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Guerra aérea y literatura

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Guerra aérea y literatura

Sebald, W.G.

Sobre la historia natural de la destrucción / Traducción de Miguel Sáenz

Editorial Anagrama, 2003

Conferencias de Zurich

El truco de la eliminación es el reflejo defensivo de cualquier experto.

STANISLAW LEM, Incógnita

I

Es difícil hacerse hoy una idea medianamente adecuada de las dimensiones que alcanzó la destrucción de las ciudades alemanas en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, y más difícil aún reflexionar sobre los horrores que acompañaron a esa devastación. Es verdad que de los Strategic Bombing Surveys de los Aliados, de las encuestas de la Oficina Federal de Estadística y de otras fuentes oficiales se desprende que sólo la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre el territorio enemigo, que de las 131 ciudades atacadas, en parte sólo una vez y en parte repetidas veces, algunas quedaron casi totalmente arrasadas, que unos 600.000 civiles fueron víctimas de la guerra aérea en Alemania, que tres millones y medio de viviendas fueron destruidas, que al terminar la guerra había siete millones y medio de personas sin hogar, que a cada habitante de Colonia le correspondieron 31,4 metros cúbicos de escombros, y a cada uno de Dresde 42,8..., pero qué significaba realmente todo ello no lo sabemos. Aquella aniquilación hasta entonces sin precedente en la Historia pasó a los anales de la nueva nación que se reconstruía sólo en forma de vagas generalizaciones y parece haber dejado únicamente un rastro de dolor en la conciencia colectiva; quedó excluida en gran parte de la experiencia retrospectiva de los afectados y no ha desempeñado nunca un papel digno de mención en los debates sobre la constitución interna de nuestro país, ni se ha convertido nunca, como hizo constar luego Alexander Kluge, en una cifra oficialmente legible... Una situación por completo paradójica si se piensa cuántas personas estuvieron expuestas a esa campaña día tras día, mes tras mes, año tras año, y cuánto tiempo, hasta muy avanzada la posguerra, siguieron enfrentándose con sus consecuencias reales que (como hubiera cabido pensar) sofocaban toda actitud positiva ante la vida. A pesar de la energía casi increíble con que, después de cada ataque, se trataba de restablecer unas condiciones en cierta medida aceptables, en ciudades como Pforzheim, que en un solo raid en la noche del 23 de febrero de 1945 perdió casi un tercio de sus 60.000 habitantes, todavía después de 1950 había cruces de madera sobre los montones de escombros, y sin duda los espantosos olores que, como cuenta Jannet Flanner en marzo de 1947, se despertaron en los bostezantes sótanos de Varsovia con los primeros calores de la primavera, se esparcieron también inmediatamente después de la guerra por las ciudades alemanas. Sin embargo, aparentemente, no penetraron en la conciencia de los supervivientes que resistieron en el lugar de la catástrofe. La gente se movía «por las calles entre las horrorosas ruinas», decía una nota fechada a finales de 1945 de Alfred Döblin en el suroeste de Alemania, «realmente como si no hubiera pasado nada... y la ciudad hubiera sido siempre así». El reverso de esa apatía fue la declaración del nuevo comienzo, el indiscutible heroísmo con que se abordaron sin demora los trabajos de desescombro y reorganización. En un folleto dedicado a la ciudad de Worms en 1945-1955 se dice que «el momento reclama hombres hechos y derechos, de actitud y objetivos limpios. Casi todos estarán también en el futuro en la vanguardia de la reconstrucción». Incluidas en el texto redactado por un tal Willi Ruppert, por encargo del ayuntamiento, hay numerosas fotografías, entre ellas las dos de la Kämmererstrasse que se reproducen aquí. Así pues, la destrucción total no parece el horroroso final de una aberración colectiva, sino, por decirlo así, el primer peldaño de una eficaz reconstrucción. A raíz de una conversación mantenida en abril de 1945 con los directivos de IG-Farben en Frankfurt, Robert Thomas Pell deja constancia de su asombro por la extraña mezcla de autocompasión, autojustificación rastrera, sentimiento de inocencia ofendida y despecho en las manifestaciones de la voluntad de los alemanes de reconstruir su país «mayor y más poderoso de lo que nunca fue» –propósito con respecto al cual no se quedaron luego atrás, como se puede ver en las postales que los que viajan a Alemania pueden comprar hoy en los quioscos de periódicos de Frankfurt y enviar a todo el mundo desde la metrópoli del Main–. La reconstrucción alemana, entretanto ya legendaria y, en cierto aspecto, realmente digna de admiración, después de la devastación causada por el enemigo, una reconstrucción equivalente a una segunda liquidación, en fases sucesivas, de la propia historia anterior, impidió de antemano todo recuerdo; mediante la productividad exigida y la creación de una nueva realidad sin historia, orientó a la población exclusivamente hacia el futuro y la obligó a callar sobre lo que había sucedido. Los testimonios alemanes de esa época, que apenas se remonta una generación, son tan escasos y dispersos que, en la colección de reportajes publicada por Hans Magnus Enzensberger en 1990 Europa in Trümmern (Europa en ruinas), sólo periodistas y escritores extranjeros toman la palabra, con trabajos que hasta entonces en Alemania, significativamente, apenas se habían conocido. Los pocos relatos en alemán procedían de antiguos exiliados o de otros marginales como Max Frisch. Los que se quedaron en casa y, como por ejemplo Walter von Molo y Frank Thiess en la deplorable controversia sobre Thomas Mann, gustaban de decir que, a la hora de la desgracia, habían aguantado en su patria mientras otros contemplaban la función desde sus asientos de palco en América, se abstuvieron casi por completo de comentar el proceso y el resultado de la destrucción, sin duda en gran parte por miedo de caer en desgracia con las autoridades de ocupación si sus descripciones eran realistas. En contra de la suposición general, el déficit de transmisión de lo contemporáneo tampoco fue compensado por la literatura de la