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La poesía de Yamila Greco: Muros de carne y los vínculos con la derrota. por Daniel Rojas Pachas


La poesía de Yamila Greco: Muros de carne y los vínculos con la derrota.

por Daniel Rojas Pachas.


Yamila Greco poeta argentina nacida en el 79 nos presenta en su colección de poemas respirar puede ser un fracaso (Cinosargo 2009) una serie de códigos que van construyendo a lo largo de todo el libro una imagen del organismo y la existencia sometida a lo abyecto, a la crueldad del encierro con que la carne opera sobre el ser, primordialmente sobre su libertad como ente vivo y aquella voluntad creadora y salvaje que en potencia todos tenemos (en ese proceso también debemos mencionar la inmensa capacidad de destruir que alberga nuestra especie y ante la cual Greco no escatima referencias).

(…)fieras de mi alteración el golpe de los pasos y las puertas

que vienen por qué no se van ajenas a todo lo que se suicida(…)

El cuerpo en tal medida nos comunica sus limitantes y su necesidad auto flagelante al querer romper con las cadenas de su materialidad castigadora. Desde las cicatrices y con cada una de sus partes, vellos, párpados, lágrimas, sangre y otros efluvios corporales se nos revela el sometimiento al que ha sido entregada nuestra especie.

(…)yo no sé si levantar el nylon que cubre mis párpados

cuando el cuerpo se me revuelve en celo

atrevida en leche por mi nariz torcida en sangre

presagio del puño altivo que me descubre en asco (…)

En los poemas del libro el cuerpo asume el rol primordial de hablante, lo peculiar es que la escritora no se coarta a la hora de edificar voces múltiples pues el texto nos habla a veces desde una parte, uñas como cuchillos, brazos como abismos o una lengua abierta, otras como un homúnculo y también desde la categoría de un occiso por ejemplo comunicando la memoria tanto de manos atadas y laceradas, ojos y piel relacionándose e interviniendo con la oscuridad y textura del plástico, lo cual proporciona al cadáver violentado la posibilidad de interactuar como voz con el bodybag que lo contiene o así mismo con la pulcritud clínica de la morgue o la camilla de autopsia.

(…) lo que nos recuerda las manos son las cuerdas

entonces manifiesto por los ojos

la angustia y la crueldad

del plástico forzado por mi cadáver (…)

Esta serie de imágenes por tanto no sólo buscan impactar al lector o ser un referente ligado a una estética escatológica que establece vasos comunicantes con clásicos como Lautréamont o Benn Gottfried de Morgue y otros poemas, por el contrario a la luz de esta lectura se propone que la autora desarrolla toda una percepción de la realidad desde la célula, desde lo somático, pues los significantes se van cargando de una necesidad expresiva que se exterioriza no sólo por medio de una consciencia sino en cada manifestación de la materialidad humana, incluso aquellas de las que se reniegan de forma habitual, la suciedad de la carne, la deformidad, la herida, lo putrefacto, los hedores e incluso aquello que va quedando como restos de una existencia, fragmentos de piel y uñas o partes de un código genético.

Es interesante como esas heridas, esos silencios y explosiones que demuestran los vehículos de los sentidos, labios, dedos y extremidades en general, llaman a sus ascendientes, padres, madres y abuelos, los que a su vez se exponen también convertidos en carne desde visiones que nos hablan de un alimento en descomposición, un fallecido progenitor, olores en la cocina, un gesto peculiar o acción capaz de sintetizar el rol o a la persona, desnuda en su cotidianidad, en su integra constitución.

(…) dónde estás papá dónde caíste en qué fondo te entierran mis manos(…)

También resulta importante destacar como la poesía en este sentido desafía peculiarmente la idea de racionalidad además de la concepción unitaria y estructural del sujeto en que las partes remiten al núcleo o inmanencia del sistema, hablamos de la mente y su calidad de centro operatorio. En la poesía de Greco en cambio, cada miembro, líquido o plaqueta busca expresar la ternura y violencia contenida en el individuo, negando incluso la trascendencia del yo, su psiquis y los productos más evidenciables de su supremacía, el lenguaje, sin obviar tampoco lo inasible, el factor onírico y el éter misterioso del sueño que descubre su matriz en la pesadilla configurada desde el encierro que emerge por causa y medio del cuerpo.

De lo expuesto, surge uno de los símbolos clave en está estructura y diseño poético, el grito. Al cual me referiré en detalle pues asume en la obra dos dimensiones prioritarias.

