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Las operadoras a cargo del número de emergencia carecían de manos y orejas para hacer frente al tsunami de repiqueteos y versiones histéricas o enardecidas del suceso. Los patrulleros, como plaga bíblica, se desbandaban tiñendo hasta el último callejón con su monótono verdiblanco y roja sirena. No faltaban aquellos aventureros materialistas que previendo un mañana peor, se lanzaron a las calles, con piedras y palos al rescate de la propiedad ajena. Pequeños almacenes, supermercados y casas comerciales del centro eran a esas horas, bajo el reflejo de sus luminosas vitrinas, testigos omniscientes de una nueva guerra de trincheras.

Algunos corazones débiles y sensibles al caos, acostumbrados por años a la tarea de entregar panfletos desechables sobre el advenimiento a fin de ganarse un lugar en el rebaño estelar, se precipitaban rosario en mano a las dantescas pero muchas veces estrechas puertas del templo, anunciando sin malignidad pero con fe expectante, la prueba última de la carne, el fin de todos los tiempos. Otros, unas cuadras abajo, más mundanos y estoicos, preferían continuar su sacro ritual de la confesión en la barra, afrontando con un honesto salud el Apocalipsis. Así lo definieron sutilmente los medios, en su alborotada carrera por no perder la exclusiva de alguna nueva explosión o mutilamiento, pues en sectores donde aun no se cortaba la energía eléctrica, residían potenciales cifras para alimentar el raiting.

En esos momentos, compartiendo con otros, desde el vertiginoso bamboleo del bus, me deleitaba ante la repentina emoción de un cielo púrpura sanguinolento cayendo a pedazos producto de los truenos y el pánico que en plena avenida infundía una horda de muertos vivos desollando a desesperados que gritaban en un último intento al chofer: Pare por favor… Dios pareeee!!!!!!! continué la escritura que inicie al salir de la universidad. Mi ojo y lápiz eran una cámara que en lugar de fotos capturaba palabras, algo me comandaba a no parar. Pensé en mi familia, en cómo estarían mis padres en sus trabajos… mi hermano y sobrino en casa. ¿Pensarían ellos en mi? Desde luego… ¿Pensaba yo en mi? No mucho, me preocupaba más el chofer… el tipo era un as. Había pisoteado sin titubear esos lentos cuerpos de tipos caminando con los sesos afuera o las tripas de otros en la boca, esquivaba autos volcados con chóferes ardiendo o pataleando para no ser devorados y en el intertanto con espíritu de líder, logro imponer su voz

-No se ustedes gente, pero yo no voy a parar de aquí hasta el regimiento, es el mejor refugio, allí estos malditos van a comer plomo -Da vuelta maricón… déjame en la esquina… Para que no entiendes!!! –Termina el recorrido, no pares hasta el cerro! -yo necesito ir a buscar a mi hijo al colegio señor, por favor… por favor. -Mierda el tipo era duro, un tío de lo más cabrón y cojonudo, además tenia razón, no es que yo fuese un desalmado, a mi también me importaban los míos, pero había visto suficientes películas de Romero como para saber que teníamos que buscar un fuerte con armas y provisiones. Pero la turba, cada vez más enardecida y violenta… No debieron reaccionar así, estúpidos, jodieron todo, todo. Mierdoso pensamiento de masas, temor, desesperación, darwinismo, que sé yo. Se volvieron bestias, tomaron el control del volante, el luchó pero al final se impusieron por número. Trate de ayudarle pero me contuvieron entre cinco… no me fue tan mal, me empujaron y me di un golpe contra un vidrio… él en cambio… Ahora es parte de las llamas y cuerpos retorciéndose que deje cuatro cuadras atrás… pero antes de volcarnos por la pelea en pos del manubrio, sufrió repetidos golpes de un poderoso extintor en la nuca… no creí que chillaría así, no lo vió venir. Creyó ser un héroe para ellos… por unos cuantos metros lo fue… ahora es un muerto más, uno de esos que llamó malditos… Malditos… Se lo que son, tienen un nombre, forman parte de una larga tradición de criaturas del terror, sin embargo me parece tan ridículo llamarlos así, tan absurdo, que prefiero no gastar fuerza en ello y seguir corriendo… llegar a casa.

