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Nos-otros.


Nos-otros.

Él inicio su viaje sin mayores expectativas… era un martes, llevaba cinco minutos de retraso y tendría que olvidar el desayuno, de lo contrario habría que escuchar al jefe y su iluminante perorata sobre la productividad. Él estaba harto de ser un cagatintas, llenar esos formularios que justifican archivos que a su vez permiten circulares para notificaciones que dan parte de un incidente a prueba para la formulación de nuevos manuscritos. Él sentía tener una deuda consigo mismo, le debían sus vacaciones, podría exigirlas y darse una oportunidad. Estaba inspirado, la noche anterior en el recorrido de vuelta a casa, había terminado de leer a Hemingway. La chica del cubículo de al lado se lo recomendó, quería decirle que le había encantado, nunca había conocido una prosa tan limpia, sincera. Gracias al barbudo y su historia del viejo lobo de mar, tenía una nueva forma de ver las cosas, debía darse un espacio para abrazar la vida. Seria un buen tema para conversar. No podía sacárselo de la cabeza, ella había sido grandiosa al convencerlo de comprar el libro, ese día que estaban por el centro haciendo un trámite. Ella le agradaba. Ella le coqueteaba. Él tenía reticencias, lo habían lastimado muchas veces. Solía confundir las señales de ellas. Nunca volvería a verla de cualquier forma, todo estaba cambiando…


Bajo las escaleras del tercer piso corriendo, recordó un fragmento de una canción de los Beatles, la tarareó hasta dejar el edificio como una silueta boceteada. Al llegar al almacén de la esquina, cambio de frecuencia mental,

recordó un pasaje de la obra: El viejo peleaba con los tiburones, triste por su presa arrebatada…no pudo sustraer la nostalgia, en la parada dio vuelta y de reojo alcanzó a divisar la ventana de su cuarto. Llevaba ya dos años viviendo solo en aquel departamento. Extrañaba las tranquilas mañanas provincianas en casa de su madre, sin embargo allí no tenia futuro laboral, y qué futuro se dijo burlesco. Opto por no hundirse en cavilaciones amargas… Renegó contra su jefe, se excitó ligeramente con la imagen de ella, tembló por el trabajo atrasado, imploró por la micro y su providencial aparición desde la otra cuadra, todo en un segundo. De improviso, volvió la vista, disipó su confusión y vio dos personas a su lado. Una silueta masculina y una pequeña figura anciana. La última le sonrió, era vieja, iba al mercado de seguro. Le recordó a su casera, le gustaba su casera, era una abuela amable, atenta, hacia juego con el barrio. Era un barrio tranquilo el suyo, barato y estaba cerca de una avenida importante. Eso facilitaba la toma de locomoción. Sus compañeros le envidiaban. Ella por ejemplo, vivía quejándose, debía tomar dos autobuses y salir de casa cuando menos una hora y media antes del comienzo de la jornada. Era afortunado, aunque… algunas noches, el ruido de los vehículos, los tacos y maldiciones acompasadas por el claxon, podían llegar a ser un molesto arrullo. Por otra parte, Él no era de esos que se dejan perturbar fácilmente. Le veía al asunto su lado positivo. Como jugando, en sus oscuras vigilias producto del estrés, le fascinaba mirar al interior de las micros desde detrás de sus cortinas. Ver más allá de los rostros y preguntarse por los horarios, rutas y destinos de los desconocidos. ¿Quién será esa señora encopetada de medias de red y labios escandalosos? ¿A dónde va ese tipo de perfil renegrido y encorvada mueca? parece apurado pero estatuario al mismo tiempo, ¿por qué la luna debe ser muda testigo del furtivo manoseo de un par de universitarios? ambos de barba, amparados por la soledad de la máquina y la indiferencia comprometida del chofer y su radio. De igual forma, algo pensarían de Él, aquellos rostros que veía cuando le tocaba ser pasajero. Desde la micro divisaba en los balcones y ventanas, miradas esquivas, algunas graciosas y consideradas otras juiciosas y preocupadas, penetrantes. Entonces no podía evitar pensar desde su vertiginoso vaivén, en la ociosidad, pausa y forma de ganarse la vida de aquellos, que como Él, durante sus peores insomnios, no tenían nada mejor que hacer que vigilar y tratar de construir pasajeras historias ficticias y reconstruir las suyas, sedentarias aunque también ficticias.