(…)sombra es el grito cuando limpio mis manos(…)

Por una parte el grito se prioriza como la expresión manifiesta del desarraigo y la necesidad de romper con la tan mentada unidad, es una mirada irascible frente al mundo y la pasividad de nuestras limitaciones, este grito encarna la libertad y voluntad creacionista de la existencia, ese perpetuo e incesante cambio y movilidad que afirma y niega, eleva y derruye. El cuerpo en esa medida aparece como una cárcel o claustro del grito. El envase resulta una de las causas de toda postergación y rango de contención.

(…)la cercanía limita el encaje

que es la carne

mediante el grito que nos triunfa

en delirio acabado

yo me postergo y me rebelo

contra la blanca solicitud (…)

En cuanto a las formas en que el grito se explicita, encontramos la risa, la mueca, babas que se retuercen, códigos que van mas allá de la palabra y que se vinculan a lo kinésico, a formas de comunicación no verbal y principalmente no lingüísticas, lo cual procura una vez más romper con la lógica, con las ataduras de la libertad máxima incluso arriesgando el dolor y daño. Mas allá de un instinto de supervivencia el cuerpo busca los cauces para desatar el afluente del grito, sin embargo este por las condiciones de regularidad a las que somos sometidos desde la cuna, termina empozado en la garganta a mitad de camino como una aflicción irresoluta.

(…)la gota seca de la rabia

marcando muecas

mi baba retorcida

en precipicios

a pleno diente roto

su garganta es mi depósito (…)

El cuerpo se debate de este modo ante la agonía e incapacidad de soportar su intrínseco salvajismo. La fuerza se presenta por su parte encarnando el dolor con señas físicas y también de modo diferido, incompleto, lleno de silencios abiertos a la sobre- y sub-interpretación del destinatario pues el tránsito del cuerpo expone las expectativas y frustraciones que se han tallado en la carne como un mapa que forma la geografía de lo que hemos sido en nuestro devenir. Ahora, si esto lo ligamos al poema y la concepción estética de la autora, el quehacer de Greco se impone como una revelación hecha con bisturís, la memoria tallada en los pliegues y las manchas, en las secreciones y las hendiduras.

La constricción de la carne y la tarea por abrir esta, deformarla, cambiar sus fronteras y escapar de ella opera tanto en un sentido espacial como temporal, desde luego físico y también metafísico e inmaterial como ocurre con el grito, siendo prioritario el sometimiento, el bondage y el fetichismo como una idea que atraviesa por completo la obra.

Y es en ese punto que surge el segundo nivel en que encontramos el grito, también como un instrumento simbólico que comunica el génesis de toda forma viva y su crisis.

(…)los gritos son el inicio de toda creación maldita(…)

Desde esta perspectiva, la voz podemos ubicarla fuera como una materialidad que pretende comunicar el nacimiento y que procedimientos y conflictos intervienen en su origen y en la forja del pensamiento y la sensibilidad. Aquí se refuerza la idea de los límites que nos atrapan y como la libertad se comunica con la extinción propia del ser, el suicidio o la mutilación a fin de superar el mito de la unidad del individuo.

La escisión emerge como una especie de catarsis para así poder valorar como los fragmentos y la deconstrucción del ser, opera cual respuesta ante el encierro. Lo cual revela lo miserable e inacabado de una mal llamada naturaleza humana o del ser y por ende también del la realidad castrada y reducida en la palabra, la voluntad diferida en el cuerpo y el grito depositado en la garganta. Cada forma de reducir y confinar al mundo expone dentro de sí, el germen mismo de su autodestrucción.

El cuerpo como hemos visto no es la excepción, por tanto la autora nos presenta su diseño como un edificio hecho para el desencanto, el fracaso y la amargura.

(…)iluminar los ojos con la hermosa sinceridad

de las manos en mis fósforos

cortar la carne es

permitir el hueso

golpe

silencio golpe

golpe

toda mano en la garganta entorpece

la tarea de los dientes (…)

En cuanto a las vertientes de escape por eversivas que luzcan ante el filtro de la lógica al ubicar en un pedestal categorías sadomasoquistas, hedonistas y dionisiacas, estas sin embargo no dejan de revelar una necesidad en la construcción del verosímil y la ansía de verdad que el hombre desde sus albores ha perseguido y expuesto en sus tragedias y dramas más reconocidos. Siempre ha estado en primera línea la flagelación, lo vemos la ceguera que Edipo se auto inflinge al reconocer su sino, también es revelador el asesinato que llevan a cabo Orestes y Electra para resolver su venganza y poner fin a su postergación o el gran mito que ha marcado a occidente durante estos dos mil años, la pasión del hijo de Dios, flagelado, muerto y resucitado y así podríamos seguir nombrando casos que tiñen de sangre y con partes mutiladas nuestra historia intra- y extra-literaria.

