viernes 31 de diciembre de 2010

Combo Breaker!!!


Combo Breaker!!!


ULTRAAAA COMBOOOO!!

Killer Instinct - Cinder.

viernes 4:30 a.m un amigo de iqq me manda un mail diciendo que debemos escribir un libro a cuatro manos sobre tacna… -tacna es una puta - coloca como despedida.

4:30:01 tacna es una puta salvaje -pienso y coloco en el muro de facebook, wicked game por décima vez… … rápidamente alguien que desconozco, una chica de seudónimo sexy y fotos de perfil con tetonas del manga o pintores como grosz, bacon y beksinski coloca “me gusta”… debe ser un puto gordo sin vida…

8:31 llego al terminal internacional (minutos antes, al cruzar a pie el puente tucapel, encontré cerca de la pista un crucifijo de madera en que cristo parece un zombie o jack o lantern… acaba de terminar disorder y empieza exodus from the underground fortress) pienso que escribiré sobre esto como una digresión inútil o guiño estúpido a un libro de poemas que quizá publique algún día…

8:33 en la caseta de los tickets de embarque me espera un amigo que tiene un rollo con los piratas y la lucha libre… subimos al bus para cruzar la frontera… en el asiento trasero va un fleto que parece simply red… pasan cuerpos arrastrando bolsas de contrabando que nos empujan… nos piden ayudemos a pasar ropa usada en nuestros bolsos… nuestro silencio los manda respetuosamente a la mierda…

8:42:27 se sube una copia de john locke acompañado de una milf centroamericana que maldice en inglés…también viaja con nosotros la versión femenina de mike tyson (viste un chaleco fucsia y tiene cara de poca paciencia)… mi amigo se caga de la risa y empieza a huear con “ke saen de balrog”… yo le dijo que calle si no quiere que nos arranque una oreja a mordiscos… nuestro bus es un puto mayflower y tacna una maraca pluralista… recibe a todos…

me gusta ser la puta del pueblo, la puta de montesinos, la puta del congresista, la puta de los futbolistas, la puta. que mi zorra sea un punto de reunión, una catedral. un depósito de espermios de mi perú. la unión de mi perú. yes, un gang bang en una combi diría john wayne desde el cielo.

el resto del viaje… chacalluta, santa rosa y sus pajeras tarjetas de migración con datos falsos… es como jugar rol… profesión: hitman, gogo dancer, monk… un poco de desierto y una inca cola helada… lo pasamos haciendo una lista de personajes de killer instinct, has jugado killer instinct … él se pone a gritar co-oo-oo-mbo breaker y asusta al cobrador… al bajar nos ofrecen hierba y el taxista dice si queremos ir a las cucardas… chileno = putañero… Tacna es la gran maraca y soporta cualquier ficción…

the world was on fire…

sábado 25 de diciembre de 2010

Spleen o [los del pueblo le colgaron igual...]




Primera versión de este texto de mi libro en proceso "Carne" o "tobe hooper es dios " o "paul verhoeven es mi copiloto y tarantino mi perra"...


Spleen o

[los del pueblo le colgaron igual, porque era un negro. Su pantalón seguía formando en la entrepierna un bulto irrisorio]



No todos pueden darse el lujo de tomar un baño de multitud


Baudelaire – Las turbas.




hay días que me gustaría

de pie

al comienzo de 21 de mayo (esa mala copia de paseo ahumada o jirón de la unión)

gritar OPTIC BLAST!!!

como Summers en el children of the atom

y reducir

a carne chamuscada,

huesos y polvo

a miles de putos ciudadanos…

todos masa de cemento, vidrio y piel fundida…

sus cochinos gelatos y risas sabatinas

la ropa veraniega, los nuts 4 nuts, las promotoras de parís

y las estatuas vivas…

Behold!!!




jueves 23 de diciembre de 2010

Texto de Daniel Rojas Pachas para la presentación de Novela Negra (Cinosargo 2010) en Iqq


Novela Negra de Juan Podestá Barnao… La escritura como puñalada… la lectura como una escena a reconstruir…

Daniel Rojas Pachas.


Sarduy afirma en sus ensayos, allá por el año setenta y dos, que la literatura es el arte del tatuaje y el autor un tatuador… un poco antes, en el cincuenta y cinco, Haroldo de Campos también había aludido a esa imagen o alegoría de la escritura señalando la piel marcada del texto como una cartografía a descubrir, sin embargo, será Perlongher, quien a partir de su lectura de Osvaldo Lamborghini, refiriéndose a textos como El Fiord o Niño Proletario, sin obviar la delirante poesía de su camarada … agregue que el acto de crear por medio de la palabra más bien se trata de un tajo.

Curioso término o ritual que aparece de modo explícito en más de un poema de Podestá…


Lo violó porque no quiso ver con él

la noche final del Festival de Viña

Le quitó la cocaína que le vendió y de

paso lo tajeó


(…) Otro texto de Novela Negra comienza de este modo…


Seca y guarda el cuchillo

Deja que la pistola se enfríe

Abotona el cierre y se limpia el semen


…la explotación del acto de sangre y crimen dentro del poemario no es casual y tampoco un mero referente… al contrario, constituye su unidad… es la médula de la escritura, el principio del acto de escribir y en realidad muchas veces su móvil.

Siempre estamos ante una herida capaz de penetrar al hueso y destrozar la carne. Poner término a una vida e iniciar otra… la del fugitivo. Una atmósfera propicia para esta sensibilidad al límite en que despojos o rastros delatan una acción ineludible y vinculante, la que nos proporciona la violencia

… El autor añade:

El que sabemos guarda sus utensilios

No limpia huellas, no deja rápido el

lugar

No le interesa escapar

No tiene de qué escapar.


En ese espacio y bajo dicha mirada del proceso escritural (junto con la subsecuente tarea que queda al lector), siento como crítico y además editor que se desenvuelve Novela Negra de Juan Podestá Barnao.


Cito del texto, otro poema…

Tuerce el cuchillo

Cambia un adjetivo

Saca algunos órganos

Corrige el último verso

Cercena el cuello

Vuelve a corregir

Se ensaña con el cuerpo

Borra lo escrito


Es entonces Novela Negra (Cinosargo 2010) una fuerza que compromete a su destinatario en el rol de testigo, incluso por momentos lo hace cómplice y habitante del mundo estilizado, amarillista y subterráneo que edifica… claro, no estamos en una realidad tan ajena al día a día… basta con leer la prensa o darse vueltas por algunas partes de cada ciudad y notar los detalles, los guiños a un mundo que pretendemos escamotear por nuestra comodidad y estabilidad mental… de todas maneras, la mayoría optará por pensar al oír o leer el nombre del libro, Novela Negra: en Film Noir, Pulp, Novela Policial… con rapidez se nos viene a la memoria, un gran número de referentes del subgénero bastante disímiles e irregulares en cuanto a calidad y valor creativo… lamentablemente es un casillero en el cual podemos encontrar en lo más alto a Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Boris Vian, en nuestra lengua Onetti… son muchos, Faulkner mismo tuvo su affaire con esta estética. En el cine y el comic para que hablar… hay una gran cantidad de maestros, la serie Sin City de Frank Miller es uno de los grandes aciertos del noveno arte, que no me gustaría pasar por alto… aún así no hay escapatoria frente a la instrumentalización del medio… en la otra esquina está Ampuero con su Cayetano Brule y al lado una gran sarta de novelitas de aeropuerto con estereotipados detectives y una plaga de tópicos y clichés…

Bueno, ese no es el caso de este libro, Podestá a diferencia de los narradores al uso, hace sin ser condescendiente o unilateral una actualización de la novela negra desde la poesía. La vuelta de tuerca está en la imbricación escritura/asesinato y lectura/reconstrucción del crimen…