posguerra, deliberadamente reconstituida desde 1947, de la que hubiera cabido esperar alguna luz sobre la verdadera situación. Si la vieja guardia de los llamados emigrantes interiores se ocupaba sobre todo de darse una nueva apariencia y, como señala Enzensberger, evocaba la herencia humanista occidental con abstracciones interminablemente prolijas, la generación más joven de los escritores que acababan de regresar estaba tan concentrada en el relato de sus propias vivencias bélicas, que siempre derivaba hacia lo sensiblero y lacrimógeno, y parecía no tener ojos para los horrores, por todas partes visibles, de la guerra. Incluso la muy nombrada literatura de las ruinas, que se había fijado programáticamente un sentido insobornable de la realidad y, según confesión de Heinrich Böll, se ocupaba principalmente «de lo que... encontramos al volver a casa», resulta ser, bien mirada, un instrumento ya afinado con la amnesia individual y colectiva, probablemente influido por una autocensura preconsciente, para ocultar un mundo del que era imposible hacerse ya una idea. A causa de un acuerdo tácito, igualmente válido para todos, no había que describir el verdadero estado de ruina material y moral en que se encontraba el país entero. Los aspectos más sombríos del acto final de una destrucción, vividos por la inmensa mayoría de la población alemana, siguieron siendo un secreto familiar vergonzoso, protegido por una especie de tabú, que quizá no se podía confesar ni a uno mismo. De todas las obras literarias surgidas a finales de los cuarenta, la novela de Heinrich Böll El ángel callaba es en realidad la única que da una idea aproximada de la profundidad del espanto que amenazaba apoderarse entonces de todo el que verdaderamente mirase las ruinas que lo rodeaban. Al leerla resulta evidente enseguida que precisamente ese relato, impregnado al parecer de una irremediable melancolía, era demasiado para los lectores de la época, como pensaba la editorial y sin duda también el propio Böll, y por ello no se publicó hasta 1992, casi cincuenta años más tarde. De hecho el capítulo diecisiete, que describe la agonía de la señora Gompertz, es de un agnosticismo tan radical que incluso hoy resulta difícil de olvidar. La sangre oscura, de grumos pegajosos, que en esas páginas brota a raudales y entre espasmos de la boca de la moribunda, se expande por su pecho, tiñe las sábanas y cae al suelo, formando un charco que se extiende rápidamente, esa sangre como tinta y, como el propio Böll subraya, muy negra, es el símbolo de la acedia cordis contra la voluntad de sobrevivir, la depresión lívida, imposible ya de eliminar, en que hubieran tenido que caer los alemanes ante semejante final. Aparte de Heinrich Böll, pocos autores, entre ellos Hermann Kasack, Hans Erich Nossack, Arno Schmidt y Peter de Mendelssohn, se han atrevido a romper el tabú impuesto a la destrucción externa e interna, y en su mayoría desde luego, como se demostrará aún, de una forma más bien discutible. Y aunque en años posteriores los historiadores de la guerra y la patria comenzaron a documentar la caída de las ciudades alemanas, ello no alteró el hecho de que las imágenes de ese terrible capítulo de nuestra historia nunca traspasaran realmente el umbral de la conciencia nacional. Por lo general aparecidas en lugares más o menos apartados –por ejemplo, Feuersturm über Hamburg (Tormenta de fuego sobre Hamburgo) se publicó en 1978 en la Motorbuch Verlag de Stuttgart–, esas compilaciones, a menudo curiosamente poco afectadas por el tema de su investigación, sirvieron ante todo para sanear o apartar un conocimiento inconmensurable para la razón normal y no para intentar comprender mejor la asombrosa capacidad de autoanestesia de una comunidad que, aparentemente, había salido sin daños psíquicos dignos de mención de aquella guerra aniquiladora. La casi total falta de profundos trastornos en la vida interior de la nación alemana denota que la nueva sociedad alemana federal ha traspasado la responsabilidad de las experiencias vividas en la época de su prehistoria a un mecanismo de funcionamiento perfecto que le permite, aun reconociendo de hecho su propio surgimiento de una degradación absoluta, prescindir también por completo de la vida emocional, si es que no añadir un mérito a la hoja de servicios de quien ha logrado soportarlo todo sin ningún indicio de debilidad interior. Enzensberger señala al respecto que no es posible comprender «la misteriosa energía de los alemanes... si no se comprende que han hecho de sus defectos virtud. La inconsciencia –escribe– fue la condición de su éxito». Entre los requisitos del milagro económico alemán no sólo figuran las enormes inversiones del Plan Marshall, el comienzo de la Guerra Fría y el desguace de instalaciones industriales anticuadas, realizado con brutal eficiencia por las escuadrillas de bombarderos, también formaron parte de él la indiscutida ética del trabajo aprendida en la sociedad totalitaria, la capacidad de improvisación logística de una economía acosada por todas partes, la experiencia en la movilización de la llamada mano de obra extranjera y la pérdida, en definitiva sólo lamentada por unos pocos, de la pesada carga histórica que, entre 1942 y 1945, fue pasto de las llamas junto con los seculares edificios de viviendas y comerciales de Nuremberg y Colonia, de Frankfurt, Aquisgrán, Brunswick y Würzburg. En la génesis del milagro económico, éstos fueron factores hasta cierto punto identificables. El catalizador, sin embargo, fue una dimensión puramente inmaterial: la corriente hasta hoy no agotada de energía psíquica cuya fuente es el secreto por todos guardado de los cadáveres enterrados en los cimientos de nuestro Estado, un secreto que unió entre sí a los alemanes en los años posteriores a la guerra y los sigue uniendo más de lo que cualquier objetivo positivo, por ejemplo la puesta en práctica de la democracia, pudo unirlos nunca. Tal vez no sea equivocado recordar precisamente ahora, en ese contexto, que el gran proyecto europeo fracasado ya dos veces ha entrado en una nueva fase, y que la zona de influencia del marco alemán –la Historia se repite a su modo– se extiende con bastante exactitud a la zona ocupada en 1941 por la Wehrmacht.

