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Semblanzas Profundas: Las Moscas de Sartre.

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Dentro de las interesantes revisiones que se han hecho de los mitos griegos encontramos la perspectiva existencialista que el filosofo francés Jean Paul Sartre dio a la historia de Electra en su pieza dramática Las Moscas. Antes de referirme a esta versión publicada en el periodo de postguerras, durante el siglo recién pasado, es importante recordar los hechos que acompañan a esta heroína desgraciada que previamente fuese retratada desde múltiples miradas, por los más importantes escritores de tragedia griegos, Esquilo, Euripides y Sófocles.

La agónica vida de esta humillada hija de reyes, nos habla en primer lugar de su padre y la gloriosa gesta que Agamenón, el rey Atreida, emprendiese ante el rapto de la bella Helena, a manos del príncipe troyano Paris. Al ser regidor plenipotenciario de los Aqueos y hermano de Menéalo (el esposo ofendido) tanto por una obligación fraterna como por ambiciones expansionistas, Agamenón debió acompañar y liderar las huestes, Griegas siendo parte agonal dentro de una de las empresas bélicas más trascendentales en la formación cultural y social de occidente.

La guerra lo enfrentaría a Príamo y a su legendario hijo Héctor, el domador de Caballos. El épico canto de Homero, La Iliada nos entrega pormenores sobre el actuar de Agamenón y detalla la astucia de Ulises en otra de sus obras cumbres, la Odisea, en la cual el rey griego, no deja de jugar un papel importante al interactuar con el navagente de Ítaca en su descenso a los infiernos y narrarle su infausta suerte y educarlo sobre la responsabilidad vital del hombre en su trato con los otros y su comunidad.

Empero, los hechos que desencadenan la historia de Electra, ocurren fuera del campo de batalla y lejos del terreno de las aventuras míticas, mas bien en la intimidad familiar. Una vez triunfante y de regreso al hogar, en lugar de un cálido recibimiento y loas, el Rey nieto de Pelope, encuentra el frío toque de la traición, siendo asesinado de forma falaz a manos de su mujer Clitemnestra y el amante de la misma, el conspirador Egisto.

Las formas en que se comete el asesinato, cuanta responsabilidad cabe a Egisto o Clitemnestra en el hecho de sangre y las causas: “celos y despecho hacia Cassandra, amante de Agamenón obtenida como botín de guerra, meras ansías de poder, o venganza por el sacrificio de su hija Ifigenia en honor a los Dioses”, cambia de acuerdo al autor que toma el mito. Lo que no varía es el resultado del crimen y la suerte que corren dos de sus hijos, Orestes y Electra, a Crisótemis no la menciono, por su escasa participación y por el tratamiento indulgente que se le hado con respecto a su visión del crimen materno. En cambio el varón y menor de los cuatro hijos, Orestes y la fiel y vengativa Laódice, mejor conocida como Electra, encierran una preponderancia mítica e incluso psicoanalítica en cuanto a su actuar matricida.

Del comportamiento de la última se desprende la teoría de Jung sobre el complejo de Electra, par opuesto al planteado por Freud para el desarrollo de la sexualidad del varón en base a la tragedia del Tebano Edipo.

Mas volviendo al tema que nos llama, lo que en definitiva cuentan las versiones mayoritarias en torno a la suerte de los herederos de Agamenón, si bien varía en el trato y estilo de cada dramaturgo, se mantiene dentro de ciertos límites que podemos detallar brevemente. Orestes fue salvado de ser muerto siendo un infante, en algunos casos por la misma Electra en otros por una nodriza fiel. La amenaza que se cernía sobre su inocente ser, eran las ínfulas del maquiavélico Egisto, que había planeado eliminar la descendencia de su enemigo para evitar se cumpliera la profecía de su muerte y la de su cómplice, a manos de los hijos de está.

Una vez seguro en el monte Parnaso, donde el rey Estrofio se hizo cargo de criarlo, Orestes madura y se vuelve un campeón, y una vez cumplida la mayoría de edad, impelido por el oráculo de Delfos, retorna para cumplir su violento sino, reencontrar a su hermana y liberarla de su humillación. El haberse convertido a vista y paciencia de la madre en una sirvienta del nuevo reino, en otros casos su rol es el de una exiliada del hogar paterno que debe ver con humildad y resignación el adulterio materno.