Desde luego toma todos los códigos usuales, las imágenes, la construcción de ambientes, las referencias inmediatas dirigidas a la expectativa del lector, algunas de tipo universal, otras son alusiones más concretas y locales… las putas colombianas, Hans Poso (el occiso) el Tila (un asesino en serie), los ratis (detectives)… pero re-semantiza cada uno de sus pasos y elecciones… y en esa medida genera un diseño con una lectura profunda, metaconsciente del quehacer del escritor y el asesino, por eso queda preguntarnos… qué diferencia hay entre ese que escribe a puñaladas la historia que leeremos mañana en la prensa o veremos relatada en la noticias, ante aquel que juega trepanando los cráneos o destruyendo a golpes las relaciones ocultas de una mujer ficticia y su amante también hecho de palabras a manos de un esposo celoso que no pasa más allá de ser el delirio del autor…

Podestá genera vasos comunicantes entre dos mundos que podrían en apariencia parecer desvinculados totalmente o sólo inscritos uno en el otro, en la relación creador/mundo posible, sin embargo, es todo lo contrario, como en el periodismo gonzo… acá los creadores pasan a ser parte de la noticia… el tema en cuestión, la víctima o victimario…

En algunos casos aparecen de modo explícito como Bombal, De Rokha o Norman Mailer…

Asimismo como Norman Mailer acuchilló

a su esposa

Asimismo entierran algunos el lápiz en

el roneo

Otras veces observamos de forma genérica como un escritor autoconsciente delata la frontera frágil entre escritura y asesinato… Podestá nos señala:

A veces los libros, sólo deben usarse

para trancar puertas

Afuera, el hombre de chaqueta de cuero

me espera

con las manos en los bolsillos.


De este modo el pronturario policial, el identikit, el epitafio y la nota amarillista de crónica roja son también fragmentos, textos que sirven para reconstruir el tránsito de nuestra historia, la pequeña historia y el modo global en que opera el ser humano. En este sentido es notable el poema los sospechosos de siempre o poeta menor se queja, en que escritores de pacotilla y su gremio, un mundillo que nada tiene que envidiar al crimen organizado o a cualquier grupete de sicarios, se delatan poniéndose un dedo al costado de la nariz y como cofradía conspiran para dar su gran golpe… cito…



En lugares ruidosos estos tipos se

juntan a planificar sus violaciones

Basta ir a esos locales y mirarlos

cómo impunemente señalan rutas,

modifican recorridos, corrigen mapas,

dibujan el cuerpo de la víctima

y el sitio preciso donde entrará la

letra.

El mecanismo en despliegue y la forma en que los pequeños elementos van tomando connotaciones inesperadas hacen de Novela Negra un libro original, inteligente… directo en su idea y en lo absoluto sencillo o majadero… sobre todo… una obra única.

Para cerrar sólo puedo añadir como el texto de Podestá Barnao, a través de todas las formas que utiliza para establecer esa relación literatura/asesinato… me hace pensar en dos textos previos de otros autores… que tras la lectura de Novela Negra, adquieren mayor sentido y perspectiva…

Por un lado el poema “Lo que ellos quieren” de Bukoski, pieza en que el norteamericano da cuenta de los malditos de siempre anidados en la literatura, sorprendiéndonos con su genialidad Burroughs, Rimbaud, Vallejo, Pound, Celine… Chinaski dice…

Berryman saltando de un puente;
Burroughs baleando a su esposa;
Mailer acuchillando a la suya;

eso es lo que ellos quieren,
un maldito espectáculo,
una marquesina iluminada
en medio del infierno.
Eso es lo que ellos quieren,


El libro de Podestá me confirma esa marquesina de diablo y lo que dice Bataille… toda "comunicación" participa del suicidio y del crimen.




miércoles 22 de diciembre de 2010

Poema: Lo que ellos quieren de Bukowski.

buk.JPG


Vallejo escribiendo sobre la soledad
mientras muere de hambre;
la oreja de Van Gogh
rechazada por una prostituta;
Rimbaud buscando oro en África
encuentra una sífilis incurable;
Beethoven, sordo;
Pound arrastrado en una jaula por las calles;
Chatterton comiendo veneno para ratas;
el cerebro de Hemingway
escurriendo en el jugo de naranja;
Pascal cortándose las venas en la bañera;
Artaud encerrado con los locos;
Dostoievsky estrellado contra una pared;
Crane lanzándose a las hélices de un barco;
Lorca baleado por soldados españoles;
Berryman saltando de un puente;
Burroughs baleando a su esposa;
Mailer acuchillando a la suya;

—eso es lo que ellos quieren,
un maldito espectáculo,
una marquesina iluminada
en medio del infierno.
Eso es lo que ellos quieren,
ese racimo de anodinos inarticulados
inocuos aburridos admiradores de carnavales.

Autor: Charles Bukowski



martes 21 de diciembre de 2010

La gracia me llegó en forma de gato [por Juan Gelman]

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Por Juan Gelman

“La gracia me llegó en forma de gato”, anotó William Burroughs en sus diarios finales; especialmente en forma de Riski, su preferido. El ídolo de los beatniks quería bastante menos a los seres humanos, pensaba que el amor “es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo que ha sido sistemáticamente vulgarizada y degradada por el virus del poder”. Estos diarios no son el canto del cisne de un gran heterodoxo: más bien dan testimonio de las imposiciones de la vejez, como “Qué es el mundo”, el poema que Beckett escribiera un año antes de morir. El título de los diarios, publicados en el 2000, es sin duda adecuado: “Last words”. Hace además referencia a la fascinación del autor de El almuerzo desnudo por el delirio terminal del gangster Dutch Schultz –rigurosamente transcripto por un taquígrafo de la policía– que lo llevó a crear un guión cinematográfico sobre el tema. Felinos aparte, en estas páginas abundan otras entidades no humanas, demonios, extraterrestres que él no ve y espíritus de diversa especie que sí ve.

“Una vez pregunté en un sueño a un espíritu maligno italiano ‘¿quién eres?’ Y él se reía y se reía, y siguió riéndose en una laguna oscura de mármol contra un decorado italiano y era deliciosamente maligno”, apunta quien compusiera Yonquis, ese cuasi tratado sobre la drogadicción. Burroughs había regresado a la ingesta de drogas a los 63 de edad, luego de 18 años de abstinencia. James Grauerhotlz, editor y prologuista de los diarios, describe la vida cotidiana de Burroughs entonces y hasta su muerte en 1997. Habitaba una cabaña de dos ambientes en Lawrence, Kansas, con rosales en el porche y una etiqueta en la puerta que informaba de la presencia de gatos en el interior que debían ser salvados en caso de emergencia. Comenzaba la mañana con una inyección de metadona y un desayuno suculento. Después de mediodía practicaba tiro al blanco con pistola y cuchillo. El tiempo de los tragos llegaba a las 15.30 en punto y solía trabajar en sus diarios hasta la cena con amigos. Se acostaba a las 9 de la noche, no sin antes hacer una ronda alrededor de la cabaña pistola al cinto.

Burroughs había cambiado. Atrás quedaban las larguísimas tenidas de droga y alcohol. En una de ellas –es notorio– mató a su mujer cuando trataba de partir con un tiro la manzana que ella tenía sobre la cabeza. Sucedió en México y en estos diarios afirma que equivocó el disparo porque estaba poseído por “El Espíritu Feo”. Consigna que se comunica con los muertos, fabrica conjuros, opera una “máquina deseante” que le permite el acceso a una suerte de soñar despierto, reconoce espíritus que lo protegen y demonios que lo asaltan. Estos raptos de ocultismo y magia negra alternan con las expresiones de odio que propina a humanistas negadores de otras dimensiones y a la irracionalidad de un mundo que usa el disfraz de la razón. Burroughs tenía conciencia plena de los campos de concentración, del racismo y la censura, de las seguridades que deshumanizan. Su obra, como la de Daumier o Goya, es una sátira violenta contra el autoritarismo y una parodia de los amantes y ocupantes del poder.

