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Severo Sarduy

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SEVERO SARDUY

CAFÉ DE FLORA (Texto completo)


Durante muchos años, veinte quizá, frecuentamos el mismo café. Podía tratarse de un pretérito narrativo; es, en realidad, un presente: lo seguimos frecuentando, aunque ahora sin ánimo, por reiterar una rutina que se va espaciando, casi por deber.

Puedo datar mi primer encuentro con Saint Germain des Prés. Fue en Camagüey, Cuba, en 1957, compulsando las sumarias páginas de un manual de filosofía que apuntalaba, sin duda para Otorgarle un suplemento de verosimilitud, la moral al uso: se deploraba en el constructivo estudio que el barrio, ganado por el furor o por el desaliño existencialista, exhibiera una templanza de costumbres ajena a todo impudor. Una fotografía del Flora, en adusto sepia, corroboraba, por lo tenebroso de su revelado, las premisas del autor.

El segundo contacto fue subterráneo. Éramos estudiantes, sin más asignación. Una revuelta popular y una boca recientes nos habían destinado a esta ciudad de río, húmeda y cultural.

Estrenábamos nuestros pesados abrigos grises y la sorpresa o la fobia de un viaje en metro, los árboles que cambian, los galicismos y la nieve.

Enredado en las líneas del subsuelo descubrí que una estación céntrica llevaba el nombre de aquella zona, que sospechaba apañada o periférica, increpada en la provincia bovina por el manual.

Esa misma noche busqué el Flora.

El prestigio que siempre he otorgado a las mitologías y a su avatar audiovisual las "imágenes de marca" - acredito sin ambages el catálogo de excelencias que, de cualquier producto, recite una locutora fehaciente; obligué años ha, al entonces persuadible Roland Barthes a una sobremesa por Pigalle: garantizaba la amenidad y picaresca de esos burlescos, boreales en mi dilatada geografía de la ciudad -, hizo que tardara años en descubrirlo.

Siguen carenando, es verdad, tránsfugos de los destartalados estudios de Cinecitta, los repetibles romanos, o hasta yugoslavos, extras benévolos de folletines greco-latinos en blanco y negro, con mil guerreros desnudos y empenachados y un solo decorado exterior, que, alcanzado el "bocadillo" decisivo y colérico articulado ante una estrella indolente, en el estudio por procuración, aspiran al cada día menos probable metteur-en-seene que les servirá de trampolín - la metáfora es una cita - entre los reiterados caldos helvéticos en cubos solubles, el vino con tapón plástico y sin etiqueta, el queso que conserva la intemperie, los cubrecamas en piel de leopardo sintética y, aunque indistinguibles de éstas, las legítimas del Negresco durante el Festival.

Es cierto también que al caer de la tarde más de una vez se imantó la sala con la mirada de la Luna; sus lentes de contacto esmeralda esplendieron en el aire estancado y lluvioso del otoño, añadiendo otro brillo, sideral, al de su cráneo liso y su piel acharolado. Invirtió, redimiéndolo, el periplo de los precedentes: al abandonar ese decorado cucarachiento, con vaho de posguerra, por el barroco Flavio del Satiricón.

Desde Fellini emprendió otros viajes. Llegó a sostener, gracias a la ubicuidad de las sobredosis, que con sólo desearlo podía cenar a la vez en un timbiriche fluvial del Transtévere y, con los descendientes embebidos, en un castillo finisecular de las afueras de Londres. Su último suplemento lisérgico, la llevó a la muerte.

Valga el fácil tropo: el Flora tiene su fauna: titular, casi inamovible, empalagosa y segura. Sus grandes mutantes, adulados o postergados con perseverante sorna e igual intensidad por los clanes dinásticos y rivales de servidores, son citables: Marcel Carné - en la terraza, a la derecha, ornado por arqueólogos del celuloide y un botón de la Legión de Honor -, David Hoekney - espejuelos de plástico blanco, dibujos bajo el brazo -, Andy Warhol - peluca albina y palidez sepulcral -, Jorge Semprún - el café matinal no es lo que era, ni los croissants -, Francis Bacon - al fondo, en la mesa de El ser y la nada, por azar -, Roland Barthes - con los ojos fijos en Le Monde, aparentaba un interés que ahuyentaba aduladores e intrusos-, y, para encontrarlo y reiterar aperitivos, Francois Wahl y yo mismo.

La "base" del Flora, sin embargo - recurro al dialecto sindical -, por insistente, resulta invisible: una pintora americana, curiosidad mórbida de ateneos suburbanos y patronatos, demacrada y escorbútica, uñas y labios laqueados del mismo negro, junto a su perro diminuto y fluidamente sentencioso - entre cofres rojos y cazamoscas, debió de amenizar alguna seda china -, momificados ante una taza de café, como dos cancilleres egipcios ante un ibis.

Una acordeonista desgreñada y diabólica, Cui-cuí, reliquia, inmune a invasiones y racionamientos, que finge en la terraza una milonga bucólica, poblada de pajarracos cuyos alaridos imita - de allí su apodo - y, con más acierto, la locura. A menos que la locura no sea precisamente esa simulación escénica: fingir locura.

