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El lugar sin límites de José Donoso (fragmento)


CAPÍTULO I

La Manuela despegó con dificultad sus ojos lagañosos, se estiró apenas y volcándose hacia el lado opuesto de donde dormía la Japonesita, alargó la mano para tomar el reloj. Cinco para las diez. Misa de once. Las lagañas latigudas volvieron a sellar sus párpados en cuanto puso el reloj sobre el cajón junto a la cama. Por lo menos media hora antes que su hija le pidiera el desayuno. Frotó la lengua contra su encía despoblada: como aserrín caliente y la respiración de huevo podrido. Por tomar tanto chacolí para apurar a los hombres y cerrar temprano. Dio un respingo —¡claro!—, abrió los ojos y se sentó en la cama: Pancho Vega andaba en el pueblo. Se cubrió los hombros con el chal rosado revuelto a los pies del lado donde dormía su hija. Sí. Anoche le vinieron con ese cuento. Que tuviera cuidado porque sacaron la ropa y poniéndole su famoso vestido de española a la fuerza se lo rajaron entero. Habían comenzado a molestar a la Japonesita cuando llegó don Alejo, como por milagro, como si lo hubieran invocado. Tan bueno él. Si hasta cara de Tatita Dios tenía, con sus ojos como de loza azulina y sus bigotes y cejas de nieve.
Se arrodilló para sacar sus zapatos de debajo del catre y se sentó en la orilla para ponérselos. Había dormido mal. No sólo el chacolí, que hinchaba tanto. Es que quién sabe por qué los perros de don Alejo se pasaron la noche aullando en la viña... Iba a pasarse el día bostezando y sin fuerza para nada, con dolores en las piernas y en la espalda. Se amarró los cordones lentamente, con rosas dobles... al arrodillarse, allá en el fondo, debajo del catre, estaba su maleta. De cartón, con la pintura pelada y blanquizca en los bordes, amarrada con un cordel: contenía todas sus cosas. Y su vestido. Es decir, lo que esos brutos dejaron de su vestido tan lindo. Hoy, junto con despegar los ojos, no, mentira, anoche, quién sabe por qué y en cuanto le dijeron que Pancho Vega andaba en el pueblo, le entró la tentación de sacar su vestido otra vez. Hacía un año que no lo tocaba. ¡Qué insomnio, ni chacolí agriado, ni perros, ni dolor en las costillas! Sin hacer ruido para que su hija no se enojara, se inclinó de nuevo, sacó la maleta y la abrió. Un estropajo. Mejor ni tocarlo. Pero lo tocó. Alzó el corpiño... no, parece que no está tan estropeado, el escote, el sobaco... componerlo. Pasar la tarde de hoy domingo cosiendo al lado de la cocina para no entumirme. Jugar con los faldones y la cola, probármelo para que las chiquillas me digan de dónde tengo que entrarlo porque el año pasado enflaquecí tres kilos. Pero no tengo hilo. Arrancando un jironcito del extremo de la cola se lo metió en el bolsillo. En cuanto le sirviera el desayuno a su hija iba a alcanzar donde la Ludovinia para ver si entre sus cachivaches encontraba un poco de hilo colorado, del mismo tono. O parecido. En un pueblo como la Estación El Olivo no se podía ser exigente. Volvió a guardar la maleta debajo del catre. Sí, donde la Ludo, pero antes de salir debía cerciorarse de que Pancho se había ido, si es que era verdad que anoche estuvo. Porque bien podía ser que hubiera oído esos bocinazos en sueños como a veces durante el año le sucedía oír su vozarrón o sentir sus manos abusadoras, o que sólo hubiera imaginado los bocinazos de anoche recordando los del año pasado. Quién sabe. Tiritando se puso la camisa. Se arrebozó en el chal rosado, se acomodó sus dientes postizos y salió al patio con el vestido colgado al brazo. Alzando su pequeña cara arrugada como una pasa, sus fosas nasales negras y pelosas de yegua vieja se dilataron al sentir en el aire de la mañana nublada el aroma que deja la vendimia recién concluida.
Semidesnuda, llevando una hoja de periódico en la mano, la Lucy salió como una sonámbula de su pieza.
— ¡Lucy!
Va apurada: tan traicioneros los vinos nuevos. Se encerró en el retrete que cabalga a la acequia del fondo del patio, junto al gallinero. Pero no, no voy a mandar a la Lucy. A la Clotilde si.