Él se encontró solo de repente, la vieja y su bolsa de mercado ya se habían esfumado, el otro tipo, nunca supo como era en verdad. Sin percatarse, había perdido más de media hora. -Hoy no iré al trabajo se dijo alegremente. La calma que experimentó al proponérselo, le sorprendió. Nunca había faltado sin razón. Siempre creyó que abandonar su puesto por negligencia o desidia le acarrearía una gran culpa y dolor.


Se sintió sorprendido y liberado, lleno de deseos antes ennegrecidos. Jamás lo hubiese imaginado… Quiso continuar sintiéndose así, dar rienda suelta al yo, si fuera posible. Sentía que lo era, ansiaba desencadenar su voz, arrancar el motor y perderse como un bólido en la bruma de su interioridad dormida. –Ah es más, no volveré nunca a ese sitio horrible, estoy harto me oyen, hasta aquí aguanto… no quiero volver… -gritó y abrazó el alivio que sólo un condenado a muerte puede saborear al ser perdonado en último minuto. En todo ese tiempo, pasaron cinco micros que hacían la ruta directo a su trabajo. La primera de ellas, -debo pensarlo… pensar qué en todo caso, qué debo pensar… La segunda - Intentar justificarlo no cambia nada, de qué me sirve sopesar pros y contras, lo único que esa oficina tiene a su favor… La tercera micro -…es la sonrisa, los hermosos labios de ella, el resto son miles de incomodas formas que te hunden en llanto… he sido injusto conmigo… vaya estúpido. No tengo por que ser un mártir anónimo. Lo repensó, pues todavía quedaba una brecha de arrepentimiento, por la cual colarse de golpe en su circular agenda, postrado ante su cuadrada mesa y obtusa realidad. Cuando la micro numero cuatro se fue, confirmó su renuncia a la geometría del desamparo. –Lo siento por ella, realmente le he tomado aprecio. Pero no… no, no, no. Más bien sí… es necesario afirmar, afirmar ante el mundo que existo. Es necesario ser tajante… no mirar atrás… contar con lo poco que tengo, lo que llevo encima… dar un giro, caer estrepitoso, absurdo, insospechado, inaudito, lejos de mi mismo, de ese yo prefabricado… él no soy yo. Yo no debo ser él, nunca he querido ser así, me he obligado, malicioso, por interés, por dinero más que por comodidad o placer… pensé que lo ultimo vendría como parte de lo primero… de nada sirve negar el pasado, amparar los actos más insignificantes y diarios, como tomar locomoción y sometido, inconsciente, elegir un rumbo que se repetirá hasta el cansancio… No había marcha atrás, rechazó todo, la comodidad de la rutina, el placer junto a Ella, el dinero bien ganado pero a costa de que… pasó la quinta y ultima…Si se viera sentado en ella, desde lejos, desde su ventana, avanzando en el tráfico agazapado y con una tenue esperanza de cambio cifrada en un aumento de sueldo y años de circulares como compañía, se avergonzaría. No quería eso, quería mirarse desde otro ángulo, uno inesperado, atrevido, interesante, ojala ella le acompañara, quizá estaba siendo duro… Ella le entendería, era sensible, sensata, podrían ir juntos en una nueva carroza… Así ya no se quejaría de tener que ser esclava de dos monstruosas máquinas… No, ella estaba demasiado acostumbrada, era inteligente claro, pero hace rato que había perdido ese matiz dorado que te da el inconformismo. Temía admitirlo, pero estaba opaca, gris como el cielo, como el edificio donde trabajaban juntos… gris como el jefe y su discursillo… era hora de brillar, de entablar un diálogo real consigo mismo… por eso sin pensarlo más, sin mayores expectativas… se subió sin rumbo fijo y tiempo de llegada, a la primera micro extraña que paso. Pago se sentó y antes de desvanecerse en el movimiento relajante de un incierto porvenir, miró en señal de despedida hacia su ventana, allí estaba Él, sonriéndome, le devolví un gesto que no puedo entrar a definir… Todo estaba cambiando…



Autor: Daniel Rojas P

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