La cuestión de cómo y por qué el plan de una guerra de bombardeo ilimitado, preconizado por agrupaciones dentro de la Royal Air Force desde 1940 y puesto en práctica en febrero de 1942 empleando un inmenso volumen de recursos personales y de economía bélica, podía justificarse estratégica o moralmente, nunca fue en Alemania, que yo sepa, en los decenios que siguieron a 1945, objeto de un debate público, sobre todo porque un pueblo que había asesinado y maltratado a muerte en los campos a millones de seres humanos no podía pedir cuentas a las potencias vencedoras de la lógica político-militar que dictó la destrucción de las ciudades alemanas. Además no puede excluirse que no pocos de los afectados por los ataques aéreos, como se señala en el relato de Hans Erich Nossack sobre la destrucción de Hamburgo, vieran los gigantescos incendios, a pesar de toda su cólera impotentemente obstinada contra tan evidente locura, como un castigo merecido o incluso como un acto de revancha de una instancia más alta con la que no había discusión posible. Prescindiendo de los comunicados de la prensa nacionalsocialista y de la emisora del Reich, en los que se hablaba siempre al mismo tenor de sádicos ataques terroristas y bárbaros gángsters aéreos, al parecer muy raras veces formuló alguien una queja por la larga campaña de destrucción llevada a cabo por los Aliados. Los alemanes, como se ha informado repetidas veces, asistieron con muda fascinación a la catástrofe que se desarrollaba. «No era ya el momento –escribió Nossack– de señalar diferencias tan insignificantes como las existentes entre amigo y enemigo.» En contraposición a la reacción en su mayor parte pasiva de los alemanes al arrasamiento de sus ciudades, que sentían como un desastre inevitable, en Gran Bretaña el programa de destrucciones dio motivo desde el principio a duros enfrentamientos. No sólo Lord Salisbury y George Bell, obispo de Chichester, formularon repetidas veces y de la forma más insistente ante la Cámara de los Lores y para el público en general el reproche de que una estrategia de ataques dirigidos principalmente contra la población civil no era defendible desde el punto de vista del derecho de la guerra ni de la moral, sino que también las instancias militares responsables estaban divididas en su valoración de esa nueva forma de hacer la guerra. Esa continua ambivalencia en la evaluación de la guerra de destrucción se manifestó más aún después de la capitulación sin condiciones. En la medida en que comenzaron a aparecer en Inglaterra reportajes y fotografías de los efectos de los bombardeos de saturación, creció la repugnancia por lo que, por decirlo así sin pensar, se había ocasionado. «In the safety of peace –escribe Max Hastings–, the bomber’s part in the war was one that many politicians and civilians would prefer to forget.» Tampoco la retrospectiva histórica aportó ninguna aclaración del dilema ético. En la literatura de memorias se siguen reflejando las querellas de los distintos grupos, y el juicio que pretende ser ecuánimemente objetivo de los historiadores fluctúa entre la admiración por la organización de una empresa tan poderosa y la crítica de la inutilidad y bajeza de una actuación llevada sin piedad hasta el fin, contra toda razón. El origen de la estrategia del llamado area bombing se basó en la posición sumamente marginal en que se encontraba Gran Bretaña en 1941. Alemania estaba en el apogeo de su poder, sus ejércitos habían conquistado el continente entero, y estaban a punto de penetrar en África y Asia y de abandonar sencillamente a los británicos, que no tenían ninguna posibilidad real de intervenir, a su destino insular. Con esa perspectiva, Churchill escribió a Lord Beaverbrook diciéndole que sólo había una vía para obligar a Hitler a un enfrentamiento, «and that is an absolutely devastating exterminating attack by very heavy bombers from this country upon the Nazi homeland». Evidentemente, los requisitos previos para una operación de esa índole distaban mucho de darse. Faltaban la base de producción, campos de aviación, programas de formación para tripulaciones de bombardero, explosivos eficaces, nuevos sistemas de navegación y casi cualquier forma de experiencia aprovechable. Lo desesperado de la situación queda reflejado en los extravagantes planes que se aplicaron seriamente a principios de los años cuarenta. Así por ejemplo, se consideró la posibilidad de lanzar estacas de punta de hierro sobre los campos para impedir la recolección de las cosechas, y un glaciólogo exiliado llamado Max Perutz realizó experimentos para el proyecto Habbakuk, que debía producir un enorme portaaviones imposible de hundir, hecho de pykrete, una especie de hielo artificialmente endurecido. Apenas menos fantásticos resultaban los intentos de crear una red defensiva de rayos invisibles, o los complicados cálculos, realizados por Rudolph Peierls y Otto Frisch, de la Universidad de Birmingham, que permitieron considerar la fabricación de una bomba atómica como posibilidad real. No es de extrañar que, con ese trasfondo de ideas que rayaban en lo