En definitiva el cuerpo tibio como habitación y sus muros constituyen el edificio, y son sus desechos los que sostienen a la especie. Sus cimientos los encontramos en lo abyecto y en cada rincón o escondrijo de la superestructura humana, la carne, la materialidad y esa existencia que devora y da cobijo a cualquier forma de esencialidad. Allí percibimos el forzamiento, esa ansia de liberarse que trasunta una violencia sobre los pliegues y hendiduras del cuerpo, lo cual demuestra las falencias y miserias del humano y la débil provocación a la que se someten sus pasiones

(…)metástasis es mi hermana

o el desequilibrio sin presencias deformadas

dentro de una habitación sostenida por la basura (…)


En cuanto a la lucha interna, esta se inicia no sólo de modo espontáneo al reconocerse, también emerge desde el grito del otro, generalmente por medio de la presencia vinculante de animales, el ladrido del perro, el aullido del lobo que en completitud comunican una existencia relegada, domesticada ante la cual al hombre no le queda más que responder en celo, expresando su libertad de bestia encerrada en los dominios de su cuerpo. Esto se ve en frases como: (…) pueden levantar los ojos porque es mi nombre tentado bajo el grito de los perros (…) formó su sexo como tibia pero muerta en la vulva el lobo trepando mugre (…)

El otro elemento provocador es la lujuria que se atribuye a la sombra que Dios constituye; la culpa, la represión el pecado, la flagelación y el placer del dolor en esa imagen de perfección y castidad que los sistemas religiosos han provisto.

(…)es la lujuria de Dios con su hábito de sombra

arrastrando mi nacimiento contra las ventanas (…)

De este modo se establecen los vasos comunicantes del castigo con el deseo, lo cual revela también la dimensión integra del grito y el punto de fuga tan anhelado. Por eso los elementos ya explicitados, uñas, carne, vellos, juegan un doble papel, el de barrote y muro de contención y el de arma e instrumento para proveer ese placentero y necesario dolor.

(…)colgando por las venas cuerpo y parte de algún balcón amable (…) o (…) masticar la angustia como forzar los vidrios hasta que la uña arrastre columna y carne …)

En la poesía se realza un parangón entre lo que serían partes de un edificio/espacio de encierro, dientes-vidrios, cuerpo-muro, espalda-columna, y en otras ocasiones herramientas para la autodestrucción, cabellos-soga uñas-cuchillo, dientes-guillotinas, filosos, rotos.

Significantes con una doble cualidad, contradictoria, comunicada por el castigo y por la represión y la ávida necesidad de libertad. Elementos iconoclastas que sin duda superan la aflicción. El objetivo es festinar el cuerpo en todas sus cualidades, y principalmente como arquitectura salvaje, reprimida por el control y aún así capaz de conectarse con las vías subterráneas de su deformación animal o retorno al mundo y al vitalismo más puro, libre de las consideraciones y ataduras emocionales de la supervivencia, sobre todo cuando el organismo encuentra su verdadera dignidad y trascendencia en la emoción de vivir con todo lo que esos cambios, humores, hedores y filamentos implican.

En conclusión la visión somática que plantea el texto de Greco resulta en integridad, una búsqueda por la iluminación del ser y su materia sin negar los mecanismos y artificios caníbales y animales, depredadores y autótrofos que lo componen. Búsqueda que en otros textos podemos hallar desde la lógica, la mayéutica, la meta-poesía y metatextualidad de la llamada poesía autoconsciente, en el trabajo de Greco en cambio, el recorrido aparece como una épica y canto a la escatología y las dimensiones más privadas y autenticas de la vida, no hablemos del tigre y el cordero de Blake, sino del lobo y el conejo que la poeta argentina contrapone, figuras clave para entender y adherir a la estética encarnada que propone, célula, materia, vitalismo, exhuberancia y grito, una visión fuerte y anti-esterilizante de la creación lírica, que busca como bien dice en uno de sus textos: “pegarse (yo diría poetizar) hasta confundirse con la sangre”.

Daniel Rojas Pachas.

Diciembre del 2009


"respirar puede ser un fracaso"

de Yamila Greco

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