, las antologías y poemarios, que han abordado el tema, han estructurado sus plataformas y medios de difusión desde esas ciudades. Ya se habló anteriormente de varios intentos en este sentido. En este apartado me interesa más que nada hacer mención de Miguel Tamblay (1977), quien desde Antofagasta ha gestado una obra que inequívocamente se identifica con el Norte Grande. Nacido en Potrerillos, tres  de sus libros retratan el ethos nortino, identificándose eclécticamente con etnias indígenas, las culturas populares y la urbe de esa parte de Chile. Su primer libro “Ayllu” (1999) [11], utiliza aliteraciones y juegos lingüísticos para retratar el acercamiento a los pueblos aborígenes del altiplano. La dedicatoria de este libro presenta desde el inicio rasgos contrastivos con la etnoliteratura sureña: “Al poeta de las antípodas, Elicura”. Su visión fantasmal de estas etnias, que podemos identificar sobre todo con los colla y los atacameños, pasa por una denuncia de la negación de estos grupos humanos “Ahí en los Ayllus / Ay / lloro / Ay / Ya no amo / Ay / ya no llamo // Ahí en los Ayllus / llampos  / llenos de yerma / yesca / Ay / Ahí en los Ayllus / hollado / el llanto / no halla / la llama / Ay / la llave / Ay / la llave / no llega // Ay / Ahí en los ayllus / las yagas / Ay / las yagas // Ay / Ahí en los Ayllus / no hay yesca / Ay / no hay llamas / Ay / los Ayllus / están llanos / Ay / son llampo / Ay / Ahí en los Ayllus / se halla / el hierro / el yerro / de las hienas”. Su segundo libro “Nortandad” (2003)[12] también muestra una visión fantasmal del norte, que intenta abarcar distintos paisajes de la zona, centrándose sobre todo en las salitreras y las pampas del desierto, haciendo hablar a poetas y trabajadores muertos, víctimas de violencia social tanto en el pasado, como en el presente. “La materia de la que está hecha / mi sangre / es la misma materia / del fino polvo / elevándose: / pero yo no me moveré de acá / seré un fósil / una momia / en la desolada vastedad / del desierto / y la injusticia // ¿Cómo saldré de aquí? /  Ya no me importa / Cómo llegué a esto / es lo importante: Me iré / cuando se apague el infierno / de mi rencor: o sea nunca / o sea nunca”. Su último trabajo publicado el 2007, bajo el título “Calato” [13] (voz popular nortina para desnudo), da muestras de una voz algo más afirmativa, whitmaniana digamos, centrada en la hermosura de los paisajes del norte, sobre todo en la visión de cielos nocturnos en los que utiliza un lenguaje pletórico y arrebatado: “en el norte ¿quién lo ve? / ¿por qué nadie lo ve? / aspas, flamencos, enjambres / estamos todos ahí / somos la bestia sedienta / abierta en un tajo que chorrea mundos / estamos todos ahí / en las estrellas // en el norte ¿quién lo ve? / ¿por qué nadie lo ve? / espuma, estelas / machos, hembras / estamos todos ahí / en las estrellas”. Se puede observar, no obstante, que este vitalismo y afirmatividad, no se hayan exentos de molestias sobre el desinterés e ignorancia sobre la presencia del norte y su gente en la configuración identitaria de nuestro país.
X
Jhony Paxi Ramirez (1982), es un poeta ariqueño, hijo de padre peruano y madre chilena, quien se encuentra realizando una obra poética basada en su condición de “hijo de la frontera”. Su primer libro Graffiti (2003)[14], reúne una serie de fotografías de mensajes escritos en distintos lugares de Arica y Tacna, que revelan la animadversión y diferencias entre los habitantes de ambas ciudades. A partir de la intervención de voces anónimas en espacios sociales como baños, callejones y paredes, Paxi Ramirez, parafrasea, transforma y juega con tales textos, mostrando “la violencia y el mierdal / de nuestros corazones”. El racismo, el odio político y las diferencias culturales, se muestran con crudeza mediante textos que algunas veces casi se limitan a transcribir los escritos capturados en las fotografías “chileno / peruano / chil / eno / peru / ano / chúpalo suave / con ritmo que duele / Jesús viene /  y nos pilla cagando / e /n / d / e / r / e / z / a / e / l / c / o / g / o / t / e / conchetumare! / hijos nuestros / todos en Arica / la negra Elsa / abrió las piernas / en este baño / el Chico Pedro también / muerte a los cholos / mueran los rotos / Boloñesi y Ugarte se gastaban parejo / y las madres chilenas / tienen hijos del Perú”. La desarticulación de los poemas pasan entonces por “esa línea que nos lleva / esa raya que nos separa / esa mancha que nos junta / porque somos / las mismas moscas / haciendo arcadas / a la misma mierda”. Igualmente crudo y desesperanzado es su segundo libro “Habla, Rolo” (2005) [15]. De rasgos más autobiográficos, el poemario se complementa con material visual del viaje de ida y vuelta entre Arica y Tacna, que realizó junto a un amigo de la niñez. Basado en expresiones coloquiales del español chileno y el español peruano, Paxi Ramirez utiliza un hablante lírico que contrabandea droga entre ambos países: “Qué paja, hermano / cómo las huevas / pasamos Chacalluta / vendrá Santa Rosa / Es la Tierra de Nadie / Mi única tierra / peruano chileno/ chileno peruano: / siempre estoy lejos / cuando estoy cerca / nunca llego cuando llego”. Creo que el caso excepcional de Paxi Ramirez, a pesar de cierta torpeza en su dicción poética, es un referente ineludible al momento de registrar la situación fronteriza de nuestro país y una oportunidad inigualable al momento de analizar la conflictiva relación que se produce entre dos ciudades y dos idiosincrasias, abriendo de paso, la posibilidad de encontrar otros valiosos registros poéticos de naturaleza próxima a la suya, desde la perspectiva de los estudios culturales que se preocupan de migraciones e hibridaciones culturales.
