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Diamela Eltit


Diamela Eltit nació en Santiago de Chile en 1949. Es Licenciada en Literatura en la Universidad de Chile. Autora de guiones de cine, también ha incursionado en el campo del performance y del video arte. Ha participado en diversos congresos de literatura, el ultimo sobre "Ficción y Experiencia en las Américas" organizado por el Wilson Center, Washington, 1988. En 1985 obtuvo la beca Guggenheim y luego fue becaria de la Social Science Research Council. Ha publicado las novelas Lumpérica (1983), Por la Patria (1986), El cuarto mundo (1989), y la investigación sociológica El padre mío (1989). Es la actual Agregada Cultural de Chile en México.


FRAGMENTOS DE VACA SAGRADA.


Uno

Duermo, sueño, miento mucho. Se ha desvanecido la forma pajaril. ¿Cuál forma se ha desvanecido? Me acompaña a todas partes un ojo escalofriante que obstaculiza el ejercicio de mi mano asalariada. Fui incapaz de penetrar un universo. Soy diestra solo en una parte, en la parte de una parte, veo apenas el agujero genitalizado de una parte. Una paga infernal me obliga a pensar en figuras sesgadas, plagadas de mutilaciones. Sueño, sangro mucho. Me han expulsado la poderosa forma pajaril y su amplio despliegue en la ciudad. Después de tanto esfuerzo he perdido el hilo razonable de los nombres y se han desbandado todas mis historias. Sangro, miento mucho. Calentada apenas por un vaso de vino, ahora, me pregunto: ¿En que clase de derrumbe habré de sobrevivir a la crudeza de este invierno?


Tres; la llegada

Le pidió al vecino que la llevara cuanto antes a la casa de Francisca. Su vecino intento disuadirla, diciéndole que la ciudad ya estaba frenando la circulación. Pero ella insistió, guiada por la certeza de que se enfrentaba con una urgencia. Quería ir, debía ir a constatar con sus propios ojos lo que estaba pasando. El vecino no le habló una palabra durante el viaje y en la velocidad del trayecto era posible medir la dimensión de su disgusto. Una vez frente a la casa le preguntó si la esperaba, pero ella le contesto que no, que se quedaría toda la noche.

Notó que la puerta de entrada estaba abierta. Pero, ¿cómo pudo dejar la puerta abierta?, pensó, y temiendo que se cumpliera un horrible presagio entró en la casa. A través de la oscuridad del pasillo la llamo, y la voz de Francisca la condujo entre la penumbra. Parece que hubiera preparado esta escena, pensó. Parece que la hubiera preparado para ella y yo no sea nada más que una testigo de ella misma.

Cuando entró al dormitorio, Francisca encendió la luz. Lo que vio, cómo la vio, la llenó de pánico. No de lastima o de repulsión, sino de pánico. Francisca yacía desnuda encima de la cama y su rostro era un gran hematoma con sangre seca alrededor. Necesito irme de aquí, pensó, pero avanzo para sentarse en el borde de la cama. Se enfrentó con uno de sus ojos cerrados por la hinchazón, con esa superficie en la que ya se empezaba a imprimir una amplia aureola violácea. Quiero irme de aquí, siguió pensando, mientras tendía la sabana encima del cuerpo sin poder articular una sola frase.

No quería saber lo que ya sabía, no deseaba enterarse de la promiscuidad de los detalles, no ansiaba saber nada en absoluto. Se sintió bruscamente ella misma muy enferma y, en un impulso incontrolable, se lo dijo:

—Me voy. Tengo que salir de aquí.

Francisca, el borrón de la cara de Francisca, realizó un gesto de dolor y su mano salió de entre las sabanas. No habló ni murmuró siquiera. Solo permaneció de costado mirándola fijo y tomada fuertemente de su mano. Sintió que Francisca la había hecho acudir a esa hora de extremo peligro únicamente para eso, para sentir que cuando había sido herida la visión de uno de sus ojos, alguien la sostenía de la mano.

Se iba a quedar, amanecería con ella, se enteraría de los pormenores y, lo peor, respondería a las mismas frases inundada por una conocida ira. No se que hacer, pensó. No se que hacer ya con ella. Recordó a la otra Francisca, la de antes, y no logro unir las dos imágenes. ¿Qué pasó?, pensó, ¿cómo pudo llegar a esto? Pero, en ese momento, Francisca emitió algo parecido a un gemido y ella suspendió sus pensamientos para tocar la cara dañada.

—Ya va a pasar todo —le dijo.

Le hablaba como una mujer a su pequeña hija ante una caída o por un súbito dolor de oídos. Le estaba hablando como a una niña y se resintió por la s6rdida oscuridad, por el silencio de la calle, por la enorme soledad que las envolvía.

¿Cómo puedo asistirte?, pensó, a la vez que se inclinaba a examinar la magnitud de las heridas. Esta golpeada, pensó, pero no tiene ningún hueso roto.

La llamó. Francisca la nombró y, por el esfuerzo, un nítido hilo de sangre se deslizo por la comisura de sus labios. Ella se inclinó para oírla.

—Fue culpa mía —le dijo Francisca—. Esta vez toda la culpa la tuve yo.


4 comentarios:

ciclo365dias dijo...

Muy interesante. La primera parte me recordó a ese pájaro rubenista que se hace a base de ajenjo e insania. Espero regresar por acá. Saludos

Anónimo dijo...

Que maravilla...aún recuerdo a esa profesora de castellano(Diamela Eltit), la que me hacía volar la imaginación al leernos cuentos, en el Liceo Santa Maria , desde siempre añoro a mi querida profesora, ud que me enseñó a "comerme" cada libro que cae en mis manos, le agradezco su enseñanza...Maria Isabel

alejandra dijo...

una delicia esa mujer....
q más has leído de ella?
en dónde conseguiste sus libros??
estoy pensando en hacer mi tesis acerca de ella así q ninguna información sobra....
besos

Nahiomy dijo...

María Isabel:
No sabes cómo te envidio... Clases con Diamela Eltit. Cuenta sobre eso, por favor...

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