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Anverso Literario: John Steinbeck

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John Steinbeck (27 de febrero de 1902 – 20 de diciembre de 1968) fue sin duda un gran escritor norteamericano. A lo largo de su carrera sufrió altos y bajos, su vida personal fue dura y su labor literaria no estuvo exenta del vituperio crítico, para algunos, su arte fue un tanto irregular. De excelencia, al ser considerado por momentos una voz señera en la narrativa inglesa de los 30, se hizo acreededor en 1939 del pulitzer y posteriormente en 1962 del nobel, más tarde, llego a ser considerado imperceptible e incapaz de superarse a si mismo, por mucho que fuese digno de ser de la primera línea, junto a otros de la generación perdida como Dos Passos, William Carlos Williams, Hemingway y Faulkner.

Incluso se dice que muchas veces los superó, sin embargo, tales reconocimientos, entre muchos que obtuviera producto de su trabajo, no impidieron que fuese injustamente censurado por su inclinación a retratar de forma realista a los braseros explotados de manera caníbal por sus coterráneos. Sus libros fueron quemados, prohibidos y hasta precio tuvo su cabeza.

La polémica se ciño sobre sus letras y su producción paso a estar grabada con el encasillamiento en que se suele ubicar a un autor cuando este parece haber alcanzado su epitome o cielo, devorando entre sombras cualquier sincero intento posterior de fabulación. Sin embargo, por mucho que en su camino estuviese la poderosa carga de no poder repetir obras maestras como las Uvas de la ira o De hombres y ratones o la hermosa novela La Perla, jamás tal estigma consiguió desorientar el espíritu franco de su pluma, lo cual nos llama hoy a escribir sobre él.

Steinbeck que ubicó muchas de sus historias en California, es un excelente creador de personajes y ambientes, más bien edificador de vidas y mundos, pues su universo en la palabra respira y sangra, por otra parte, sería injusto decir que es un retratista y que su arte es una mera mímesis o imitación, ya que si bien maneja el realismo social, su perspectiva goza de ángulos inauditos los cuales dan un vuelco a lo que en manos de un simple escribidor o artesano de las letras, sería solamente una canción de protesta o una denuncia cronística. Plagado de ironía, humor negro y exageraciones que vuelven retorcidas pero verosímiles y sensibles caricaturas a los seres que aborda, el americano consigue ubicar la tragedia y la ternura en un mismo plano, la simetría de estos polos en pugna crea de forma inevitable climas de esperanza y fracaso maravillosos, a través de los cuales hila una historia irresistible incapaz de no conmover hasta al más impávido e indiferente lector.

Steinbeck no es un ideólogo, eso hay que destacarlo en un hombre como él, con una plena conciencia del drama existencial que agota a los más desposeídos, experiencia que no teme hacer explicita sin tapujos y la cual aborda de manera reiterada pero sin majadería.

En su prosa firme no hay explotación hacia las formas de vida y habla, las costumbres y manías de aquellos que sufren las consecuencias de una economía que pese a estar muy lejana a su realidad, cruentamente los abofetea, por ejemplo pensemos en wall street y su debacle frente a una comunidad rural o de pescadores artesanales, la cual contempla su ruina como consecuencia de los manejos de la bolsa, carente e incapacitada de cualquier posibilidad de queja. El ideario democrático o el sueño de una nación en su más elevado racionalismo descubre en las páginas de Steinbeck su negra faz. A diferencia de lo que ocurre con Fitzgerald o Faulkner no se hace eco a la vida desde la esfera de los acaudalados, ya sea en su arribismo o en el conflicto devastador que afrontan y sufren estos al colisionar sus mundos impolutos de manera fortuita o premeditada con los olvidados.