Burroughs precisó estas posiciones en una entrevista radiofónica que Eric Mottram le hiciera para la BBC de Londres en 1964 con motivo de la prohibición de sus libros. “El virus del poder –dijo el autor de Nova Express– se manifiesta a sí mismo de muchas maneras. En la construcción de armas nucleares, en prácticamente todos los sistemas existentes que procuran anular la libertad interior, es decir, controlarla. Se manifiesta en la extrema sordidez de la vida diaria en los países occidentales. Se manifiesta en la fealdad y la vulgaridad que vemos en las personas y se manifiesta, por supuesto, en las enfermedades causadas por el virus. Por otra parte, los que resisten están en todas partes, pertenecen a todas las razas y naciones. El que resiste puede ser definido simplemente como un individuo que tiene conciencia del enemigo, de sus métodos operativos, y que está empeñado activamente en combatir a ese enemigo.” Bush hijo incluiría a Burroughs en la lista de terroristas más buscados.

La escritura de estos diarios es similar a la de sus novelas, en las que se entrecruzan sueños, fragmentos de relatos en borrador, citas propias y de otros autores, frases de periódicos y revistas, versos de viejas canciones, ideas que aparecen al correr del pensamiento, párrafos de cartas a los amigos carentes de todo contexto personal. Es la técnica del “cut-up” –“cut and paste”, se diría en lenguaje cibernético– o del collage, tan empleada en la pintura. Burroughs grababa al azar ese material aparentemente inconexo, escuchaba luego la cinta y la detenía en un punto para pasar a máquina una frase o varias. El segundo paso consistía en componer un texto doblando una de las páginas mecanografiadas e instalando la mitad en otra página “con la intención de alterar y expandir estados de conciencia en uno mismo y también en los lectores”. Decía que las palabras “están vivas como animales, no les gusta que las enjaulen. Corten las páginas y dejen a las palabras en libertad”.

La obra de Burroughs fue muy criticada y aun atacada –censurada además– por su exposición sin tapujos del sexo, el alcoholismo y la drogadicción. Anthony Burgess fue uno de los pocos que descubrieron muy temprano su naturaleza innovadora: “Si algún escritor hay que puede reanimar una forma agotada y mostrarnos lo que todavía es posible hacer con una lengua que Joyce pareció exprimir hasta dejarla seca, ése es William Burroughs”. El que amaba a los gatos.

Lo vi en un encuentro internacional de poesía que tuvo lugar en Roma a fines de los años ‘70. Menudo, delgado, con sombrero panamá, impecable traje gris, camisa blanca, corbata al tono y coca-cola en mano, pasaba entre los asistentes de manera inadvertida, casi sigilosa. Recordé las impresiones de Paul Bowles cuando en 1961 Burroughs lo visitó en su lecho de enfermo en Tánger: “Su figura era tan tenue que su presencia en la habitación era incierta”.

Fuente: Página 12, 04/01/04



sábado 18 de diciembre de 2010

escrito en chacalluta o a unas negras colombianas... (texto de mi libro en proceso carne o...)


Primera versión de este texto de mi libro en proceso "Carne" o "tobe hooper es dios " o "paul verhoeven es mi copiloto y tarantino mi perra"...


escrito en chacalluta

o

[...a unas negras colombianas no las dejaron subir al bus por llevar demasiado equipaje… aún así los pacos hicieron todo lo que estaba en sus manos por ayudarlas / so sad]


The only Good Bug is a Dead Bug!!!

Civil de Buenos Aires – Starship Troopers.


un bisturí y manos adecuadas / poli se abre camino con la shotgun / piel de niña, un lindo disfraz para el parade / los ancianos desfilan con máscaras de ex presidentes / y maestras rebotan sus tetas a un costado del camino / lo circular de la carretera nos insulta / la circularidad del baile, un foxtrot con máscaras de gas / pasolini estaría orgulloso hijo!!! / so cute / un rostro deforme arrastra a su hermano por el desierto / las quemaduras del bajo cráneo, el viento en las dunas / risas quiebran el silencio del lugar / maybe, love won´t tear us apart / just maybe / el martirio post punk / post rock / post this – jode a los artistas del llanto, so trendy, so seattle… los noventa pasaron / ser un loser ya no es lo mismo / a ti en todo caso te calienta jean grey / wolverine de mierda / ciclope se tira a las mejores minas, la reina blanca, las pelirrojas son una debilidad / pregúntale al fist of the north star / cayendo directo al despeñadero, so sad / como trepanar una cabeza y echar agua hervida con jeringa para crear un zombie artesa y no pasar otra noche solo / me gusta bailar lentos / love hurts, nazareth style / dahmer le llora a papá / so lonely / pero usa el sniper conchetumare, que te dije… puta la huea / revolver ocelot es un viejo cabrón, igual que saint of killers / malas copias de jack palance o bronson en un paisaje cotidiano / gris lleno de balas y cuerpos / el pellejo de esas gordas / pure gold / buffallo bill style / norman bates style / ed gein style / tobe hooper es dios / el tendría que hacer una peli de lee wuornos versus green river killer / un hit gore porno style / para tanto viejo de mierda, pajeándose con hueas muertas / i feel pretty… oh so pretty / has visto el video de… manda link…

http://www.youtube.com/watch?v=faFuaYA-daw

Pd: te amo mamá.



escrito por Daniel Rojas Pachas


viernes 17 de diciembre de 2010

Lanzamiento del poemario Novela Negra (Cinosargo 2010) en Iquique

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Click en la imagen para agrandar

Lanzamiento del poemario Novela Negra (Cinosargo 2010) del escritor Juan José Podestá Barnao.

Presentarán el libro los escritores Daniel Rojas Pachas y Juan Malebrán.

Lugar: Mi Otra Casa Restobar

Baquedano 1334 - Iquique - Chile.

Día: Miércoles 22 de diciembre

Hora: 20:30 horas.


Artículos sobre el poemario Novela Negra.


Novela Negra de Juan Podestá Barnao [Por Ernesto González Barnert]

Artículo sobre próximo libro de Cinosargo: Oscuro Optimismo. Sobre Novela Negra de P. Barnao.

NOVELA NEGRA DE PODESTA BARNAO: TODO EL MUNDO ES BUEN LUGAR PARA OCULTAR UN CADAVER



Más información en: http://www.cinosargo.com

o en http://www.cinosargo..cl.kz.


Cinosargo Ediciones.





jueves 16 de diciembre de 2010

Publicaciones a través de libros personales y en ediciones colectivas.

Libros personales

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Gramma

de Daniel Rojas Pachas

(Poesía - Cinosargo Ediciones - Impreso / Chile)

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"Realidades Dialogantes"

de Daniel Rojas Pachas

(Ensayo- Cinosargo Ediciones - Impreso / Chile)

Veneración de Daniel Rojas Pachas

(Plaquette poesía- Digital / La Pollera 2009)

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Revelación de María

(Plaquette poesía - Impreso / Cinosargo 2010)


En publicaciones colectivas

Onomatopeya Lectura De Poesia Volumen 3

(Mago Editores 2010 - Impreso / Chile)

Un poema siempre será nada más que un poema

(Groenlandia 2010 - Digital / España)

Antología Des-amor

(Groenlandia 2010 - Digital / España)

Antología Casa del poeta Peruano.

(Olandina 2010 - Impreso / Perú)

Antología Bendito sea tu cuerpo

(Olandina 2008 - Impreso / Perú)

Ónice

(Ónice 2010 - Impreso / Perú)


Antología Hyper-Versos
(Hyper-Versos 2010 - Impreso / México)


9-3-2009 15.3.33 1.jpg

NOVENA EXMACHINA

(Mancha 2009 - Digital / México)

Antología GrisAzul,

Editorial Dragostea 2009 (Impreso - Perú)



miércoles 15 de diciembre de 2010

Tercera Presentación de la Guillotina - Lectura de grupo La Quijotera

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Tercera lectura del ciclo de recitales literarios: La Guillotina!!!