improbable, la estrategia mucho más fácil de comprender del area bombing, que a pesar de su escasa precisión permitía trazar un frente en cierto modo móvil por todo el territorio enemigo, fuera sancionada por la decisión gubernamental de febrero de 1942 «to destroy the morale of the enemy civilian population and, in particular, of the industrial workers». Esa directriz no surgió, como se afirma una y otra vez, del deseo de acabar rápidamente la guerra mediante la utilización masiva de bombarderos; en resumidas cuentas, era más bien la única posibilidad de intervenir en la guerra. La crítica que se hizo luego (considerando también las víctimas propias) de ese programa de destrucción impulsado sin piedad se orientó principalmente a que se hubiera mantenido cuando se podían realizar ya ataques mucho más precisos y selectivos, por ejemplo contra fábricas de rodamientos de bolas, instalaciones de petróleo y carburantes, nudos de comunicaciones y arterias principales, con lo que, como señaló Albert Speer en sus memorias, muy pronto se hubiera podido paralizar todo el sistema de producción. En la crítica de la ofensiva de bombardeo se señala también que, ya en la primavera de 1944 y a pesar de los ataques incesantes, se perfilaba que la moral de la población alemana estaba aparentemente intacta, la producción de la industria sólo había sido afectada en el mejor de los casos marginalmente, y el fin de la guerra no se había acercado un solo día. Para el hecho de que, no obstante, no se modificaran los objetivos estratégicos de la ofensiva y los tripulantes de los bombarderos, que a menudo acababan de salir del colegio, siguieran expuestos a una ruleta que costaba la vida a sesenta de cada cien, había en mi opinión razones que recibieron escasa atención al escribir la historia oficial. Por un lado, una empresa de las dimensiones materiales y organizativas de la ofensiva de bombardeo, que, según estimaciones de A. J. P. Taylor, devoraba una tercera parte de la producción bélica británica, tenía su propia dinámica hasta tal extremo que quedaban casi excluidas las rectificaciones de rumbo y restricciones a corto plazo, especialmente en unos momentos en que esa empresa, después de tres años de expansión de las instalaciones de fabricación y de base, había alcanzado su punto más alto de desarrollo, es decir, su máxima capacidad de destrucción. Un sano instinto económico se oponía a dejar sencillamente inutilizado el material ya producido, los aparatos y su valiosa carga, en los campos de aviación de la Inglaterra oriental. Fue probablemente decisivo además para la continuación de la ofensiva el valor propagandístico, claramente indispensable para apoyar la moral británica, de las noticias que aparecían diariamente en los periódicos ingleses sobre la labor de destrucción, en unos momentos en que, por lo demás, no había contacto alguno con el enemigo en el continente europeo. Sin duda por esas razones no se planteó la posibilidad de destituir a Sir Arthur Harris (commander in chief of Bomber Command), que siguió aplicando inexorablemente su estrategia cuando el fracaso era ya claro. Algunos comentaristas opinan también «that “BomberHarris had managed to secure a peculiar hold over the otherwise domineering, intrusive Churchill», porque, a pesar de que el primer ministro expresó en diversas ocasiones ciertos escrúpulos por los horribles bombardeos de ciudades abiertas, se tranquilizaba –al parecer por influencia de Harris, que rechazaba cualquier argumento adverso– pensando que sólo se estaba produciendo, como él decía, una justicia poética más alta y «that those who have loosed these horrors upon mankind will now in their homes and persons feel the shattering strokes of just retribution». Realmente es mucho lo que abona la tesis de que con Harris llegó a la cúspide del Bomber Command un hombre que, según Solly Zuckerman, creía en la destrucción por la destrucción, y por ello representaba inmejorablemente el principio más íntimo de toda guerra, es decir, la aniquilación más completa posible del enemigo, con todas sus propiedades, su historia y su entorno natural. Elias Canetti ha relacionado la fascinación del poder, en su manifestación más pura, con el número creciente de víctimas que amontona. Totalmente en ese sentido, la inatacabilidad de la posición de Sir Arthur Harris se basaba en su interés ilimitado por la destrucción. Su plan, mantenido hasta el fin sin concesiones, de sucesivos ataques aniquiladores era de una lógica aplastantemente simple, frente a la cual, todas las alternativas estratégicas reales, como por ejemplo la interrupción del suministro de carburante, tenían que parecer puras maniobras de distracción. La guerra de los bombardeos era la guerra en su forma más pura y franca. De su desarrollo contrario a toda razón se puede deducir que las víctimas de la guerra, como escribe Elaine Scarry en su libro extraordinariamente sagaz The Body in Pain, no son víctimas convertidas en las calles en objetivo de la clase que sea, sino que son, en el sentido más exacto de la palabra, esas calles y ese objetivo mismos.