Además: escritores con nombre de muerto, ecológicos y harapientos, de vino. blanco y ciencia-ficción; travestís ostensibles y negros, arete desmesurado y traje sastre, siempre ocultando un bostezo y de perfil; nuevos pobres, falsos plomeros, funcionarios acaudalados aunque honestos, traficantes inexpertos.

En el Flora descubrí el bloody-Mary, cuya proporción inicial - Juego de tomate con vodka- invertirían los años, mi sibaritismo innato - en mi primer restaurante, párvulo apenas, pedí un plato de mi invención, por exquisito, inexistente: frituras de seso de pollo - o la astucia venial de un camarero que, burlando una vigilancia patronal casi panóptica, duplica, con gestos descuidados y escrupulosamente olvidadizos, las dosis etílicas en el vaso que, suspendido con movimientos ortogonales y mecánicos - cita del futurismo - hasta la botella, luego de la alquimia cítrica y helada del bar y de la contadora comprensiva - cita del Pop - llegará, con alambicadas cortesías, hasta mis manos.

Primero bebí por festejar, por sentido provinciano del fasto, cediendo a un lujo parvenu, de ingenuo; luego, durante un año, para obturar, con la pantalla neblinoso y grosera del alcohol, como un biombo familiar y barato, la mezquindad de una palabra, la traición de un pacto; finalmente por aburrimiento, para atrapar un adjetivo huidizo, por repetición.

La revolución - en el sentido astronómico del término - del alcohol, como la de un planeta siempre obediente a su órbita, se presta, por inmutable y regular, al pronóstico infalible y cómodo, a la previsión de lo recurrente, categórica y ramplona.

El alcohol atenúa o suscita una constatación: la vacuidad de todo - certeza generosa en sinonimias: su más socorrido sustantivo, hoy desvalorizado, fue angustia. Pronto se llega al exceso, al desajuste social y orgánico, borrón del cuerpo y del protocolo. Teatralidad y desmesura histérica, siempre agresiva o sumisa, distante o lacrimosa, parlanchina o autística, que repugna al abstemio y que en el código brumoso del bebedor es sólo expresión mesurada y pulcra, exactitud de un monólogo apenas exterior, severo y lúcido.

Luego, por voluntad, a veces por vergüenza, como obedeciendo a una amenaza informulada o al autocastigo - súplica y reprobación, más que inoperantes, son nocivas -: corte brutal, ascesis, orgía de agua.

Por un mes. O dos. Hasta que una seguridad engañosa se implanta, la falaz suficiencia del: "soy capaz de parar, puedo hacerlo cuando quiera, me lo he probado a mí mismo. Entonces, ¿por qué privarme de ese placer, si la vida es tan corta? Ahora; eso sí, beberé con moderación. Etcétera." Y a otro trago. El primero de la nueva revolución, astro en órbita.

G. Batesón, en Steps to an Ecology of Mind, es el único que ha formulado su progresión irremisible en términos que escapen a la dilatada y constructiva bibliografía del alcohol, ese condensado de discurso higiénico, carisma de mediocridad y moraleja normaloide. Desplaza la atención del sediento desde el período de absorción, en que la sensatez la había centrado, hasta el período continente, para él igualmente alcohólico, amante antípoda y falso contrapunto de su opuesto, condición y fragmento de su órbita. Conserva muchas de las premisas de sus precursores, aunque no el uso impertinente de la voluntad: inútil recurrir a ese aliado fariseo: se trata, precisamente, de su corrupción y deterioro.

La repetición del alcohol, su compulsión apacible, no son ajenas a las que amparan el ritual, sobre todo en esa variante prolija o vesánica que es la proferación ininterrumpida de un mantra: algunos monjes, a lo largo de la vida, no admiten receso en el ejercicio del Om mani padme oum; otros, novicios occidentales avezados en rentabilidad, totalizan un cómputo prescrito de diamantes y flores de loto, garantía de iluminación programada en ese budismo bancario.

Nada habrá atravesado mi exilio que no alcance su definición mejor en esa palabra: repetición. Obsesiones, rituales, escrituras. Podía Incluir el trabajo cíclico de la fobia; también otro, dominical y eglógico: la pintura si así puede gratificarse la repetición incoercible de una misma pincelada hasta saturar una superficie indefensa y vasta. Y hasta la drague, esa deambulación expectante y punitiva - en el infierno dantesco, los amantes contra natura deambulan por la eternidad, como si el castigo de esa insubordinación no fuera más que la dilatación monstruosa o metafísica de su rito auspiciatorio: correr tras un objeto quizá más huyente que los otros, constatar, una vez alcanzado, la franja que lo separa del fantasma, disfrutar, casi de ese lapso, de esa diferencia, y lanzarse a la persecución de otro.

La pulsión de repetición es, según parece, también un adjetivo de la muerte. La del amigo cotidiano está presente pues, no en su sitio vacío del Flora, ni en su espera inconsciente y diaria, sino en los rituales que en la repetición, lo designan y convocan. En la obsesión del bloody-Mary, reiterado y odiado a la vez, en los rituales eróticos. En la escritura.

Fin.



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