-Todos los viernes en Arica a partir de las 20:00 horas.-

Este viernes 17 tercera lectura del ciclo con "La Quijotera".

Pablo Espinoza Bardi
Tito Manfred
Luis Saavedra Orostica
Daniel Rojas Pachas
mauro gatica salamanca
DraKke Rainato



Lugar: Centro Comercial San Martín - San Martín 555, oficina 41.
Hora: A partir de las 20:00 horas.
Entrada liberada - Habrá venta y exposición de libros.



martes 14 de diciembre de 2010

NECROSPECTIVA DE ESPINOZA BARDI: UNA INVITACION AL ABISMO INTERNO


Escrito por: Eduardo Farias Alderete.

Más información en: http://gatopistola.blogspot.com/


La ciencia ficción emparentada con el terror en la literatura corre el gran riesgo ( siempre he creído que es alta su apuesta) de empantanarse en recursos baratos y naufragar en lectores con una imaginación deficiente. No es necesaria una imaginería delirante o sugestiva para abrir el apetito del lector asiduo a este género. Podríamos comentar a autores de obras clásicas de Lord Dunsany, Edgar Allan Poe, Philip K. Dick, H.P. Lovecraft (excesivamente prosaico pero eficaz) y Stephen King. Pero mucho se ha hablado de sus estilos y obras y el terror en la literatura continua impasible capturando nuevos adeptos.Necrospectiva VOL 1. De Pablo Espinoza Bardi Texto visto en forma global –ya que es una serie de cuentos- intencionalmente esquizofrénico e intuitivamente delirante. Se requiere ese campo abierto , fértil de la imaginación vigorosa para que este libro alcance en el lector la real dimensión de su apuesta. Es un juego a veces onírico surreal o a veces cruelmente tangible, en lo posible: una variedad extensas de interpolaciones violentas y alucinantes. Aquí el terror se reviste de atmosférico, a ratos recordando los escenarios de una multitud de películas de animación japonesas otras abiertamente apelando a algún recuerdo de nuestro acervo vital ese aliento necesario para que el terror , el más básico y poderoso de nuestros sentimientos se desencadene en cuadros revisitados por nuestra experiencia vital … claro, alimentada por todo lo visto en el transcurso de nuestra existencia. Incluso nuestra farmacopea personal.Se nutre a la vez de referencias que nos hacen sentir parte de esta dinámica. Pintores como Dalí, archiconocido, Beksinski polaco con su ambiente surrealista y de pesadilla y Bacon… Uno de los mejores pintores de la postguerra, inglés, sugiero al lector busque y examine sus cuadros creo que nadie queda impávido ante su obra, entre directores de cine como Lynch y Buñuel, nos invita en el mejor de los casos , Espinoza Bardi , nos empuja a ese esfera cosmogónica que es su propia representación del mundo con ojos descarnados y deliberadamente sádicos hasta llegar en el paroxismo hasta la disolución corpórea del narrador, del personaje y quizás el norte preciado: la disolución del propio lector. Para corroborar hay que leer. El lenguaje es sencillo a ratos post moderno y a veces vanguardista, nutre el onirismo forzado a una amenazante e instintivo reverso de la realidad, que a fin de cuentas tampoco es “amable” o en el mejor de los casos : “aceptable”.Lo sanguinario viene a concretarse en un lúdico abanico de viñetas, una serie de imágenes concretas, un juego de sugerencias, la apuesta se logra, creando a ratos escenas entrecortadas para un paisaje notable nacido de la dicotomía cielo/infierno.Necrospectiva, neologismo cimentado en la cruza bastarda de Necro , muerte y su perspectiva nos deja ávidos de más , más cuadros, más viñetas , más sueños contaminados de una atmosfera sofocante y a veces demasiado real. Una Taxonomía de pesadillas y torturas en que lo único que nos salva del abismo , es el atisbo permanente a lo que resta de nuestra cordura. NOTABLE.



lunes 13 de diciembre de 2010

Algunos artículos de Daniel Rojas Pachas en diversas revistas y diarios [publicaciones digitales e impresas]


Los dichos de Ribeyro en torno a los hombres y las botellas

Gemidos de Pablo de Rokha

Quimantú y la publicación de la primera novela de Rodrigo Ramos Bañados.

Reinaldo Arenas y la revolución del lenguaje poético en Arturo la estrella más brillante

Cállate Viejo ´e mierda de Luis Seguel Vorpahl: Otra mirada al norte grande.

"Alfabeto para nadie" de Cristián Gómez: La épica de lo cotidiano.

Artículo de Daniel Rojas Pachas sobre El burro del diablo en Letras s5

Artículo de Daniel Rojas Pachas sobre Enrique Lihn en Letras s5

Juan Emar: Una alegoría del modernismo tardío.

Artículo de Daniel Rojas Pachas sobre la poesía de Marcela Parra en Letras s5

Artículo de Daniel Rojas Pachas sobre Oliver Welden en Letras s5

Revista de poesía Antítesis: Fuga de lo presente como gesto de actualidad. Por Daniel Rojas Pachas

Sobre El Árbol de los libres a propósito de la situación actual de Chile Por Daniel Rojas Pachas en Letras s5

Artículo de Daniel Rojas Pachas en Letras S5 sobre la antología Poetas en Dictadura de Mayo Muñoz.

Artículo de Daniel Rojas Pachas en Letras S5 sobre Una forma de huella en la arena.

Artículo de Daniel Rojas Pachas sobre Centrífuga de Alfonso Grez en Letras s5

Artículo de Daniel Rojas Pachas sobre Muerte en Niza (Marea Baja 2010) en Letras s5



HACIA UNA INTERPRETACIÓN LIHN-GÜÍSTICA DE: TV por Daniel Rojas Pachas


Crítica.cl

En torno a la figura de Egon Wolff



El discurso hipertextual como estrategia para la constitución de una memoria universal en la narrativa de Roberto Bolaño



Artículo de Daniel Rojas Pachas sobre Oliver Welden en Critica.cl

[Camanchaca de Diego Zúñiga] Por Daniel Rojas Pachas: Publicado en la Calle Passy


Una forma de huella en la arena: Nostalgia y violencia en la poesía de Luis Andrés Figueroa

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Artículo de Daniel Rojas Pachas sobre Necrospectiva Vol.1 en revista La Calle Passy

Artículo de Daniel Rojas Pachas en El Mercurio de Antofagasta sobre Muerte en Niza

Click en este link para agrandar

..


Nota de Daniel Rojas Pachas sobre Camanchaca en el Mercurio de Antofagasta.