La mayoría de las fuentes, de muy distintos niveles y, en general, fragmentarias, sobre la destrucción de las ciudades alemanas son de una extraña ceguera, que se debe a su perspectiva limitada, parcial o excéntrica. Por ejemplo, el primer reportaje en directo de un raid sobre Berlín que difundió el Home Service de la BBC resulta más bien decepcionante para quien espere tener una visión de lo sucedido desde un punto de vista superior. Como, a pesar del peligro real constante, apenas pasaba nada que pudiera describirse en aquellas incursiones nocturnas, el reportero (Wynford Vaughan Thomas) tuvo que arreglárselas con un mínimo de contenido real. Sólo el patetismo que de vez en cuando afecta su voz evita que se produzca una impresión de aburrimiento. Oímos cómo los pesados bombarderos Lancaster despegan al caer la noche y, poco después, sobrevuelan el Mar del Norte, con la blanca espuma de la costa debajo. «Now, right before us –comenta Vaughan Thomas con un trémolo apreciable– lies darkness and Germany.» Durante el relato del vuelo, naturalmente muy abreviado, hasta divisar las primeras baterías de luces de la línea de Kammhuber, se presenta a la tripulación al oyente: Scottie, el mecánico, que antes de la guerra era operador de cine en Glasgow; Sparky, el bombardero; Connolly, «the navigator, an Aussie from Brisbane»; «the mid-upper gunner, who was in advertising before the war and the rear gunner, a Sussex farmer». El skipper (comandante) permanece anónimo. «We are now well out over the sea and looking out all the time towards the enemy coast.» Se intercambian diversas observaciones e instrucciones técnicas. A veces se oye el zumbido de los grandes motores. Al aproximarse a la ciudad, los acontecimientos se precipitan. Los conos de los reflectores, entremezclados con las andanadas luminosas del fuego antiaéreo, se dirigen hacia los aparatos; un caza nocturno es derribado. Vaughan Thomas trata de destacar debidamente el momento culminante, habla de un «wall of searchlights, in hundreds, in cones and clusters. It’s a wall of light with very few breaks and behind that wall is a pool of fiercer light, glowing red and green and blue, and over that pool myriads of flares hanging in the sky. That’s the city itself!... It’s going to be quite soundless –continúa Vaughan Thomas– the roar of our aircraft is drowning everything else. We are running straight into the most gigantic display of soundless fireworks in the world, and here we go to drop our bombs on Berlin». Sin embargo, después de ese preámbulo no ocurre realmente nada. Todo va demasiado deprisa. El aparato sale ya de la zona del objetivo. La tensión de la tripulación se resuelve en una súbita locuacidad: «Not too much nattering», recuerda el comandante. «By God, that looks like a bloody good show», dice uno aún. «Best I’ve ever seen», dice otro. Y luego, al cabo de cierto tiempo, un tercero, con voz un poco más baja, casi con una especie de respeto: «Look at that fire! Oh boy!» Cuántos de aquellos grandes incendios hubo entonces. Una vez oí decir a un ex artillero aéreo que veía todavía Colonia en llamas desde su puesto en la torreta de cola cuando estaban ya de vuelta sobre la costa holandesa: una mancha de fuego en la oscuridad como la cola de un cometa inmóvil. Sin duda, desde Erlangen o Forchheim se veía que Nuremberg estaba ardiendo, y, desde las alturas que rodean Heidelberg, era visible el resplandor de los incendios sobre Mannheim y Ludwigshafen. En la noche del 11 de septiembre de 1944, el príncipe de Hesse estaba en la margen de su parque, mirando hacia Darmstadt, a una distancia de 15 kilómetros. «El resplandor aumentó cada vez más, hasta que, al sur, todo el cielo ardió, atravesado por relámpagos rojos y amarillos.» Un recluso de la pequeña fortaleza de Theresienstadt recuerda cómo, desde la ventana de su celda, se veía claramente el reflejo rojo candente sobre Dresde en llamas, a una distancia de 70 kilómetros, y se oían los sordos impactos de las bombas, como si alguien estuviera arrojando sacos de quintal a un sótano muy cerca de él. Friedrich Reck, al que poco antes de terminar la guerra los fascistas llevaron a Dachau por sus manifestaciones subversivas, y murió allí de tifus, anotó