Aquí la mirada emerge desde el lado b o más bien z del sistema, los extramuros citadinos son la raíz protagónica y como en las antiguas tragedias, el sino es inevitable para estos héroes de lo cotidiano. Como en el caso de un Edipo, Eneas o Aquiles condenado a su destino infausto, pruebas cruentas y definitorias para cualquier temple, se presentan a los hombres y mujeres de su obra, él recrea así, esa característica del campeón trágico, condenado a sobrellevar las circunstancias con determinación pese al conocimiento pleno de su inminente fracaso, y si bien aquí, la prueba no es producto de los dioses, si son fuerzas inamovibles las que impiden la progresión y rotación social, las condiciones dadas son demasiado agrestes como para ser volcadas, lo cual va configurando el halo de patetismo que nos mantiene en vilo pues desde las primeras líneas, amamos las voces y mundos que este lírico narrador nos presenta y ansiamos a fondo que vidas como las de George, Lennie, Kino y su mujer e hijo, logren salir a flote, aún cuando sabemos es virtualmente imposible, pues son vidas que por maquiavélico que parezca, llegan a este mundo sólo para sufrir y aguantar, pues su condición es tan ignorante o débil que cruzar la frontera de la miseria por mucho que este en sus planes y se presenten las oportunidades, sabemos que el mundo no se lo permitirá. A propósito se les mantiene en esa situación, aquí no hay paliativos o sueños de fuga, todo es temporal, lo único posible es el acto y el sueño es un combustible escaso, se posee, se mata por él y en última instancia se espera alcance pues ante todo, se es consciente que la ilusión, la quimera, por mucha belleza que ostente y que permita verla como un fin, no es una meta en potencia verificable y no pasa de ser otro medio más, para no dejar de avanzar, pues lo único cierto es eso, no rendirse. Lo contrario, la única alternativa viable, sería el suicidio o la locura, de manera que sólo queda sobrevivir y procurar lo mínimo, lo mejor que se pueda, dentro de la encrucijada en la cual ha tocado vivir.

En definitiva, no hay predestinación, Steinbeck no es un naturalista al uso pero tampoco un prestidigitador de baratos recetarios y finales que nos empalagan, él no escribe para halagarnos y sacar a nuestras consciencias de forma artificial de los márgenes de lo miserable que llega a ser el hombre en su intolerancia, sólo nos deja respirar por momentos, tomar aire, salir del fondo de ese océano de amargura en que nos debatimos, para luego hundirnos más a fondo cuando creemos que hay una vía, como en el caso de La perla, cuando creemos que la suerte de la pobre pareja de aquella villa de pescadores olvidada por el mundo, puede mejorar producto de haber encontrado la perla más grande del mundo, tras sufrir su hijo la picadura de un escorpión.

La riqueza en esta situación, en manos de un pobre, más que un escape, es otra puerta a la pesadilla humanista, de abuso, de corrupción, de oportunismo, de chantaje y violencia. Esto nos recuerda a la película un plan simple de Sam Raimi, cuando en los bosques nevados, gente humilde también de una población alejada, encuentra dinero ilegal producto del choque de una avioneta. El ser humano en circunstancias de este tipo, empieza a poner en acción un juego de escrúpulos que revela el verdadero rostro de la mezquindad e inquina

Pero no hay que equivocarse sus obras no son cantos de miseria o encerronas lacrimógenas que bombardean al lector con sensiblería barata, Steinbeck crea seres entrañables, muy reales, incluso familiares, cuando leemos sus historias comenzamos a recordar como en el caso señalado, canciones y escenas de otras piezas, cinematográficas o literarias, la diferencia estriba en que él es, probablemente uno de los primeros en establecer esas dinámicas patéticas y tiernas dentro del universo creativo, sin duda un inspirador, una voz contemporánea capaz de reformular la forma de abordar el realismo, un autor que quizá muchos desconozcan y que probablemente nunca lean, pero que no debe ser negado en su genuina trascendencia, la cual ha penetrado de forma ineludible en múltiples historias en diversos formatos y géneros, por tanto su inmortalidad está no sólo en lo que construyó y materialmente lleva su firma como encabezado sino en lo que logró transponer y heredar a otros creadores que han sido marcados por su voz.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en: Cinosargo


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