Artículo de Daniel Rojas Pachas sobre Generaciones Literarias en la Linterna de Papel del Mercurio de Antofagasta





Nota de Daniel Rojas Pachas sobre Guillermo Deisler en la linterna de papel del Mercurio de Antofagasta Lunes 25 de enero 2010





Nota de Daniel Rojas Pachas sobre la Novela: Cállate Viejo e Mierda en la Linterna de Papel del Mercurio de Antofagasta




Nota de Daniel Rojas Pachas en la Linterna de Papel del Mercurio de Antofagasta - En torno al primer encuentro de escritores de Antofagasta. Diciembre del 2009



Gramma de Daniel Rojas Pachas y la existencia como textualidad hiperconsciente

Gramma o el juego de las cadencias

Gramma de Daniel Rojas Pachas o la errancia grotesca del verbo

Artículo sobre Gramma de Daniel Rojas Pachas [por Víctor Escobar Díaz]en Letras s5

A PROPÓSITO DE GRAMMA, de DANIEL ROJAS PACHAS. Por Antonio Arroyo Silva

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Nota de Rodrigo Ramos Bañados sobre Daniel Rojas Pachas y Cinosargo en la Linterna de Papel Click en la imagen o el link para agrandar






jueves 9 de diciembre de 2010

EL EXPULSADO [por SAMUEL BECKETT]

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EL EXPULSADO

No era alta la escalinata. Mil veces había contado los escalones, tanto subiendo como bajando, pero ya no tengo presente la cifra, en la memoria. Nunca supe si el uno había que marcarlo sobre la acera, el dos con el otro pie sobre el primer escalón, y así, o si la acera no debía contar. Al llegar al final de la escalera, tropezaba con el mismo dilema. En sentido inverso, quiero decir de arriba abajo, era lo mismo, la palabra no es demasiado fuerte. No sabía por dónde empezar ni por dónde acabar, digamos las cosas como son. Conseguía pues tres cifras perfectamente distintas, sin saber cuál era la correcta. Y cuando digo que ya no tengo presente la cifra, en la memoria, quiero decir que no tengo presente ninguna de las tres cifras, en la memoria. Lo cierto es que si encuentro, en mi memoria, donde seguro debe estar, una de esas cifras, sólo encontraré una, sin posibilidad de deducir, de ella, las otras dos. E incluso si recuperara dos, no por eso averiguaría la tercera. No, habría que encontrar las tres, en mi memoria, para poder conocerlas, todas, las tres. Agotadores, los recuerdos. Por eso no hay que pensar en ciertas cosas, cosas que te importan, o mejor sí, hay que pensar en ellas, porque si no pensamos en ellas corremos el riesgo de encontrarlas, en la memoria, poco a poco. Es decir, hay que pensar durante un rato, un buen rato, todos los días y varias veces al día, hasta que el fango las recubra, con una costra infranqueable. Es una orden.

Después de todo, lo de menos es el número de escalones. Lo que había que retener es el hecho de que la escalinata no era alta, y eso lo he retenido. Incluso para el niño no era alta, al lado de otras escalinatas que él conocía, a fuerza de verlas todos los días, de subirlas y bajarlas, y jugar en los escalones, a las tabas y a otros juegos de los que olvidaría hasta el nombre. ¿Qué debía ser pues para el hombre, hecho y derecho?

La caída fue pues poco grave. Al caer oí un portazo, lo que me comunicó un cierto alivio, en lo peor de mi caída. Porque eso significaba que no se me perseguía hasta la calle, con un bastón, para atizarme bastonazos, ante la mirada de los transeúntes. Porque si hubiera sido ésta su intención no habrían cerrado la puerta, sino que la hubieran dejado abierta, para que las personas congregadas en el vestíbulo pudieran gozar del castigo, y sacar una lección. Se habían contentado, por esta vez, con echarme, sin más. Tuve tiempo, antes de estabilizarme en el bordillo, de sacar adelante este razonamiento.

En estas condiciones, nada me obligaba a levantarme enseguida. Instalé los codos, curioso recuerdo, en la acera, apoyé la oreja en el hueco de la mano y me puse a reflexionar sobre mi situación, a pesar de todo habitual. Pero el ruido, más débil, pero inequívoco, de la puerta que de nuevo se cerraba, me arrancó de mi distracción, en donde ya empezaba a organizarse un paisaje delicioso, a base de espinos y rosas salvajes, muy onírico, y me hizo levantar la cabeza, con las manos abiertas sobre la acera y las corvas tensas. Pero no era más que mi sombrero, planeando hacia mí, a través del aire, dando vueltas. Lo cogí y me lo puse. Muy correctos, ellos, según su Dios. Hubieran podido guardar el sombrero, pero no era suyo, sino mío, y me lo devolvían. Pero el encanto se había roto.

¿Cómo describir el sombrero? ¿Y para qué? Cuando mi cabeza alcanzó sus dimensiones, no diré que definitivas, pero sí máximas, mi padre me dijo, Ven, hijo mío, vamos a comprar tu sombrero, como si existiera desde el comienzo de los siglos, en un lugar preciso. Fue derecho al sombrero. Yo no tenía derecho a opinar, tampoco el sombrerero. Me he preguntado a menudo si mi padre no se proponía humillarme, si no tenía celos de mí, que era joven y guapo, en fin, rozagante, mientras que él ya estaba viejo y completamente hinchado y violáceo. No se me permitiría, a partir de ese día concreto, salir descubierto, con mi hermosa cabellera castaña al viento. A veces, en una calle apartada, me lo quitaba y lo llevaba en la mano, pero temblando. Debía cepillarlo mañana y tarde. Los chicos de mi edad, con quienes a pesar de todo me veía obligado a congeniar de vez en cuando, se burlaban de mí. Pero yo me decía, El sombrero no tiene nada que ver, no hacen sino colgarle sus ocurrencias, como a la ridiculez más saliente, porque no son finos. Siempre me ha sorprendido la escasa finura de mis contemporáneos, a mí, cuya alma se retorcía de la mañana a la noche tan sólo para buscarse. Pero quizá fuera una forma de amabilidad, como la de burlarse del jorobado porque tiene la nariz grande. Cuando murió mi padre hubiera podido liberarme del sombrero, nada me lo impedía, pero nada hice. Pero, ¿cómo describirlo? Otra vez, otra vez.

Me levanté y eché a andar. No sé qué edad podía tener entonces. Lo que acababa de suceder no tenía por qué grabarse en mi existencia. No fue ni la cuna ni la tumba de nada. Al contrario: se parecía a tantas otras cunas, a tantas otras tumbas, que me pierdo. Pero no creo exagerar diciendo que estaba en la flor de la edad, lo que se llama me parece la plena posesión de las propias facultades. Ah sí, por poseerlas, las poseía. Atravesé la calle y me volví hacia la casa que acababa de expulsarme, yo, que nunca me volvía, al marcharme. ¡Qué bonita era! Había geranios en las ventanas. Me he inclinado sobre los geranios, durante años, los geranios, qué astutos, pero acabé haciéndoles lo que me apetecía. La puerta de esta casa, en lo alto de su pequeña escalinata, siempre la he admirado, profundamente. ¿Cómo describirla? Maciza, pintada de verde, y en verano se la cubría con una especie de funda a rayas verdes y blancas con un agujero por donde salía una potente aldaba de hierro forjado y una grieta que correspondía a la boca del buzón que una placa de cobre con muelle protegía del polvo, los insectos, los pájaros. Ya está. Flanqueada por dos pilastras del mismo color, en la de la derecha se incrustaba el timbre. Las cortinas reflejaban un gusto impecable. Incluso el humo que se elevaba de uno de los tubos de la chimenea, el de la cocina, parecía estirarse y disiparse en el aire con más melancolía que el de los vecinos, y más azul. Miré al tercero y último piso, mi ventana, impúdicamente abierta. La limpieza a fondo estaba en su apogeo. En algunas horas cerrarían la ventana, correrían las cortinas y procederían a una pulverización de formol. Los conocía. A gusto habría muerto en esta casa. Vi, en una especie de visión, abrirse la puerta y salir mis pies.

Miraba sin rabia, porque sabía que no me espiaban tras las cortinas, como hubieran podido hacer, de apetecerles. Pero los conocía. Todos habían vuelto a sus nichos y cada uno se aplicaba en su trabajo.

Sin embargo no les había hecho nada.