en su diario –difícil de sobreestimar como testimonio auténtico de su época– que, durante el ataque aéreo sobre Munich en julio de 1944, el suelo tembló hasta Chiemgau y las ventanas se rompieron a causa de las ondas explosivas. Aunque ésos eran signos inconfundibles de una catástrofe que afectaba a todo el país, no siempre era fácil saber más sobre la índole y las dimensiones de la destrucción. La necesidad de saber luchaba con la tentación de cerrar los sentidos. Por un lado circulaba una gran cantidad de desinformación, por otro, historias ciertas que superaban toda capacidad de entendimiento. En Hamburgo, se dijo, hubo 200.000 muertos. Reck escribe que no puede creer todo lo que se dice, porque ha oído hablar mucho del estado mental «totalmente trastornado de los fugitivos de Hamburgo... de su amnesia y de la forma en que vagaban vestidos sólo con pijama, tal como huyeron al derrumbarse sus casas». También Nossack cuenta algo parecido. «En los primeros días no se podían obtener informaciones exactas. Los detalles de lo que se contaba nunca estaban claros.» Al parecer, bajo la conmoción de lo vivido, la capacidad de recordar había quedado parcialmente interrumpida o funcionaba en compensación de forma arbitraria. Los escapados de la catástrofe eran testigos poco fiables, afectados por una especie de ceguera. En el texto de Alexander Kluge, no escrito hasta 1970, acerca de «El raid aéreo sobre Halberstadt del 8 de abril de 1945», donde al final plantea la cuestión de los efectos del llamado moral bombing, se cita a un psicólogo militar estadounidense que, basándose en conversaciones mantenidas después de la guerra en Halberstadt con supervivientes, tenía la impresión de que «la población, a pesar de su innato gusto por narrar, había perdido la capacidad psíquica de recordar, precisamente dentro de los confines de las superficies destruidas de la ciudad». Aunque en el caso de esa suposición atribuida a una persona supuestamente real se tratara de uno de los famosos artificios pseudodocumentales de Kluge, es sin duda exacta en lo que se refiere al síndrome así identificado, porque los relatos que achaca a los que escaparon con nada más que la vida son en toda regla discontinuos, y tienen una calidad tan errática que resulta incompatible con una instancia narrativa normal, de forma que suscitan con facilidad la sospecha de ser invenciones sensacionalistas. Esa falta de veracidad de los relatos de testigos oculares se debe también a los giros estereotipados que con frecuencia utilizan. La verdad de la destrucción total, incomprensible en su contingencia extrema, palidece tras expresiones apropiadas como «pasto del fuego», «noche fatídica», «envuelto en llamas», «infierno desencadenado», «inmensa conflagración», «espantoso destino de las ciudades alemanas» y otras parecidas. Su función es ocultar y neutralizar vivencias que exceden la capacidad de comprensión. La frase hecha «aquel día espantoso en que nuestra hermosa ciudad fue arrasada», que el investigador de catástrofes estadounidense de Kluge encontró en Frankfurt y en Fürth y en Wuppertal y Würzburg, y también en Halberstadt, no es en realidad más que un gesto para rechazar el recuerdo. Hasta la anotación de Victor Klemperer en su diario sobre la caída de Dresde se mantiene dentro de los límites trazados por las convenciones verbales. Después de lo que hoy sabemos sobre el hundimiento de esa ciudad, nos parece increíble que alguien que, bajo una lluvia de chispas, estuviera en la Brühlterrasse contemplando el panorama de la ciudad en llamas pudiera sobrevivir con la mente imperturbada. El funcionamiento al parecer incólume del lenguaje normal en la mayoría de los relatos de testigos oculares suscita dudas sobre la autenticidad de la experiencia que guardan. La muerte por el fuego en pocas horas de una ciudad entera, con sus edificios y árboles, sus habitantes, animales domésticos, utensilios y mobiliario de toda clase tuvo que producir forzosamente una sobrecarga y paralización de la capacidad de pensar y sentir de los que consiguieron salvarse. Por ello, los relatos de testigos aislados tienen sólo un valor limitado y deben completarse con lo que se deduce de una visión sinóptica y artificial.