-Ayúdanos por favor… sácanos de aquí… -debo llegar al colegio de mi hijo…

Debo llegar… no veo nada, el fuego esta muy cerca… -Esos lamentos esos gruñidos... ahí vienen… cuidado ahgggggggg –corran ahgggg –sálvese quien pueda… -Cielos tuve suerte de no partirme en dos como el par de viejas y el tipo ese, ése que parecía contador… él fue el que me empujo… un asiento lo rebano y segundos después, la parte superior, reptando, fue en busca de tripas… ya no quiero pensar en ello… ya estoy lejos… pude reaccionar y salir de allí… debo salir de allí mentalmente… ya estoy llegando a casa…


Lentos pasos, gruñidos, avanza un cuerpo que agoniza, que sufre… gutural y semiconsciente

grita -hijooooo…. rompe el silencio del lugar, torpemente se arrastra y parece venir desde una habitación al fondo, en ella hay una ventana rota y pedazos de esta, regados por el suelo ensangrentado, a pocos metros junto a una cómoda, otro cuerpo, con el cráneo destrozado reposa y revela lo que antes fue un hombre. Descompuesto cada músculo, tiene sangre en la boca, allí hubo una pelea… la sangre llega hasta el pasillo en un camino que se forma con el estrepitoso líquido rojo que cae del brazo del primero… ese que cada vez más enajenado, menos él.. Menos lucido grita -hijoooo… perdón!!!. Arriba, un niño llora encerrado en un armario, desconsolado, hasta que finalmente se desmaya del dolor. Le faltan dedos de una mano. El cuerpo diminuto protegió hasta el final su extremidad herida, confuso, ¿Por qué le ataco su padre? Su padre no responde, ahora sólo avanza con los ojos blancos, sin vida y con un único deseo, saborear la carne de otros. Un ruido atolondrado viene de afuera, una llave pelea con el picaporte, la puerta se azota y al fin puedo entrar, detrás hay un infierno, estoy a salvo aquí ¿lo estoy?… debo encontrar a mi hermano, al pequeño… grito, no responden, quizá se marcharon, quizá están muertos, quizá eso seria lo mejor, quizá me equivoco… no, él esta muerto, viene por mi. Su silueta en el living se retuerce, avanza como entrecortada, babeando, idiota por el olor a sangre. Estúpidos, malditos, todo esta jodido… mataron al tipo del bus… Ya no puedo pensar en nadie… sólo debo sobrevivir, arrojar cosas al cuerpo de mi hermano. Olvidar que es él e implorar que el niño este a salvo. El teléfono le da directo en la frente, cae mal y se parte el cuello al chocar con una silla, sus piernas son lo último que veo. Arriba hay ruido, subo rápido, tengo esperanzas, eso es bueno ¿creo?, no… no lo es, disminuye mi adrenalina, me adormece, el niño es uno de ellos, no lo vi venir, sale de un armario y antes de que pueda mandarlo escaleras abajo me muerde la pierna… estoy jodido… mierda… todo acabo… me queda poco tiempo… corro a mi habitación guiado no se por qué… por la nostalgia quizá, veo mi librero… hay un espacio vació, ahí estaba Maupassant… empiezo a perder la conciencia… me retuerzo en el piso… todo va a terminar… mi último pensamiento es para María, debí invitarla a salir… pudo resultar, quizá no… Estoy jodido mi mundo es ahora un gruñido que reclama sangre.

-María apúrate tu papá nos espera en el coche, debemos ir rápido…
-Pero que pasa mamá es tarde de que hablas y por que andas con linterna ¿se fue la luz acaso? -Algo ha pasado, no sabemos que es, pero en la radio no pueden explicarlo, gente enferma, muchos heridos, recomiendan ir al regimiento o al estadio. Por favor no digas más y vamos…
-De acuerdo deja vestirme…
-Ven así no más… da igual…
-Afuera hay ruido, sombras avanzan como legiones, al unísono un canto cierra la noche y en la mesa, junto a la cama de ella, un libro de Guy de Maupassant se titula. ¿Fue un sueño?

Autor: Daniel Rojas P.

1 comentario:

Lina Masaki dijo...

Las palabras, los diálogos, las expresiones, las metáforas. Todo se combina de una manera perfecta. Muy bueno, casi imposible parar de leer.
Besos.

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