Conocía mal la ciudad, lugar de mi nacimiento y de mis primeros pasos en la vida, y luego de todos los demás que tanto han confundido mi rastro. ¡Si apenas salía! De vez en cuando me acercaba a la ventana, apartaba las cortinas y miraba fuera. Pero enseguida volvía al fondo de la habitación, donde estaba la cama. Me sentía incómodo, al fondo de toda aquella atmósfera, y perdido en el umbral de perspectivas innombrables y confusas. Aún sabía actuar, en aquella época, cuando era absolutamente necesario. Pero primero levanté los ojos al cielo, de donde nos viene la célebre ayuda, donde los caminos no aparecen marcados, donde se vaga libremente, como en un desierto, donde nada detiene la vista, dondequiera que se mire, sino los límites de la vista. Por eso levanto los ojos, cuando todo va mal, es incluso monótono pero soy incapaz de evitarlo, a ese cielo que descansa, incluso nublado, incluso plomizo, incluso velado por la lluvia, de la confusión y la ceguera de la ciudad, del campo, de la tierra. De más joven pensaba que valdría la pena vivir en medio de la llanura, iba a la landa de Lüneburg. Con la llanura metida en la cabeza iba a la landa. Había otras landas más cercanas, pero una voz me decía, Es la landa de Lüneburg lo que usted necesita, no me he tuteado mucho. El elemento luna tenía algo que ver con todo eso. Pues bien, la landa de Lüneburg no me gustó nada, lo que se dice nada. Volví decepcionado, y al mismo tiempo aliviado. Sí, no sé por qué, no me he sentido nunca decepcionado, y lo he estado a menudo, en los primeros tiempos, sin a la vez, o en el instante siguiente, gozar de un alivio profundo.

Me puse en camino. Qué aspecto. Rigidez en los miembros inferiores, como si la naturaleza no me hubiera concedido rodillas, desviación extraordinaria de los pies a uno y otro lado del eje de marcha. El tronco, sin embargo, por el efecto de un mecanismo compensatorio, tenía la ligereza de un saco descuidadamente relleno de trapos y se bamboleaba sin control según los imprevisibles tirones de la pelvis. He intentado muchas veces corregir estos defectos, erguir el busto, flexionar la rodilla y colocar los pies unos delante de otros, porque tenía cinco o seis por lo menos, pero todo acababa siempre igual, me refiero a una pérdida de equilibrio, seguida de una caída. Hay que caminar sin pensar en lo que se está haciendo, igual que se suspira, y yo cuando caminaba sin pensar en lo que hacía caminaba como acabo de explicar, y cuando empezaba a vigilarme daba algunos pasos bastante logrados y después caía. Decidí abandonarme. Este porte se debe, en mi opinión, por lo menos en parte, a cierta inclinación especialmente exacerbada en mil años de formación, los que marcan la construcción del carácter, me refiero al período que se extiende, hasta el infinito, entre las primeras vacilaciones, tras una silla, y la clase de tercero, término de mi vida escolar. Tenía pues la molesta costumbre, habiéndome meado en el calzoncillo, o cagado, lo que me sucedía bastante a menudo al empezar la mañana, hacia las diez diez y media, de empeñarme en continuar y acabar así mi jornada, como si no tuviera importancia. La sola idea de cambiarme, o de confiarme a mamá que sin embargo sólo deseaba ayudarme, me resultaba intolerable, no sé por qué, y hasta la hora de acostarme me arrastraba con, entre mis menudos muslos, o pegado a las nalgas, ardiente, crujiente y apestoso, el resultado de mis excesos. De ahí esos movimientos cautos, rígidos y sumamente espatarrados, de las piernas, de ahí el balanceo desesperado del busto, destinado sin duda a dar el pepa, a hacer creer que nada me molestaba, que me encontraba lleno de alegría y de energía, y a hacer verosímiles mis inaplicaciones a propósito de mi rigidez de base, que yo achacaba a un reumatismo hereditario. Mi ardor juvenil, en la medida en que yo disponía de tales impulsos, se agotó en estas manipulaciones, me volví agrio, desconfiado, un poco prematuramente, aficionado de los escondrijos y de la postura horizontal. Pobres soluciones de juventud, que nada explican. No hay por qué molestarse. Raciocinemos sin miedo, la niebla permanecerá.

Hacía buen tiempo. Caminaba por la calle, manteniéndome lo más cerca posible de la acera. La acera más ancha nunca es lo bastante ancha para mí, cuando me pongo en movimiento, y me horroriza importunar a desconocidos. Un guardia me detuvo y dijo, La calzada para los vehículos, la acera para los peatones. Parecía una cita del antiguo testamento. Subí pues a la acera, casi excusándome, y allí me mantuve, en un traqueteo indescriptible, por lo menos durante veinte pasos, hasta el momento en que tuve que tirarme al suelo, para no aplastar a un niño. Llevaba unos pequeños arneses, me acuerdo, con campanillas, debía creerse un poney, o un percherón, por qué no. Le hubiera aplastado con gusto, aborrezco a los niños, además le hubiera hecho un favor, pero temía las represalias. Todos son parientes, y eso le impide a uno tener confianza. Se debería disponer, en las calles concurridas, de una serie de pistas reservadas a estos sucios pequeños seres, para sus cochecitos, aros, biberones, patines, patinetes, papás, mamás, tatas, globos, en fin toda su sucia pequeña felicidad. Caí pues y mi caída arrastró la de una señora anciana cubierta de lentejuelas y encajes y que debía pesar unos noventa kilos. Sus alaridos no tardaron en provocar un tumulto. Confiaba en que se había roto el fémur, las señoras viejas se rompen fácilmente el fémur, pero no lo bastante, no lo bastante. Aproveché la confusión para escabullirme, lanzando imprecaciones ininteligibles, como si fuera yo la víctima, y lo era, pero no hubiera podido probarlo. Nunca se lincha a los niños, a los bebés, hagan lo que hagan son inocentes a priori. Yo los lincharía a todos con suma delicia, no digo que me pondría manos a la obra, no, no soy violento, pero animaría a los demás y les pagaría una ronda cuando hubieran acabado. Pero apenas recuperé la zarabanda de mis coces y bandazos me detuvo un segundo guardia, parecidísimo al primero, hasta el punto de que me pregunté si no era el mismo. Me hizo notar que la acera era para todo el mundo, como si fuera evidente que a mí no se me podía incluir en tal categoría. ¿Desea usted, le dije, sin pensar un sólo instante en Heráclito, que descienda al arroyo? Descienda a donde quiera, dijo, pero no ocupe todo el sitio. Apunté a su labio superior, que tenía por lo menos tres centímetros de alto, y soplé encima. Lo hice, creo, con bastante naturalidad, como el que, bajo la presión cruel de los acontecimientos, exhala un profundo suspiro, pero no se inmutó. Debía estar acostumbrado a autopsias, o exhumaciones. Si es usted incapaz de circular como todo el mundo, dijo, debería quedarse en su casa. Lo mismo pensaba yo. Y que me atribuyera una casa, no tenía por qué molestarme. En ese momento acertó a pasar un cortejo fúnebre, como ocurre a veces. Se produjo un gran tráfago de sombreros al tiempo que un mariposear de miles y miles de dedos. Personalmente si no hubiese tenido más remedio que persignarme me habría empeñado en hacerlo como es debido, nacimiento de la nariz, ombligo, tetilla izquierda, tetilla derecha. Pero ellos, con sus roces precipitados e imprecisos, te hacen una especie de crucificado enfurecido, sin el menor decoro, las rodillas bajo el mentón y las manos de cualquier manera. Los más encarnizados se inmovilizaron y dejaron oír algún balbuceo. El guardia, por su parte, se cuadró, con los ojos cerrados, la mano en el quepis. En las berlinas del cortejo fúnebre entreveía gente departiendo animadamente, debían evocar escenas de la vida del difunto, o de la difunta. Me parece haber oído decir que los arreos del coche fúnebre no son los mismos en los dos casos, pero nunca he conseguido averiguar en qué consiste la diferencia. Los caballos pedorreaban y cagaban como si fueran a la feria. No vi a nadie de rodillas.