En pleno verano de 1943, durante un largo período de calor, la Royal Air Force, apoyada por la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, realizó una serie de ataques aéreos contra Hamburgo. El objetivo de esa empresa, llamada «Operation Gomorrah», era la aniquilación y reducción a cenizas más completa posible de la ciudad. En el raid de la noche del 28 de julio, que comenzó a la una de la madrugada, se descargaron diez toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre la zona residencial densamente poblada situada al este del Elba, que abarcaba los barrios de Hammerbrook, Hamm Norte y Sur, y Billwerder Ausschlag, así como partes de St. Georg, Eilbek, Barmbek y Wandsbek. Siguiendo un método ya experimentado, todas las ventanas y puertas quedaron rotas y arrancadas de sus marcos mediante bombas explosivas de cuatro mil libras; luego, con bombas incendiarias ligeras, se prendió fuego a los tejados, mientras bombas incendiarias de hasta quince kilos penetraban hasta las plantas más bajas. En pocos minutos, enormes fuegos ardían por todas partes en el área del ataque, de unos veinte kilómetros cuadrados, y se unieron tan rápidamente que, ya un cuarto de hora después de la caída de las primeras bombas, todo el espacio aéreo, hasta donde alcanzaba la vista, era un solo mar de llamas. Y al cabo de otros cinco minutos, a la una y veinte, se levantó una tormenta de fuego de una intensidad como nadie hubiera creído posible hasta entonces. El fuego, que ahora se alzaba dos mil metros hacia el cielo, atrajo con tanta violencia el oxígeno que las corrientes de aire alcanzaron una fuerza de huracán y retumbaron como poderosos órganos en los que se hubieran accionado todos los registros a la vez. Ese fuego duró tres horas. En su punto culminante, la tormenta se llevó frontones y tejados, hizo girar vigas y vallas publicitarias por el aire, arrancó árboles de cuajo y arrastró a personas convertidas en antorchas vivientes. Tras las fachadas que se derrumbaban, las llamas se levantaban a la altura de las casas, recorrían las calles como una inundación, a una velocidad de más de 150 kilómetros por hora, y daban vueltas como apisonadoras de fuego, con extraños ritmos, en los lugares abiertos. En algunos canales el agua ardía. En los vagones del tranvía se fundieron los cristales de las ventanas, y las existencias de azúcar hirvieron en los sótanos de las panaderías. Los que huían de sus refugios subterráneos se hundían con grotescas contorsiones en el asfalto fundido, del que brotaban gruesas burbujas. Nadie sabe realmente cuántos perdieron la vida aquella noche ni cuántos se volvieron locos antes de que la muerte los alcanzara. Cuando despuntó el día, la luz de verano no pudo atravesar la oscuridad plomiza que reinaba sobre la ciudad. Hasta una altura de ocho mil metros había ascendido el humo, extendiéndose allí como un cumulonimbo en forma de yunque. Un calor centelleante, que según informaron los pilotos de los bombarderos ellos habían sentido a través de las paredes de sus aparatos, siguió ascendiendo durante mucho tiempo de los rescoldos humeantes de las montañas de cascotes. Zonas residenciales cuyas fachadas sumaban doscientos kilómetros en total quedaron completamente destruidas. Por todas partes yacían cadáveres aterradoramente deformados. En algunos seguían titilando llamitas de fósforo azuladas, otros se habían quemado hasta volverse pardos o purpúreos, o se habían reducido a un tercio de su tamaño natural. Yacían retorcidos en un charco de su propia grasa, en parte ya enfriada. En la zona de muerte, declarada ya en los días siguientes zona prohibida, cuando a mediados de agosto, después de enfriarse las ruinas, brigadas de castigo y prisioneros de campos de concentración comenzaron a despejar el terreno, encontraron personas que, sorprendidas por el monóxido de carbono, estaban sentadas aún a la mesa o apoyadas en la pared, y en otras partes, pedazos de carne y huesos, o montañas enteras de cuerpos cocidos por el agua hirviente que había brotado de las calderas de calefacción reventadas. Otros estaban tan carbonizados y reducidos a cenizas por las ascuas, cuya temperatura había alcanzado mil grados o más, que los restos de familias enteras podían transportarse en un solo cesto para la ropa.

