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Las Moscas de Sartre

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LAS MOSCAS

(Texto completo en Cinosargo Revista Literaria)

Drama en tres actos

A CHARLES DULLIN
en prueba de agradecimiento y amistad


PERSONAJES

JÚPITER

ORESTES

EGISTO

EL PEDAGOGO

PRIMER GUARDIA

SEGUNDO GUARDIA

EL GRAN SACERDOTE

ELECTRA

CLITEMNESTRA

UNA ERINIA

UNA JOVEN

UNA VIEJA

HOMBRES Y MUJERES DEL PUEBLO

ERINIAS

SERVIDORES

GUARDIAS DEL PALACIO

Esta obra fue estrenada en el Teatro de la Cité (Dirección Charles Dullin) por los señores Charles Dullin, Joffre, Paul Cetly, Jean Lannier, Norbert, Luden Arnaud, Marcel d'Orval, Bender y las señoras Perret, Olga, Dominique, Cassan.


ACTO I

Una plaza de Argos. Una estatua de Júpiter, dios de las moscas
y de la muerte. Ojos blancos, rostro embadurnado de sangre.

ESCENA I

Entran en procesión VIEJAS vestidas de negro, y hacen libaciones delante de la estatua. Al fondo, un IDIOTA sentado en el suelo. Entran ORESTES y el PEDAGOGO, luego JÚPITER.

ORESTES.— ¡Eh, buenas mujeres!

Todas las VIEJAS se vuelven lanzando un grito.

EL PEDAGOGO.— ¿Podéis decirnos?...

Las VIEJAS escupen al suelo dando un paso atrás.

EL PEDAGOGO.— Escuchad, somos viajeros extraviados. Sólo os pido una indicación.

Las VIEJAS huyen dejando caer las urnas.

EL PEDAGOGO.— ¡Viejas piltrafas! ¿No se diría que me derrito por sus encantos? ¡Ah, mi amo, qué viaje agradable! Y qué buena inspiración la vuestra de venir aquí cuando hay más de quinien­tas capitales, tanto en Grecia como en Italia, con buen vino, po­sadas acogedoras y calles populosas. Parece que estos montañeses nunca han visto turistas: cien veces he preguntado por el camino en este maldito caserío que se achicharra al sol. Por todas partes los mismos gritos de espanto y las mismas desbandadas, las pe­sadas carreras negras por las calles enceguecedoras. ¡Puf! Estas calles desiertas, el aire que tiembla, y este sol... ¿Hay algo más siniestro que el sol?

ORESTES.— He nacido aquí...

EL PEDAGOGO.— Así parece. Pero en vuestro lugar, yo no me jac­taría de ello.

ORESTES.— He nacido aquí y debo preguntar por mi camino como un viajero. ¡Llama a esa puerta!

EL PEDAGOGO.— ¿Qué esperas? ¿Que os respondan? Mirad un poco esas casas y decidme qué parecen. ¿Dónde están las ventanas?, Las abren a patios bien cerrados y bien sombríos, me lo imagino, y vuelven el trasero a la calle... (Gesto de ORESTES) Está bien. Llamo, pero sin esperanza.

Llama. Silencio. Llama de muevo; la puerta se entreabre.

UNA VOZ.— ¿Qué queréis?

EL PEDAGOGO.— Una sencilla pregunta. ¿Sabéis dónde vive...? La puerta vuelve a cerrarse bruscamente.

EL PEDAGOGO.— ¡Idos al infierno! ¿Estáis contento, señor Orestes, y os basta la experiencia? Puedo, si queréis, llamar a todas las puertas.

ORESTES.— No, deja.

EL PEDAGOGO.— ¡Toma! Pero si aquí hay alguien. (Se acerca al IDIOTA.) ¡Señor mío!

EL IDIOTA.— ¡Eh!

EL PEDAGOGO (nuevo saludo).— ¡Señor mío!

EL IDIOTA.— ¡Eh!

EL PEDAGOGO.— ¿Os dignaréis indicarnos la casa de Egisto?

EL IDIOTA.— ¡Eh!

EL PEDAGOGO.— De Egisto, el rey de Argos.

EL IDIOTA.— ¡Eh! ¡Eh!

JÚPITER pasa por el fondo.

EL PEDAGOGO.— ¡Mala suerte! El primero que no se escapa es idiota (JÚPITER vuelve a pasar). ¡Vaya! Nos ha seguido hasta aquí.

ORESTES.— ¿Quién?

EL PEDAGOGO.— El barbudo.

ORESTES.— Estás soñando.

EL PEDAGOGO.— Acabo de verlo pasar.

ORESTES.— Te habrás equivocado.

(Texto completo en Cinosargo Revista Literaria)




1 comentario:

Anónimo dijo...

Los invitamos a participar del sig. blog de Sartre y Beauvoir:

www.aleerqueseacabalemundo.blogspot.com

Saludos

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