Pero entre nosotros pasa rápido, el último viaje, por más que apretemos el paso, el último coche nos deja, el del servicio, se acabó la tregua, las gentes reviven, ojo. De forma que me detuve por tercera vez, por decisión propia, y tomé un coche. Los que acababa de ver pasar, atestados de gente que departía animadamente, debieron impresionarme poderosamente. Se trata de una caja negra grande, se bambolea sobre sus resortes, las ventanas son pequeñas, se acurruca uno en un rincón, huele a cerrado. Noté que mi sombrero tocaba el techo. Un poco después me incliné hacia delante. Y cerré los cristales. Después recuperé mi sitio, de espaldas al sentido de la marcha. Iba a adormecerme cuando una voz me sobresaltó, la del cochero. Había abierto la portezuela, renunciando sin duda a hacerse oír a través del cristal. Sólo veía sus bigotes. ¿Adonde?, dijo. Había bajado de su asiento exclusivamente para decirme esto. ¡Y yo que me creía ya lejos! Reflexioné, buscando en mi memoria el nombre de una calle, o de un monumento. ¿Tiene usted el coche en venta?, dije. Añadí, Sin el caballo. ¿Qué haría yo con un caballo? ¿Y qué haría yo con un coche? ¿Podría al menos tumbarme? ¿Quién me traería la comida? Al Zoo, dije. Es raro que no haya Zoo en una capital. Añadí, No vaya usted muy de prisa. Se rió. La sola idea de poder ir al Zoo demasiado aprisa parecía divertirle. A menos que no fuera la perspectiva de encontrarse sin coche. A menos que fuera simplemente yo, mi persona, cuya presencia en el coche debía metamorfosearlo, hasta el punto de que el cochero, al verme con la cabeza en las sombras del techo y las rodillas contra el cristal, había llegado quizás a preguntarse si aquél era realmente su coche, si era realmente un coche. Echa rápido una mirada al caballo, se tranquiliza. Pero ¿sabe uno mismo alguna vez por qué ríe? Su risa de todas formas fue breve, lo que parecía ponerme fuera de causa. Cerró de nuevo la portezuela y subió otra vez al pescante. Poco después el caballo arrancó.

Pues sí, tenía aún un poco de dinero en aquella época. La pequeña cantidad que me había dejado mi padre, como regalo, sin condiciones, a su muerte, aún me pregunto si no me la robaron. Muy pronto me quedé sin nada. Mi vida no por eso se detuvo, continuaba, e incluso tal y como yo la entendía, hasta cierto punto. El gran inconveniente de esta situación, que podría definirse como la imposibilidad absoluta de comprar, consiste en que le obliga a uno a cambiar de sitio. Es raro, por ejemplo, cuando realmente no hay dinero, conseguir que le traigan a uno algo de comer, de vez en cuando, al refugio. No hay más remedio entonces que salir y cambiar de sitio, por lo menos un día a la semana. No se tiene domicilio en esas condiciones, es inevitable. De ahí que me enterara con cierto retraso de que me estaban buscando, para un asunto que me concernía. Ya no me acuerdo por qué conducto. No leía los periódicos y tampoco tengo idea de haber hablado con alguien, durante estos años, salvo quizá tres o cuatro veces, por una cuestión de comida. En fin algo debió llegarme, de un modo o de otro, si no no me hubiera presentado nunca al Comisario Nidder, hay nombres que no se olvidan, es curioso, y él no me hubiera recibido nunca. Comprobó mi identidad. Esto le llevó un buen rato. Le enseñé mis iniciales de metal en el interior del sombrero, no probaban nada, pero reforzaban las posibilidades. Firme, dijo. Jugaba con una regla cilíndrica, con la que se hubiera podido matar un buey. Cuente, dijo. Una mujer joven, quizás en venta, asistía a la conversación, en calidad de testigo sin duda. Me metí el fajo en el bolsillo. Se equivoca, dijo. Tenía que haberme pedido que lo contara antes de firmar, pensé, hubiera sido más correcto. ¿Dónde le puedo encontrar, dijo, si llega el caso? Al pie de las escaleras pensé en alguna cosa. Poco después volvía a subir para preguntarle de dónde me venía ese dinero, añadiendo que tenía derecho a saberlo. Me dijo un nombre de mujer, que he olvidado. Quizá me había tenido sobre sus rodillas cuando yo estaba aún en pañales y le había hecho carantoñas. A veces basta con eso. Digo bien, en pañales, porque más tarde hubiera sido demasiado tarde, para las carantoñas. Gracias pues a este dinero tenía todavía un poco. Muy poco. Dividido por mi vida futura era como si no existiera, a menos que mis previsiones pecaran de pesimistas. Golpeé contra el tabique situado junto a mi sombrero, en la misma espalda del cochero si había calculado bien. Una nube de polvo se desprendió del acolchado. Cogí una piedra del bolsillo y golpeé con la piedra, hasta que el coche se detuvo. Noté que no se produjo aminoración de la marcha como acusan la mayoría de los vehículos, antes de inmovilizarse. No, se paró en seco. Yo esperaba. El coche vibraba. El cochero, desde la altura del pescante, debía escuchando. Yo veía el caballo como si lo tuviera delante. No había tomado la actitud abatida de sus paradas breves, permanecía atento, las orejas erguidas. Miré por la ventana, estábamos de nuevo en movimiento. Golpeé de nuevo el tabique, hasta que el coche se detuvo de nuevo. El cochero bajó del pescante echando pestes. Bajé el cristal para que no se le ocurriera abrir la portezuela. Más de prisa, más de prisa. Estaba más rojo, violeta diría yo. La cólera, o el viento de la carrera. Le dije que lo alquilaba por toda la jornada. Respondió que tenía un entierro a las tres. Ah los muertos. Le dije que ya no quería ir al Zoo. Ya no vamos al Zoo, dije. Respondió que no le importaba adonde fuéramos, a condición de que no fuera muy lejos, a causa de su animal. Y se nos habla de la especificidad del lenguaje de los primitivos. Le pregunté si conocía un restaurante. Añadí, Comerá usted conmigo. Prefiero estar con un parroquiano, en esos sitios. Había una larga mesa flanqueada por dos banquetas de la misma longitud exactamente. A través de la mesa me habló de su vida, de su mujer, de su animal, después otra vez de su vida, de la vida atroz que era la suya, a causa sobre todo de su carácter. Me preguntó si me daba cuenta de lo que eso significaba, estar siempre a la intemperie. Me enteré de que aún existían cocheros que pasaban la jornada bien calentitos en sus vehículos estacionados, esperando que el cliente viniera a despertarlos. Esto podía hacerse en otra época, pero hoy había que emplear otros métodos, si se pretendía aguantar hasta finalizar sus días. Le describí mi situación, lo que había perdido y lo que buscaba. Hicimos los dos lo que pudimos, para comprender, para explicar. El comprendía que yo había perdido mi habitación y que necesitaba otra, pero todo lo demás se le escapaba. Se le había metido en la cabeza, y no hubo modo de sacárselo, que yo andaba buscando una habitación amueblada. Sacó del bolsillo un periódico de la tarde de la víspera, o quizá de la antevíspera, y se impuso el deber de recorrer los anuncios por palabras, subrayando cinco o seis con un minúsculo lapicillo, el mismo que temblaba sobre los futuros ganadores. Subrayaba sin duda los que hubiera subrayado de encontrarse en mi lugar o quizá los que se remitían al mismo barrio, a causa de su animal. Sólo hubiera conseguido confundirle si le hubiese dicho que no admitía, en cuanto a muebles, en mi habitación, más que la cama, y que habría que quitar todos los demás, la mesilla de noche incluida, antes de que yo consintiera poner los pies en el cuarto. Hacia las tres despertamos al caballo y nos pusimos de nuevo en marcha. El cochero me propuso subir al pescante, a su lado, pero desde hacía un rato acariciaba la idea de instalarme en el interior del coche y volví a ocupar mi sitio. Visitamos, una tras otra, con método supongo, las dilecciones que había subrayado. La corta jornada de invierno se precipitaba hacia el fin. Me parece a veces que son éstas las únicas jornadas que he conocido, y sobre todo este momento encantador entre todos, el que precede a la obliteración nocturna. Las direcciones que había subrayado, o más bien marcado con una cruz, como hace la gente del pueblo, las tachaba, con un trazo diagonal, a medida que se revelaban malas. Me enseñó el periódico más tarde, obligándome a guardarlo en mi poder, para estar seguro de no buscar otra vez donde ya había buscado en vano. A pesar de los cristales cerrados, los chirridos del coche y el ruido de la circulación, le oía cantar, completamente solo en lo alto de su alto pescante. Me había preferido a un entierro, era un hecho que perduraría eternamente. Cantaba. Ella está lejos del país donde duerme su joven héroe, son las únicas palabras que recuerdo. En cada parada bajaba de su asiento y me ayudaba a bajar del mío. Llamaba a la puerta que él me indicaba y a veces yo desaparecía en el interior de la casa. Me resultaba extraño, recuerdo, sentir de nuevo una casa a mi alrededor, después de tanto tiempo. Me esperaba en la acera y me ayudaba a subir de nuevo al coche. Empecé a hartarme del cochero. Trepaba al pescante y nos poníamos en marcha otra vez. De pronto se produjo lo siguiente. Se detuvo. Sacudí mi entumecimiento y me puse en posición para bajar. Pero no vino a abrir la portezuela y a ofrecerme el brazo, de modo que tuve que bajar solo. Encendía las linternas. Me gustan las lámparas de petróleo, a pesar de que son, con las velas, y si exceptúo los astros, las primeras luces que conocí. Le pregunté si me dejaba encender la segunda linterna, puesto que él había encendido ya la primera. Me dio su caja de cerillas, abrí el pequeño cristal abombado montado sobre bisagras, encendí y cerré enseguida, para que la mecha ardiera tranquila y clara, bien caliente en su casita, al abrigo del viento. Tuve esta alegría. No veíamos nada, a la luz de las linternas, apenas vagamente los volúmenes del caballo, pero los demás las veían de lejos, dos manchas amarillas bogando lentamente sin amarras. Cuando el tiro giraba se veía un ojo, rojo o verde según el caso, rombo abombado límpido y agudo como en una vidriera.