El éxodo de los supervivientes de Hamburgo comenzó ya la noche del ataque.

Empezó, como escribe Nossack, «un desplazamiento incesante por todas las carreteras de los alrededores... sin saber hacia dónde». Hasta los territorios más exteriores del Reich fueron a parar los refugiados, en número de un millón y cuarto de personas. Con fecha 20 de agosto de 1943, en el pasaje antes citado, Friedrich Reck informa de unos cuarenta o cincuenta fugitivos que intentaron asaltar un tren en una estación de la Alta Baviera. Al hacerlo, una maleta de cartón «cayó en el andén, se reventó y se vació de su contenido. Juguetes, un estuche de manicura, ropa interior chamuscada. Finalmente, el cadáver de un niño asado y momificado, que aquella mujer medio loca llevaba consigo como resto de un pasado pocos días antes todavía intacto». Es difícil imaginar que Reck se inventara esa espantosa escena. Por toda Alemania, de una forma o de otra, la noticia de los horrores de la aniquilación de Hamburgo debió de difundirse a través de los fugitivos, que oscilaban entre una histérica voluntad de supervivencia y la más grave apatía. El diario de Reck, al menos, es una prueba de que, a pesar la censura de noticias que reprimía cualquier información exacta, no era imposible saber de qué forma tan aterradora perecían las ciudades alemanas. Reck informa también, un año más tarde, de las decenas de miles que, después del gran ataque a Munich, acamparon en el recinto de la Maximilianplatz. Y escribe luego: «Por la cercana autopista del Reich [se mueve] una interminable corriente de refugiados, frágiles ancianas que arrastran, sobre largos palos que llevan a la espalda, un fardo con sus últimas pertenencias. Pobres sin hogar con la ropa quemada y ojos en los que todavía se refleja el espanto del remolino de fuego, de las explosiones que lo despedazaban todo, de quedar sepultado o de la vergonzosa asfixia en un sótano». Lo más notable de esas anotaciones es su rareza. Realmente parece como si ninguno de los escritores alemanes, con la única excepción de Nossack, hubiera estado en aquellos años dispuesto o en condiciones para escribir algo concreto sobre el curso y los efectos de una campaña de destrucción tan larga, persistente y gigantesca. En eso tampoco cambió nada una vez finalizada la guerra. El reflejo casi natural, determinado por sentimientos de vergüenza y de despecho hacia el vencedor, fue callar y hacerse a un lado. Stig Dagerman, que en el otoño de 1946 informaba desde Alemania para la revista Expressen, escribe desde Hamburgo que viajando en tren, a velocidad normal, estuvo contemplando durante un cuarto de hora un paisaje lunar entre Hasselbrook y Landwehr y no vio un solo ser humano en aquella inmensa zona incontrolada, quizá el campo de ruinas más horrible de toda Europa. El tren, escribe Dagerman, como todos los trenes de Alemania, estaba muy lleno, pero nadie miraba afuera. Y a él lo reconocieron como extranjero porque lo hacía. Janet Flanner, que escribía para el New Yorker, hizo las mismas observaciones en Colonia, que, según dice en sus reportajes, reposa «en su orilla del río... entre los escombros y la soledad de una destrucción física total... sin ninguna figura. Lo que ha quedado de su vida –seguimos leyendo– se abre camino con esfuerzo por carreteras secundarias repletas: una población encogida, vestida de negro... muda como la ciudad». Ese mutismo, ese cerrarse y hacerse a un lado es la razón de que sepamos tan poco de lo que pensaron y vieron los alemanes en el medio decenio comprendido entre 1942 y 1947. Los escombros entre los que vivían siguieron siendo la terra incognita de la guerra. Es posible que Solly Zuckerman presintiera ese déficit. Como todos los que participaron directamente en las discusiones sobre la estrategia de ataque más eficiente, y por tanto tenían cierto interés profesional en los efectos del area bombing, inspeccionó en la primera oportunidad que se le presentó la destrozada ciudad de Colonia. Todavía al volver a Londres estaba impresionado por lo que había visto y convino con Cyril Connolly, entonces director de la revista Horizon, en escribir un reportaje titulado «Sobre la historia natural de la destrucción». En su autobiografía escrita decenios más tarde, Lord Zuckerman deja constancia de que su propósito fracasó. «My first view of Cologne –dice– cried out for a more eloquent piece than I could ever have written.» Cuando en los años ochenta pregunté a Lord Zuckerman por ese tema, no recordaba ya sobre qué había querido escribir con detalle en su momento. Sólo conservaba aún la imagen de la negra catedral, que se alzaba en medio de un desierto de piedra, y de un dedo cortado, que había encontrado en una escombrera.




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