Situación ominosa que sufre un quiebre una vez que se reúnen los hermanos, pues maquinada su extrema reposición de justicia, la pérfida esposa y madre y su ladino amante se vuelven el blanco de un sangriento ataque, Orestes y Electra de esta forma pasan a ser instrumentos de una justicia primitiva, fraguada por los Dioses y terminan como seres culposos, perseguidos por las Erinias, personificaciones femeninas de la venganza, que acechaban de manera perenne a los criminales. Como una metáfora viva y tormentosa de la conciencia, los hermanos, cualquiera sea la versión griega revisada, aceptan estoicos el acoso de estos espíritus esperpénticos como pago a su destino infame. El predeterminismo de los dioses se traduce en un vagar que acepta el crimen como un acto consciente pero jamás libre, pues a este, nunca se pudieron oponer con voluntad férrea. El acto como las consecuencias se asumen producto de un poder superior, la sumisión se comparte como un acto de mala fe para el cual se nace, en términos naturalistas, ellos heredaron la culpa de sus progenitores para sucederla y preservarla hasta el fin de sus días y el comienzo de los que vendrán a reemplazarlos, pues Orestes luego de su crimen y expiaciones, iniciaría relaciones con una descendiente de Egisto, a la cual a su vez él deberá matar, para no repetir el error del asesino de su propio padre: Dejar respirando un vástago del enemigo.


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En este caso como en el de la tragedia Edípica, la fuerza del destino es el principal actante opositor de los protagonistas, una fuerza inconmensurable y omnipotente que desde su mirada existencial, Sartre logra re-edificar a fin de exponer su pensamiento humanista y liberador. En las Moscas queda patente su intención existencial en los diálogos de gran retórica que sostiene su versión de Orestes contra Zeuz, desafiando la voluntad patriarcal y esclavizante de un demiurgo que controla el destino y esperanza de sus súbditos de manera esencialista, por otra parte, están los monólogos finales de su diseño del personaje, que a diferencia del quedo y determinista de los griegos, acepta la responsabilidad plena de su crimen.

Antes de ese acto que le da sustancia por voluntad propia, Orestes se reconoce un títere, un ser sin conciencia arrastrado como una pluma por fuerzas externas, una guiñapo que delega culpas y excusas frente a cada acto realizado otorgando voz y poderío a motores inmóviles o mecanismos de decisión comunitaria instauradores y seguidores de normas.

La mera imposición de fuerzas foráneas, sea cual sea el origen de estas, sucumbe al interior del texto, su majestad es aplacada ante el grito personalísimo de emancipación del protagonista, su actuar en todo caso, se torna indeterminado y absurdo para sus pares, pero consecuente y veraz consigo, con su existencia que finalmente tiene un camino propio y verdadero que deberá desde ese momento en que se capta a si mismo continuar como una edificación perpetua. E ahí, la carga de existir para Sartre, y que Orestes descubre. Se trata de la agotadora tarea de definirse, solo, libre y responsable, día y a día. Podríamos en otras palabras decir que el Orestes de Sartre, tras su crimen, vuelve a nacer, o nace verdaderamente para sí, para como él se desea y realiza al abrazar su individualidad, su condición humana y precaria; pensar y sentir sin barreras, en que todo acto resulta vinculante, pues es una elección a comunicar a los otros, aquellos que incluso muchas veces no entenderán por miedo, por rencor o comodidad, frustrando tus esfuerzos.

Por ello, más allá de toda culpa sostenida por el paradigma griego, lo genial del Orestes existencial, es el asumir el peso integro de su proceder, la carga de las muertes, el haber blandido el cuchillo lo cual a su vez lo distancia y diferencia del pueblo de Micenas y su propia hermana Electra, que fiel a la visión clásica, no puede escapar del sino y es devorada por la facilidad de aceptar esa moral paralizante que facilista la relega a no asumir la carga de ser, pues opta por continuar en un mundo donde es menos complejo vivir con los ojos cerrados y de acuerdo a lo que todos piensan y sienten, mundo en el que cualquier acto de liberación incluso el más aberrante o genuino, cualquier reclamo o crítica, cualquier opinión que contradiga al pastor y su rebaño servil, al caudillo y su sequito zombificado, no pasara de ser más que una amenaza.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en: Cinosargo


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