Cuando verificamos la última dirección el cochero me propuso presentarme en un hotel que conocía, en donde yo estaría bien. Es coherente, cochero, hotel, es verosímil. Recomendado por él no me faltaría nada. Todas las comodidades, dijo, guiñando un ojo. Sitúo esta conversación en la acera, ante la casa de la que yo acababa de salir. Recuerdo, bajo la linterna, el flanco hundido y blando del caballo y sobre la manija de la portezuela la mano del cochero, enguantada en lana. Mi cabeza sobrepasaba el techo del coche. Le propuse tomar una copa. El caballo no había bebido ni comido en todo el día. Se lo hice notar al cochero que me respondió que su caballo no se repondría hasta que volviera a la cuadra. Cualquier cosa que tomara, aunque sólo fuera una manzana o un terrón de azúcar, durante el trabajo, le produciría dolores de vientre y cólicos que le impedirían dar un paso y que incluso podrían matarlo. Por eso se veía obligado a atarle las quijadas con una correa, cada vez que por una razón o por otra debía dejarle solo, para que no sufriera las consecuencias del buen corazón de los transeúntes. Después de algunas copas el cochero me rogó que les hiciera el honor, a él y a su mujer, de pasar la noche en su casa. No estaba lejos. Pensando en ello, con el célebre beneficio de la perspectiva, creo que no había hecho, ese día, sino dar vueltas alrededor de su domicilio. Vivían encima de una cochera, al fondo de un patio. Muy buena situación, yo me habría contentado. Me presentó a su mujer, increíblemente culona, y nos dejó. Ella estaba incómoda, se veía, a solas conmigo. La comprendía, yo no me ando con chiquitas en estos casos. No había razones para que aquello acabara o continuara. Pues que acabara entonces. Dije que iba a bajar a la cochera a acostarme. El cochero protestó. Insistí. Atrajo la atención de su mujer sobre una pústula que tenía yo en la coronilla, me había quitado el sombrero, por educación. Hay que procurar quitar eso, dijo ella. El cochero nombró un médico a quien tenía en gran estima y que le había curado de una induración en el trasero. Si quiere acostarse en la cochera, dijo la mujer, que se acueste en la cochera. El cochero cogió la lámpara de encima de la mesa y me precedió en la escalera que bajaba a la cochera, era más bien una escalerilla, dejando a su mujer en la oscuridad. Extendió en el suelo, en un rincón, sobre la paja, una manta de caballo, y me dejó una caja de cerillas, para el caso de que tuviera necesidad de ver claro durante la noche. No me acuerdo lo que hacía el caballo entretanto. Tumbado en la oscuridad oía el ruido que hacía al beber, es muy particular, el brusco corretear de las ratas y por encima de mí las voces mitigadas del cochero y su mujer criticándome. Tenía en la mano la caja de cerillas, una sueca tamaño grande. Me levanté en la noche y encendí una. Su breve llama me permitió descubrir el coche. Me dieron ganas, luego se me quitaron, de prender fuego a la cochera. Encontré el coche en la oscuridad, abrí la portezuela, salieron ratas, me metí dentro. Al instalarme noté enseguida que el coche no estaba derecho, era evidente, con los timones descansando en el suelo. Mejor así, esto me permitía tumbarme a gusto, con los pies más altos que la cabeza sobre la otra banqueta. Varias veces durante la noche sentí que el caballo me miraba por la ventanilla, y el aliento de sus ollares. Desenganchado debía encontrar extraña mi presencia en el coche. Yo tenía frío, había olvidado coger la manta, pero no lo bastante como para levantarme a buscarla. Por la ventanilla del cochera veía la de la cochera, cada vez mejor. Salí del coche. Había menos oscuridad en la cochera, entreveía el pesebre, el abrevadero, los arneses colgados, qué más, cubos y cepillos. Fui a la puerta pero no pude abrirla. El caballo me seguía con la mirada. ¿Así que los caballos no duermen nunca? Pensaba que el cochero tendría que haberle atado, delante del pesebre por ejemplo. Me vi, pues, obligado a salir por la ventana. No fue fácil. Pero ¿qué es fácil? Pasé primero la cabeza, tenía las palmas de las manos sobre el suelo del patio mientras las caderas seguían retorciéndose, atrapadas en el marco de la ventana. Me acuerdo del manojo de hierba del que tiré con las dos manos, para liberarme. Tendría que haberme quitado el abrigo y tirarlo por la ventana, pero no se puede estar en todo. En cuanto salí del patio pensé en alguna cosa. La fatiga. Deslicé un billete en la caja de cerillas, volví al patio y puse la caja en el reborde de la ventana por la que acababa de salir. El caballo estaba en la ventana. Pero después de dar unos pasos por la calle volví al patio y recuperé mi billete. Dejé las cerillas, no eran mías. El caballo seguía en la ventana. Estaba hasta aquí del caballo. El alba asomaba débilmente. No sabía dónde estaba. Tomé la dirección de levante, supongo, para tener cuanto antes claridad. Hubiera querido un horizonte marino, o desértico. Cuando estoy fuera, por la mañana, voy al encuentro del sol, y por la noche, cuando estoy fuera, lo sigo, casi hasta la mansión de los muertos. No sé por qué he contado esta historia. Igual habría podido contar otra. Quizás alguna otra vez podré contar otra. Almas vivas, veréis cómo se parecen.

1945


Traducciones de Félix de Azúa, Ana Maria Moix y Jenaro Talens



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