XI
¿Qué hace que Chile sea Chile? ¿Cuántos Chiles hay en Chile? ¿Cuántos nortes hay en el norte? ¿Cuántos poetas hay en un poeta? Las respuestas cambian, las preguntas permanecen; más que afirmaciones, prevalece el deseo insatisfecho de ser.  Las configuraciones identitarias pasan más bien por la necesidad humana y de toda vida, de establecer relaciones mitopoyéticas con el entorno, mediante estrategias que incluyen tanto conductas sociales y cognitivas, como biológicas. Es una extrapolación excesiva, lo sé, pero creo que puede servir de algo. Para mí, casi todos nuestros proyectos identitarios deben atenderse desde una perspectiva casi etológica por un lado –la conducta animal/territorial propia de la especie humana- y por los elusivos y etéreos recursos de nuestras construcciones epistemológicas. En ese sentido, siempre me inclino a pensar que toda realidad es una cosa demasiado cercana a la ficción y al mismo material del que están hechos los sueños, aunque a pesar de aquello sigue siendo determinante para nuestra subsistencia fisiológica. Eso incluye nuestras más arraigadas creencias sobre quiénes somos y cómo nos ven los demás. Es lo que hay, repito; pero con lo que hay, hay que trabajar. Y creo que Álvarez, Alcayaga, Tamblay y Paxi Ramírez lo intuyen y lo saben.


Notas
[1] Cfs. por ejemplo Mario Bahamonde (Selección y prólogo): Antología de la poesía Nortina. Departamento de Extensión Universitaria de la Universidad de Chile de Antofagasta, 1966.
[2]  Juvenal  J. Ayala (Selección y prólogo): Antología poética del norte (de la I a la IV región) Poetas de los 80. Ediciones Campus Universidad Arturo Prat, Iquique 1998.
[3] Ana Patricia Moya Rodríguez (Selección y prólogo): Un poema siempre será nada más que un poema. Antología de jóvenes poetas del norte chileno. Cinosargo Ediciones / Revista Groenlandia, 2010.
[4] Arturo Volantines es compilador y prologuista de dos valiosos libros relacionados con el tema: Antología de la poesía del Valle de Elqui : años 80 y 90, promoción del café Tito's : memoria y testimonios Eds. Universitarias Universidad Católica del Norte, 2002.  Y también El burro del diablo: arqueo de la poesía contemporánea de la Región de Coquimbo. Universidad Católica del Norte, 2008.
[5] Leonidas Lamm (Selección y prólogo): Los hijos suicidas de Gabriela Mistral. Antología poética de escritores jóvenes del Valle de Elqui. Ediciones Inubicalistas, 2010.
[6] Pedro Álvarez: Requiem para un pueblo sin nombre. Ediciones Amipun, 2004.
[7] Pedro Álvarez: 19.253. (Video digital). Producciones Snell, 2009.
[8] Pedro Álvarez: Cementerio indígena. (Video digital) Producciones Chacra, 2010.
[9] Lorenzo Alcayaga: La diversa luz de los paisajes. Ediciones Martín Rivas, Copiapó, 2006.
[10] Lorenzo Alcayaga: El hule y los zombies. Tongo Ediciones, Santiago, 2009.
[11] Miguel Tamblay: Ayllu. Editorial Kunza, Antofagasta, 1999.
[12] Migel Tamblay: Nortandad. Editorial Mulsin, Antofagasta, 2003.
[13] Miguel Tamblay: Calato. Editorial Calato, Antofagasta, 2007.
[14]  Jhony Paxi Ramírez: Graffiti. Ediciones Paja, Tacna, 2003.
[15] Jhony Paxi Ramírez: Habla, Rolo. Ediciones Paja, Tacna, 2005.
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