— ¡Oye, Cloty!
...con su cara de imbécil y sus brazos flacuchentos hundidos en el jaboncillo de la artesa entre el reflejo de las hojas del parrón.
—Mira, Cloty...
—Buenos días.
— ¿Dónde anda la Nelly?
—En la calle, jugando con los chiquillos de aquí del lado. Tan buena con ella que es la señora, sabiendo lo que una es y todo...
Puta triste, puta de mal agüero. Se lo dijo a la Japonesita cuando asiló a la Clotilde hacía poco más de un mes. Y tan vieja. Quién iba a querer pasar para adentro con ella. Aunque en la noche, embrutecidos por el vino y con la piel hambrienta de otra piel, de cualquier piel con tal que fuera caliente y que se pudiera morder y apretar y lamer, los hombres no se daban cuenta ni con qué se acostaban, perro, vieja, cualquier cosa. La Clotilde trabajaba como una mula, sin protestar ni siquiera cuando la mandaban a arrastrar las javas de Cocacola de un lado para otro. Anoche le fue mal. Tenía entusiasmo el huaso gordo, pero cuando la Japonesita anunció que iba a cerrar, en vez de irse a la pieza con la Cloty dijo que iba a salir a la calle a vomitar y no volvió. Por suerte que ya había pagado el consumo.
—Quiero mandarla. ¿No ves que si Pancho anda por ahí no voy a poder ir a misa? Dile a la Nelly que se asome en toditas las calles y que me venga a avisar si ve el camión. Ella sabe, ese colorado. ¿Cómo me voy a quedar sin misa?
La Clotilde se secó las manos en su delantal.
—Ya voy.
— ¿Hiciste fuego en la cocina?
—Todavía no.
—Entonces convídame unas brasitas para hacerle el desayuno a la niña.
Al agacharse sobre el brasero de la Clotilde preparándole el desayuno al alba después de trabajar toda la noche, con las ventoleras que entraban al salón por las ranuras de la calamina mal atornillada, donde las tejas se corrieron con el terremoto. A la Clotilde le iba tan mal en el salón que podía dejarla para sirviente. Y a la Nelly para los recados, y cuando creciera... Sí, que la Clotilde les llevara el desayuno a la cama. Qué otro trabajo quería a su edad. Además, no era floja como las demás putas. La Lucy regresó a su pieza. Allí se echaría en su cama con las patas embarradas como una perra y se pasaría toda la tarde entre las sábanas inmundas, comiendo pan, durmiendo, engordando. Claro que por eso tenía tan buena clientela. Por lo gorda. A veces un caballero de lo más caballero hacía el viaje desde Duao para pasar la noche con ella. Decía que le gustaba oír el susurro de los muslos de la Lucy frotándose, blancos y blandos al bailar. Que a eso venía. No como la Japonesita que aunque quisiera ser puta la pobre, no le resultaría por lo flaca. Pero como patrona era de lo mejor. Eso no podía negarse. Tan ordenada y ahorrativa. Y todos los lunes en la mañana se iba a Talca en el tren a depositar las ganancias en el banco. Quién sabe cuánto tenía guardado. Nunca quiso decirle, aunque esa plata era tan suya como de la Japonesita. Y quién sabe qué iba a hacer con ella porque de gozar no la gozaba. Jamás se compraba un vestido. ¡Qué! ¡Vestido! Ni siquiera quería comprar otra cama para dormir cada una en la suya. Anoche por ejemplo. No durmió nada. Tal vez por los perros de don Alejandro ladrando en la viña. ¿O soñaría? Y los bocinazos. En todo caso, a su edad, dormir con una mujer de dieciocho años en la misma cama no era agradable.
Puso el platillo del pan encima de la taza humeante, y salió. La Clotilde, lava que te lava, le gritó que la Nelly ya había ido a ver. La Manuela no le respondió ni le dio las gracias, sino que acercándose para ver si estaba lavando ropa de las otras putas, alzó sus cejas delgadas como hilos, y mirándola con los ojos fruncidos de fingida pasión, entonó:

Veredaaaaaaaa
tropicaaaaaaaaaaa - aal.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Ojo... Faltan dos páginas.
Entre la 9 (Sí. Anoche le vinieron
con ese cuento. Que tuviera cuidado porque...) y la 12 (sacaron la ropa y poniéndole su famoso vestido
de española a la fuerza...)

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